domingo, 8 de abril de 2018

JORGE DREXLER, UNA NOCHE DE ASILO EN MEDELLÍN




Hacer canciones no es una ciencia exacta. Lo sabe y lo dice Jorge Drexler. Por eso ensaya otras fórmulas, procura nuevas recetas, encuentra formas distintas para acercase a su oficio y luego presentarse en escena. Tres veces ha visitado Medellín siendo su nombre el único en el cartel. Tres veces ha sido un artista distinto siendo él mismo. Si hay una palabra a la que parece no temerle esa es experimentación. Y sumo, claro, experiencia. Cuando llega a un teatro siempre ha sido al Metropolitano. La primera vez fue un recital casi unipersonal en que le acompañaron sus ángeles custodios Campi Campón y Matías Cella, productores de distintos episodios de su biografía musical. Traía bajo el brazo Amar la trama. Luego volvió acompañado por una banda capaz de un ciclón, celebró en Medellín su cumpleaños 50 y presentó Bailar en la cueva. Regresó el viernes pasado, esta vez con una banda capaz de un susurro. Ofreció su Salvavidas de hielo. Ah, claro, en 2010 estuvo en descampado, en la calle San Juan, como parte del cartel infinito del bello Congreso Iberoamericano de Cultura en concierto contra los minutos y la lluvia del final de la jornada.

Jorge Drexler, hay que decirlo, es un hombre generoso. No se guarda para después. Su recital bordeó las dos horas y media en las que transitó por distintos climas y supo llevarnos de la alegría a la melancolía, a veces sin bases intermedias. El teatro que esta vez tuvo reverberación de catedral fue la caja acústica de esa guitarra en que el cancionista quiso encerrarse y guardarnos como quien nos cuida con su vida expuesta en cada acorde. Porque nos cantó y contó su vida. Abrió con Movimiento, que a su vez abre el álbum nuevo y cerró con Quimera, de la misma cosecha. Y, en medio de ambas, las canciones se sucedieron una tras otra recorriendo décadas de discos publicados y vivencias hechas tinta, papel, décimas y armonías.

Se detuvo en un faro y nos sumergió en doce segundos de oscuridad.
Cruzó al otro lado del río.
Recordó a Martínez, agradeció a Sabina.
Invitó a Tom Petty, visitó a Leonard Cohen.
Tomó el tren con destino a Zitarrosa.
Y don Jorge nos dio una noche de asilo.

La inteligencia seduce, eso está claro. Y él lo sabe, llevó al público a donde quiso con la seda de su verbo. Un teatro lleno en el que cada quien en su silla podía sentir que le hablaban sólo a él o a ella. Tal es el grado de intimidad que logra Drexler en su concierto.

Aunque resulte extraño, la gira que hace a propósito de un disco que explora de manera poco convencional las posibilidades sonoras de la guitarra no incluye en su repertorio la entrañable Guitarra y vos. Pero una petición a grito herido entre el público -que más parecía un grito de auxilio- pidiendo la canción permitió que la interpretara. Momento memorable. Aunque el libreto está, el libreto puede dejarse a un lado. Por eso mismo un tiple hecho en Marinilla recién regalado esa tarde por el luthier Sergio García fue estrenado esa misma noche por las manos del uruguayo que convidó a Pala a hacer a dúo Hermana duda. Lo indudable es que Drexler y Pala tienen mucho en común: ambos médicos, ambos músicos, ambos los mejores letristas de su país. El amor por el verso los une y la sensibilidad de los que saben relatar el tiempo que viven los emparenta.

Jorge Drexler por cuarta vez se ha encontrado con una ciudad que solo sabe demostrarle amor. El aplauso en concierto y la multitud de abrazos que sigue recibiendo pasadas las horas después de los recitales son constancia. Cuando pasa por aquí siempre busca –y encuentra- vallenatos para celebrar el encuentro. Cada vez baila mejor, él dice que lo que pasa es que con los años se ha ido soltando. Le digo que además ha ido perdiendo la vergüenza. Sonríe y asiente. Y eso está muy bien. Ese permiso, que no hay que pedir, viene con las canas bien ganadas. 

