martes, 3 de julio de 2018

SIN BALÓN


Después del partido la calle es la imagen de un domingo triste. Alguien ha decretado una suerte de aburrición general. La expectativa de la alegría se transformó en la confirmación de la derrota. Ése temor constante que acompaña al colombiano en lo más íntimo: que la mala suerte corra más rápido que nuestras ilusiones, terminó por ganarnos la carrera. Gritamos gol en el minuto tres después del minuto 90, en ese instante fue diciembre y el niño dios nos había traído a cada uno el regalo que habíamos pedido. Cuarenta y tantos minutos después éramos silencio de funeral y promesa postergada, otra vez. El fútbol tiene algo que no sé describir que se parece a una membrana capaz de cubrir todo con una capa que te hace sentir que todo va a estar bien si confías en el talento ajeno que sientes como propio. A veces duele despertar cuando se rompen esos delgados hilos que nos unieron a todos en idéntico nerviosismo mientras la pelota estuvo en juego. Buscamos un culpable en el silbato del árbitro, en la jugada que casi, en el cambio que estaba en el banco, en la lesión que tuvo aquel, en el azar que conoce nuestros nombres cuando cita a la desgracia. Las camisas amarillas de la fiesta nacional vuelven al cajón de la ropa que usas poco, la tinta roja sigue escribiendo las noticias que están ahí aunque no las leas. Realidad le llaman. Faltan años para el próximo partido. Mientras vuelve el fútbol habrá que tener presente que todos somos parte del mismo país y que el partido más importante se juega en nuestra cancha. Sin balón.




sábado, 9 de junio de 2018

GENTE BONITA GENTE

Hay gente que tiene la bonita costumbre de ser bonita gente. Este es un recuerdo de un momento vivido con un muchacho llamado Jose. En los días en que trabajaba yo en un programa de tv que hacíamos de barrio en barrio, cada semana en directo, le llamé para invitarlo a que nos acompañara con un par de canciones suyas en vivo. Estábamos en el barrio Moscú número 2, tal vez, tengo presente que habían tenido una semana difícil… de esas en que el barrio salía en las noticias de cuenta del luto y el miedo que, por entonces, era el motivo por el que un barrio como este salía en las noticias. Llamé a Jose -que ya nos había visitado en el programa un par de veces antes- porque pensé que su música podía alegrar la tristeza y la zozobra que se respiraba en el ambiente. La llamada cayó a buzón. Hablé con su padre, que era su manager, y le conté que íbamos a ir barrio arriba porque las cosas estaban difíciles allí. Don Álvaro, sincero, me dijo que estaban de concierto en Bogotá y que no alcanzaban a regresar a Medellín para la hora de la emisión. Le di las gracias, le dije que intentábamos a la próxima. Al otro día, en la mañana Jose llamó para decirme que habían logrado adelantar el vuelo y conseguir tiquetes para estar en el programa. Aquí no había pago, era un gasto para él. Tampoco escenario ni pompa; todo lo hacíamos en la calle misma a nivel de la mirada del peatón. Pedimos prestada la sala de una casa para que pudiera estar tranquilo porque de varios barrios a la redonda bajaron a verle cuando corrió la voz que estaba allí. Su fama no era la de hoy pero el cariño que la gente le tiene sí es el mismo de esos primeros días. Esa misma llamada repetí más de una vez, siempre contestó y estuvo en el lugar convenido tantas veces por pie propio, igual en barrio humilde que en museo de arte moderno. Como aquel día en el barrio Moscú número dos en que casi sin dormir adelantó su viaje y escondió el cansancio para acompañar a los que la vida tantas veces ha dejado solos. Bonita gente este muchacho Jose. Muchos le conocen como J. Balvin.



jueves, 24 de mayo de 2018

SUBEN A ESTA HORA...

Suben a esta hora una loma parecida a la suya -en la pendiente, no en el paisaje- van camino a cuidar niños de otros tan parecidos a los suyos y con posibilidades tan distintas, van a limpiar casas tan diferentes a la propia con tanto cariño como si fuera suya. Suben a esta hora hileras de mujeres como un ejército de lo cotidiano a afrontar guerras domésticas, se despiden en las porterías de los edificios altos con la promesa de verse al final de la tarde para regresar al otro lado de la ciudad a una loma tan parecida a esta -en la pendiente, no en el paisaje- para abrazar a sus propios hijos en la noche después de velar en el día por los
hijos ajenos.


miércoles, 23 de mayo de 2018

TENÍA SEIS, CINCO AÑOS TAL VEZ

Tenía seis, cinco años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder. En casa, si alguien me necesitaba me llamaba por mi nombre. Mi padre era negro de canas blancas blanquísimas y mi madre blanca de pelo negro negrísimo. Familia de él venida de Quibdó pasaba por la casa. Familia de ella venida de Alejandría pasaba por la casa. Con esto quiero decir que en casa nadie era un color, la gente era gente. Venida de Chocó adentro o de Antioquia profunda, da igual. Tenía cinco, seis años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder y a mi lado un niño me miraba con ojos que nunca me habían mirado así y con desagrado en la voz me dijo “¡Negro!”. Yo no entendí qué quería decir y esperé al regresar a casa para preguntarle a mis padres qué era un negro.

Ya lo dije antes; en casa nadie era un color.

**

Estaba en tercero de primaria cuando nos dieron a leer un libro en clase de sociales que narraba “El origen de las razas”. Lo leímos en el salón, con profesor al frente. La historia que contaba era la de un río de leche en que los primeros que se bañaron salieron blancos, dejando el agua un poco sucia y por eso los siguientes salieron amarillos -los orientales, decía- a los que siguieron otros que encontraron el agua tan sucia que salieron con la piel oscura -los indígenas, señalaba- y los últimos en llegar encontraron ya seco el cauce y tuvieron que conformarse con humedecer las palmas de las manos y los pies. Decía el relato que por eso los negros tenemos blancas las palmas de pies y manos. 

En el recreo seguían diciendo eso de mí.
Varios recreos después seguían diciendo eso de mí.

Semanas después hicieron examen. 
Me habría gustado perder el punto en que preguntaban sobre el origen de las razas. 




domingo, 8 de abril de 2018

JORGE DREXLER, UNA NOCHE DE ASILO EN MEDELLÍN




Hacer canciones no es una ciencia exacta. Lo sabe y lo dice Jorge Drexler. Por eso ensaya otras fórmulas, procura nuevas recetas, encuentra formas distintas para acercase a su oficio y luego presentarse en escena. Tres veces ha visitado Medellín siendo su nombre el único en el cartel. Tres veces ha sido un artista distinto siendo él mismo. Si hay una palabra a la que parece no temerle esa es experimentación. Y sumo, claro, experiencia. Cuando llega a un teatro siempre ha sido al Metropolitano. La primera vez fue un recital casi unipersonal en que le acompañaron sus ángeles custodios Campi Campón y Matías Cella, productores de distintos episodios de su biografía musical. Traía bajo el brazo Amar la trama. Luego volvió acompañado por una banda capaz de un ciclón, celebró en Medellín su cumpleaños 50 y presentó Bailar en la cueva. Regresó el viernes pasado, esta vez con una banda capaz de un susurro. Ofreció su Salvavidas de hielo. Ah, claro, en 2010 estuvo en descampado, en la calle San Juan, como parte del cartel infinito del bello Congreso Iberoamericano de Cultura en concierto contra los minutos y la lluvia del final de la jornada.

Jorge Drexler, hay que decirlo, es un hombre generoso. No se guarda para después. Su recital bordeó las dos horas y media en las que transitó por distintos climas y supo llevarnos de la alegría a la melancolía, a veces sin bases intermedias. El teatro que esta vez tuvo reverberación de catedral fue la caja acústica de esa guitarra en que el cancionista quiso encerrarse y guardarnos como quien nos cuida con su vida expuesta en cada acorde. Porque nos cantó y contó su vida. Abrió con Movimiento, que a su vez abre el álbum nuevo y cerró con Quimera, de la misma cosecha. Y, en medio de ambas, las canciones se sucedieron una tras otra recorriendo décadas de discos publicados y vivencias hechas tinta, papel, décimas y armonías.

Se detuvo en un faro y nos sumergió en doce segundos de oscuridad.
Cruzó al otro lado del río.
Recordó a Martínez, agradeció a Sabina.
Invitó a Tom Petty, visitó a Leonard Cohen.
Tomó el tren con destino a Zitarrosa.
Y don Jorge nos dio una noche de asilo.

La inteligencia seduce, eso está claro. Y él lo sabe, llevó al público a donde quiso con la seda de su verbo. Un teatro lleno en el que cada quien en su silla podía sentir que le hablaban sólo a él o a ella. Tal es el grado de intimidad que logra Drexler en su concierto.