Y cuando el momento llegue honremos nuestras herida
Levantemos nuestras copas por una causa perdida
Y un aleluya recorra las pantallas de los bares
Y encontremos la manera de despedir a los glaciares


Por lo pronto, aunque estemos ya en la edad en que la certeza caduca, imaginemos un seguro regreso del cancionista que nos lleva en sus seis cuerdas. Él sabe cantar Volver, el tango del uruguayo aquel que ni argentino ni francés. Mientras tanto sigue su itinerario, ahora con destino Brasil. Somos una especie en viaje / no tenemos pertenencias, sino equipaje. Qué buen seis de abril supo darle Drexler a Medellín. Gracias por eso, Maestro.






sábado, 10 de marzo de 2018

VETUSTA: HAY UN SITIO PARA CADA LUGAR

fotografía: Stefanía Ramírez


Morla, la vetusta tortuga de La historia sin fin que escribió Michel Ende es un animal vigoroso y radiante, experimentado y seductor. Puedo decirlo porque acabo de verla hecha música sobre el escenario del Teatro Pablo Tobón Uribe. Hay quien dice que son seis los integrantes de Vetusta Morla, yo estoy seguro que son ocho en un recital porque las luces y el sonido no son acompañantes sino miembros activos de la banda que desborda energía y poesía por iguales dosis en su performance en vivo. Han venido a Medellín sumando el tercer país y su cuarto concierto de este tramo latinoamericano de presentación de su flamante Mismo sitio, distinto lugar un disco que logra lo que parecía ser imposible: superar sus antecesores. Aunque eso no es extraño, los vetusta saben de alquimia y conocen el secreto que les permite ser mejores con cada nueva obra.

Impecable es una palabra que se queda corta al describir la puesta en escena que destaca lo natural y valora nuevamente a la música como corazón de un espectáculo. Este es un viaje por distintos climas que van desde la intimidad que ofrecieron acompañados por el piano de cola Steinway del teatro, al que supieron darle el protagonismo justo, hasta la furia de guitarras distorsionadas sobre percusiones envolventes que transitaron casi de la calma al exorcismo.

Traspasaron el umbral que hace posible que un mismo sitio sea distinto lugar. Sucedió aquí. Esta vez todo fue distinto: llenaron un teatro sólo con su nombre sobre la marquesina a diferencia de sus dos ocasiones anteriores en Medellín cuando fueron parte de carteles colectivos Aquellas fueron actuaciones intensas con los minutos contados, esta vez el tiempo era suyo así como la devoción de cada asistente que coreó sus letras con la fuerza de quien grita al viento una verdad revelada. Sumaron más dos horas desde los primeros acordes hasta la ovación de pie de un teatro colmado y rendido a sus pies, tiempo suficiente para recorrer en su repertorio Un día en el mundo, Mapas y La deriva además del disco que les sirve de título y motivo para enfrentar este tour mundial que los compromete de marzo a noviembre por esta América y Europa.

Bajo cielo antioqueño tienen una audiencia que les demuestra cariño irrestricto y conocimiento profundo de sus canciones. Da gusto escuchar tantas almas en comunión a la voz de Valiente, Maldita dulzura, La vieja escuela, 23 de junio, Golpe maestro, Consejo de sabios o El hombre del saco. Está visto y oído que esta música ya no es suya, es de su público. Una veintena de canciones fueron su ofrenda en el concierto.

Cuando dios dijo hágase el rock, lo hizo en inglés. Luego, cuando tuvo tiempo para descansar, notó que algo faltaba: entonces surgió Vetusta Morla, el mejor rock en nuestro idioma en muchos años a la redonda. La estela de su paso por Medellín la noche del sábado 10 de marzo deja constancia. Uno de los mejores recitales que recuerde esta ciudad en tiempo reciente. Juanma Latorre, Guille Galván, Alvaro Baglietto, Jorge González, David García y Pucho tienen desde hoy y para siempre una cita y una invitación con la fecha que dispongan porque han dejado a una ciudad con sed de verlos volver. 

Hay un himno para cada final
y una estrofa es para mí
Es mi turno, sé que debo romperlo.

Hay noches que nos devuelven la fe en la música, esta fue una de ellas.




miércoles, 7 de marzo de 2018

MATAR A JESÚS: CARTA AL PADRE EN 95 MINUTOS





El sueño fue así: ella estaba en un mirador alto, montaña arriba, desde donde la ciudad se veía inmensa y entera, allí casi oías a Medellín respirar como animal herido. El sueño fue así. Ella mira la ciudad con un poco de humo entre los dedos y la tristeza de entender en cuerpo propio qué significa ser huérfana. Una palabra que, cuando llega, no te abandona nunca. A su lado se sienta un chico apenas mayor que ella y le dice “Yo soy Jesús, yo maté a tu papá”. El sueño que Laura Mora tuvo en una noche australiana hace años la acompañó por hojas y horas en que escribió la conversación que tendría, si pudiera, con el hombre que mató a su padre.