Aunque resulte extraño, la gira que hace a propósito de un disco que explora de manera poco convencional las posibilidades sonoras de la guitarra no incluye en su repertorio la entrañable Guitarra y vos. Pero una petición a grito herido entre el público -que más parecía un grito de auxilio- pidiendo la canción permitió que la interpretara. Momento memorable. Aunque el libreto está, el libreto puede dejarse a un lado. Por eso mismo un tiple hecho en Marinilla recién regalado esa tarde por el luthier Sergio García fue estrenado esa misma noche por las manos del uruguayo que convidó a Pala a hacer a dúo Hermana duda. Lo indudable es que Drexler y Pala tienen mucho en común: ambos médicos, ambos músicos, ambos los mejores letristas de su país. El amor por el verso los une y la sensibilidad de los que saben relatar el tiempo que viven los emparenta.

Jorge Drexler por cuarta vez se ha encontrado con una ciudad que solo sabe demostrarle amor. El aplauso en concierto y la multitud de abrazos que sigue recibiendo pasadas las horas después de los recitales son constancia. Cuando pasa por aquí siempre busca –y encuentra- vallenatos para celebrar el encuentro. Cada vez baila mejor, él dice que lo que pasa es que con los años se ha ido soltando. Le digo que además ha ido perdiendo la vergüenza. Sonríe y asiente. Y eso está muy bien. Ese permiso, que no hay que pedir, viene con las canas bien ganadas. 

Y cuando el momento llegue honremos nuestras herida
Levantemos nuestras copas por una causa perdida
Y un aleluya recorra las pantallas de los bares
Y encontremos la manera de despedir a los glaciares


Por lo pronto, aunque estemos ya en la edad en que la certeza caduca, imaginemos un seguro regreso del cancionista que nos lleva en sus seis cuerdas. Él sabe cantar Volver, el tango del uruguayo aquel que ni argentino ni francés. Mientras tanto sigue su itinerario, ahora con destino Brasil. Somos una especie en viaje / no tenemos pertenencias, sino equipaje. Qué buen seis de abril supo darle Drexler a Medellín. Gracias por eso, Maestro.






sábado, 10 de marzo de 2018

VETUSTA: HAY UN SITIO PARA CADA LUGAR

fotografía: Stefanía Ramírez


Morla, la vetusta tortuga de La historia sin fin que escribió Michel Ende es un animal vigoroso y radiante, experimentado y seductor. Puedo decirlo porque acabo de verla hecha música sobre el escenario del Teatro Pablo Tobón Uribe. Hay quien dice que son seis los integrantes de Vetusta Morla, yo estoy seguro que son ocho en un recital porque las luces y el sonido no son acompañantes sino miembros activos de la banda que desborda energía y poesía por iguales dosis en su performance en vivo. Han venido a Medellín sumando el tercer país y su cuarto concierto de este tramo latinoamericano de presentación de su flamante Mismo sitio, distinto lugar un disco que logra lo que parecía ser imposible: superar sus antecesores. Aunque eso no es extraño, los vetusta saben de alquimia y conocen el secreto que les permite ser mejores con cada nueva obra.

Impecable es una palabra que se queda corta al describir la puesta en escena que destaca lo natural y valora nuevamente a la música como corazón de un espectáculo. Este es un viaje por distintos climas que van desde la intimidad que ofrecieron acompañados por el piano de cola Steinway del teatro, al que supieron darle el protagonismo justo, hasta la furia de guitarras distorsionadas sobre percusiones envolventes que transitaron casi de la calma al exorcismo.

Traspasaron el umbral que hace posible que un mismo sitio sea distinto lugar. Sucedió aquí. Esta vez todo fue distinto: llenaron un teatro sólo con su nombre sobre la marquesina a diferencia de sus dos ocasiones anteriores en Medellín cuando fueron parte de carteles colectivos Aquellas fueron actuaciones intensas con los minutos contados, esta vez el tiempo era suyo así como la devoción de cada asistente que coreó sus letras con la fuerza de quien grita al viento una verdad revelada. Sumaron más dos horas desde los primeros acordes hasta la ovación de pie de un teatro colmado y rendido a sus pies, tiempo suficiente para recorrer en su repertorio Un día en el mundo, Mapas y La deriva además del disco que les sirve de título y motivo para enfrentar este tour mundial que los compromete de marzo a noviembre por esta América y Europa.

Bajo cielo antioqueño tienen una audiencia que les demuestra cariño irrestricto y conocimiento profundo de sus canciones. Da gusto escuchar tantas almas en comunión a la voz de Valiente, Maldita dulzura, La vieja escuela, 23 de junio, Golpe maestro, Consejo de sabios o El hombre del saco. Está visto y oído que esta música ya no es suya, es de su público. Una veintena de canciones fueron su ofrenda en el concierto.