De allí -de ese sueño que también es pesadilla- nació Matar a Jesús. No esperes una lección sobre el perdón y tampoco una apología sobre la venganza. Lo que encontrarás es una obra plena de intensidad, sensibilidad y sentimiento sobre los pesos de la humanidad, el abandono y la reconciliación con uno mismo. La actuación de Natasha Jaramillo la joven que habita casi cada plano de la película, sostiene una narración vigorosa que no pierde ritmo en ningún instante. Una película de factura impecable, técnicamente limpia y poéticamente poderosa.

Películas como Matar a Jesús existen porque Víctor Gaviria existe, hay que decirlo. Y aplaudirlo. Un hilo invisible une a Los Nadie, Apocalipsur y Rodrigo D. Es la poética de un maestro que ha sabido hacer de esta ciudad una protagonista, más que un escenario. Ante nosotros lo íntimo se hace universal gracias a la sinceridad con que directoras como Laura Mora asumen su obra. Es una ficción y también su biografía. No es posible mentir ante un espejo de este tamaño visto en vida.

Otro gran mérito está en el casting. La búsqueda y hallazgo de cada uno de los actores en hábitats naturales que sus personajes habitarían. Así como el profesor y padre es padre y profesor, así el verdugo conoce de cerca el bajo mundo. Así la protagonista pudo ser en mucho la misma Laura Mora de hace años y es estudiante de artes tal como Paula, así algo de su hermano habita al hermano. Y la ciudad es ella misma, despreciándonos y amándonos al mismo tiempo.

Cuando los titulares de prensa hablan de odio, cuando se escupe igual en la radio que en la televisión o en los pasacalles y carteles, cuando la historia del país es el desgaste del manido y aún efectivo "divide y vencerás", cuando todo esto sucede es que Matar a Jesús se convierte en una película necesaria que debería ser vista por teatros abarrotados en funciones agotadas. Tiene todos los elementos para hacerlo, además. No en vano luego de quince o dieciséis festivales y tantos premios alrededor del mundo llega a Colombia y se lleva los aplausos y el premio del público en el Festival de Cine de Cartagena hace pocos días.

Hay salsa y hierba. Hay rap y noche. Hay juventud y rabia. Hay día y fútbol. Hay violencia y ternura. Hay fiesta y muerte. Hay inocencia y redención. Hay cine, muy buen cine para ver al entrar a la sala y ver Matar a Jesús. Hay un cuidado precioso en la factura de cada plano y en cada capa de sonido que envuelve la historia de esa mujer que decide encontrar al asesino de su padre. ¿Qué perdemos todos con matar a Jesús? ¿Ganamos algo con matar a Jesús? Por lo pronto con ver la película ganamos todos. Tanto. Mucho.





sábado, 9 de diciembre de 2017

ALGUNOS DISCOS QUE ME GUSTARON ESTE AÑO



Joaquín Sabina publicó un testamentario disco que asusta porque ruegas de inmediato que no resulte premonitorio. Hace el balance que un hombre anciano puede hacer a la altura de sus días y gana la apuesta. El disco además entra a la lista de lo mejor que ha hecho en su vida. Lo niego todo, es un álbum que respira rock y poesía. Björk dejó atrás la melancolía del rompimiento expresada en su disco anterior y regresa con un álbum brillante y vibrante: Utopia. Qué bien se siente vivir en el mismo instante que una artista como ella está en plenas facultades de su creación y define su época. Juanes, en contravía con un mundo de singles y brevedades, presentó un álbum visual y conceptual que asume riesgos que nadie le estaba pidiendo tomar ¿el resultado? Mis planes son amarte es el único título en idioma distinto al inglés en la lista de los discos del año para la revista norteamericana Rolling Stone. Su debut como productor no pudo ser mejor. Noel y Liam Gallagher confirman que Manchester sigue siendo ese extraño lugar en que el rock no ha muerto: Who build the moon? y As you where son prueba consistente. Hay vida después de Oasis, así reverdece el desierto. Charly García se miró al espejo y su reflejo este año no fue Say no more: vio Random y compartió diez canciones que nos recuerdan por qué García es el que cierra y el que apaga la luz. Su hijo putativo,  Fito Páez, buscó el espejo en que Charly se había mirado y nos trajo La ciudad liberada: un álbum político como hace mucho no encaraba. Ha de ser el mundo este, del que es difícil escapar sin salir herido, el que vio en aquel reflejo. Beck opta por disfrutar y ha teñido el panorama oscuro con Colors y el resultado es un buen disco pleno de luz.  Natalia Lafourcade siguió este año por el caminito de quien busca su identidad en músicas que nacieron antes que ella y por esto lanzó Musas este 2017, pequeña joya. Tori Amos con Native Invader me alegró invadiéndome con la delicadeza, que pensé perdida, de su piano. Residente trajo consigo el resultado de un apasionante viaje por el mundo en busca de su adn y nos entrega una obra sin códigos y llena de arte. Lorde publicó Melodrama y confirma que David Bowie tenía razón cuando dijo que ella es el futuro de la música. El final del año nos deja la mejor versión de Alkolirykoz a esta altura de su madurez: Servicios Ambulatorioz conjuga diversión y preocupaciones, crítica y festejo y yo festejo este nuevo disco de artistas de semejante talla. Este año no sería el mismo sin Mismo Sitio, Distinto Lugar de Vetusta Morla, el grupo más importante que ha parido España en muchos años a la redonda. En este disco conviven varias canciones que me acompañarán por años. Y, bueno, al final de cualquier noche siempre sonará bien The search for everything el más elegante John Mayer ha vuelto a calzarse la guitarra como pocos pueden hacerlo. Cierro esta visita a la memoria de mi oído con un nombre que podría abrir la lista: Ocaso, de Andrés Correa es un álbum sincero y conmovedor, tan simple y tan complejo. Tal vez lo más bello que se haya producido sobre nuestro suelo este año.


Una colección de dinosaurios ha decidido resucitar. Eso está bien. Me agrada. Nombres en plena vigencia han querido recordarnos que están aquí. Eso está bien. Nuevas referencias despuntan también. Eso está bien. La música goza de perfecta salud. Me alegra. Lo celebro escuchando.


@lluevelove

martes, 7 de noviembre de 2017

EL SUELO BAJO NUESTROS PIES





Suena el teléfono. Carlos al otro lado del auricular saluda, pregunta dos tres cosas como suele suceder cuando llama alguien con el que hace días no hablas y luego dice lo que venía a decir. La pregunta que hace puede servir para titular una tesis de varios tomos, un curso entero, una conferencia taquillera y rentable. La pregunta que comparte es “Juan, ¿cuáles son los retos de los jóvenes en el posconflicto?”

Jóvenes.
Retos.
Posconflicto.

Joven y reto son dos palabras que no están lejos la una de la otra porque ¿qué otra cosa es la juventud sino un desafío? Sobre esto ya hay líneas y páginas y libros y libros y más libros escritos. Lo nuevo aquí es la palabra posconflicto. Esto cambia toda la ecuación.

¿Quiénes han peleado la guerra en mayor número? Los jóvenes.
¿Quiénes han puesto la cuota más alta de muertos? Los jóvenes.

¿Quiénes deciden la guerra? Los viejos.

Es contra natura que los padres entierren a sus hijos. Pero nos acostumbramos a ese paisaje. Lo aceptamos. Algunos por temor, muchos por indiferencia. Y eso que para muchos sucedió en la pantalla del televisor siempre en el mismo horario cada noche, con la emisión de los titulares del noticiero en horario triple a, para otros tantos sucedió en la esquina del barrio, en la fachada de su casa, en la sala de velación del pueblo.

Toda la sangre derramada en décadas de confrontación tiene el color de nuestra sangre y también nuestro apellido. Porque un país también es esto: la primera palabra que va después de tu nombre.

Puedes juntar algunos números para intentar comprender, ése es el oficio de las estadísticas. Calcular los millones de jóvenes que comparten territorio, cuántos en la ciudad, cuántos en el campo, qué estudian los que estudian, cuántos están trabajando, cuántos trabajan en lo que han estudiado, cuántos son desempleados, cuántos viven apenas sobreviviendo… Puedes juntar esos números para hacer una pregunta porque todas las cifras que puedas tener sobre un papel no hacen completa una respuesta.

El país que quiere llegar a un lugar llamado futuro debe pensar en los jóvenes hoy, pero ese mañana no es algo que llega como viento que sopla sin saberse de dónde viene. Ese futuro no es algo que te adjudican como si fuera un lote baldío esperándote. Lo hacés vos. Lo hacemos entre todos.

Cuando dices posconflicto estás hablando de un después ¿después de qué? Después de los acuerdos, después de las firmas, después del desarme, después de la entrada de los ex combatientes a la vida civil. Pero el posconflicto no es sólo para los que ayer fueron guerreros armados de motivos y culpas. También es un después para todas las víctimas, las directas y las indirectas, para vos y para mí. Para la sociedad entera que ha estado en medio del fuego cruzado que sumó más de cincuenta años y que no es tan fácil de resumir como una guerra entre dos bandos.