Cuando dios dijo hágase el rock, lo hizo en inglés. Luego, cuando tuvo tiempo para descansar, notó que algo faltaba: entonces surgió Vetusta Morla, el mejor rock en nuestro idioma en muchos años a la redonda. La estela de su paso por Medellín la noche del sábado 10 de marzo deja constancia. Uno de los mejores recitales que recuerde esta ciudad en tiempo reciente. Juanma Latorre, Guille Galván, Alvaro Baglietto, Jorge González, David García y Pucho tienen desde hoy y para siempre una cita y una invitación con la fecha que dispongan porque han dejado a una ciudad con sed de verlos volver. 

Hay un himno para cada final
y una estrofa es para mí
Es mi turno, sé que debo romperlo.

Hay noches que nos devuelven la fe en la música, esta fue una de ellas.




miércoles, 7 de marzo de 2018

MATAR A JESÚS: CARTA AL PADRE EN 95 MINUTOS





El sueño fue así: ella estaba en un mirador alto, montaña arriba, desde donde la ciudad se veía inmensa y entera, allí casi oías a Medellín respirar como animal herido. El sueño fue así. Ella mira la ciudad con un poco de humo entre los dedos y la tristeza de entender en cuerpo propio qué significa ser huérfana. Una palabra que, cuando llega, no te abandona nunca. A su lado se sienta un chico apenas mayor que ella y le dice “Yo soy Jesús, yo maté a tu papá”. El sueño que Laura Mora tuvo en una noche australiana hace años la acompañó por hojas y horas en que escribió la conversación que tendría, si pudiera, con el hombre que mató a su padre.

De allí -de ese sueño que también es pesadilla- nació Matar a Jesús. No esperes una lección sobre el perdón y tampoco una apología sobre la venganza. Lo que encontrarás es una obra plena de intensidad, sensibilidad y sentimiento sobre los pesos de la humanidad, el abandono y la reconciliación con uno mismo. La actuación de Natasha Jaramillo la joven que habita casi cada plano de la película, sostiene una narración vigorosa que no pierde ritmo en ningún instante. Una película de factura impecable, técnicamente limpia y poéticamente poderosa.

Películas como Matar a Jesús existen porque Víctor Gaviria existe, hay que decirlo. Y aplaudirlo. Un hilo invisible une a Los Nadie, Apocalipsur y Rodrigo D. Es la poética de un maestro que ha sabido hacer de esta ciudad una protagonista, más que un escenario. Ante nosotros lo íntimo se hace universal gracias a la sinceridad con que directoras como Laura Mora asumen su obra. Es una ficción y también su biografía. No es posible mentir ante un espejo de este tamaño visto en vida.

Otro gran mérito está en el casting. La búsqueda y hallazgo de cada uno de los actores en hábitats naturales que sus personajes habitarían. Así como el profesor y padre es padre y profesor, así el verdugo conoce de cerca el bajo mundo. Así la protagonista pudo ser en mucho la misma Laura Mora de hace años y es estudiante de artes tal como Paula, así algo de su hermano habita al hermano. Y la ciudad es ella misma, despreciándonos y amándonos al mismo tiempo.

Cuando los titulares de prensa hablan de odio, cuando se escupe igual en la radio que en la televisión o en los pasacalles y carteles, cuando la historia del país es el desgaste del manido y aún efectivo "divide y vencerás", cuando todo esto sucede es que Matar a Jesús se convierte en una película necesaria que debería ser vista por teatros abarrotados en funciones agotadas. Tiene todos los elementos para hacerlo, además. No en vano luego de quince o dieciséis festivales y tantos premios alrededor del mundo llega a Colombia y se lleva los aplausos y el premio del público en el Festival de Cine de Cartagena hace pocos días.

Hay salsa y hierba. Hay rap y noche. Hay juventud y rabia. Hay día y fútbol. Hay violencia y ternura. Hay fiesta y muerte. Hay inocencia y redención. Hay cine, muy buen cine para ver al entrar a la sala y ver Matar a Jesús. Hay un cuidado precioso en la factura de cada plano y en cada capa de sonido que envuelve la historia de esa mujer que decide encontrar al asesino de su padre. ¿Qué perdemos todos con matar a Jesús? ¿Ganamos algo con matar a Jesús? Por lo pronto con ver la película ganamos todos. Tanto. Mucho.





SIN BALÓN

Después del partido la calle es la imagen de un domingo triste. Alguien ha decretado una suerte de aburrición general. La ...