Vos lo sabés.
Has vivido más de un día aquí.

El reto de un joven está en comprender que tiene derecho a un mañana distinto, que no es suya la biografía que vivieron sus padres. El reto está en entender  que no debe encerrarse para protegerse como en un combate sino, por el contrario, que debe abrirse para que podamos protegernos entre todos como sucede en los lugares en paz.

Nuestro país tiene tantas fronteras como cicatrices. El reto de los jóvenes está en no asustarse con lo que ve cuando Colombia se mira en el espejo. Hay una tarea por cumplir que empieza por reconocer que somos frágiles y también fuertes, que nos habita la contradicción, que no hay que guardarle miedo a la esperanza.

Sólo ahora, lejos de los reflectores, muchas familias vuelven a ser familia. Sólo ahora, lejos de micrófonos de radio, muchos desplazados comienzan a pensar que pueden llamarse Retornados cuando regresen al pueblo que dejaron atrás. Sólo ahora, lejos de los titulares de prensa, los barrios de las grandes ciudades se encuentran con que tienen nuevos vecinos venidos de una guerra que sólo habían visto por televisión y que también sucedió acá, en la misma tierra que pisamos todos los días. En el suelo bajo nuestros pies.

El posconflicto, con todo lo difícil que es y que será, es el tiempo de la más bella oportunidad: solucionar los problemas sin matarnos es la lección del nuevo día.

¿Los retos de los jóvenes en el posconflicto, me decías?

El reto más grande es no heredar el odio. 

@lluevelove

* Artículo publicado en la revista Papel Blanco, páginas para la paz
de la Fundación Instituto para la Construcción de Paz (Ficonpaz)

jueves, 19 de octubre de 2017

PIEDRAS QUE HABLAN





Conocí el mar a oídas.
Alguien fue hasta un lugar que no sé cuál fue, con playa y palmeras, y trajo de allí algunas historias y conchitas y caracoles. Tomo uno y lo puso en mi oído. Cerré los ojos y escuché un océano entero. Y sonreí.

Conocí Auschwitz, también, sin haber ido.
Gaby regresó de otro de sus viajes por el mundo. La Maestra pasó esta vez por lugares en que sólo puedes caminar en silencio; templos del Nunca Más que nos recuerdan el horror del que el hombre puede ser capaz. Se detuvo en las cicatrices, el ghetto y los campos de concentración. Allí recogió una piedra y tantas millas y horas de vuelo y de insomnio la trajo pensando en mí. Sus hijos le decían si estaba dispuesta a llevar esa piedra por medio planeta a sabiendas de lo que pesa. Y no hablamos de gramos sino de historia y dolor y memoria, esa que tanto pesa.

Y la trajo. Y la puso en mi mano.

Durante una conferencia que compartimos no pude dejar de sostener el holocausto pequeñito en la palma de mi mano aunque la piedra hervía, en algún momento tenía que hablar ante el auditorio y lo primero que salió de mi fueron lágrimas y no palabras. Una tristeza portátil se instaló en mi cuerpo, es el peso de las piedras con historia. Hablamos de no violencia, caramba, hay que ver los caminos que recorre la ironía para convertirse en protagonista de cualquier historia.

Y pensé en las piedras -en todas las piedras- que han estado antes que todos nosotros y que seguirán aquí después que nos hayamos ido. Las piedras se llaman eternidad y nosotros somos arena. Hay piedras capaces de cargar todas las culpas de la humanidad. Tengo una conmigo.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CERATI, GRACIAS POR VENIR



El mensaje de María del Rosario decía “¿Murió Cerati?” quise creer que era una de esas veces (otra vez) en que alguien mata con rumores falsos por Internet a algún famoso. Hace cuatro años esperaba esa noticia pero ahora, cuando recién me contaban, me vi sorprendido como si no la hubiera previsto. ¿Murió Cerati?
Murió Cerati. Alivio y tristeza en la misma frase.
Soda Stereo me invitó a bailar mientras afuera estallaban bombas, me llevó a la calle con alegría mientras el miedo me invitaba a quedarme en casa, me enseñó el sentido exacto de la palabra concierto, eso es cierto, gran acierto. Por favor rebobinar: un lapicero entre los dedos, el movimiento circular de la muñeca de la mano, el casete girando como una honda a punto de lanzar canciones adentro de mi cabeza. Hay música que se queda en tu corazón.
Cerati siempre tocó su guitarra en inglés mientras cantaba en español.
Podría hablar de su primer concierto en Medellín con el trío o del último que ofreció años después como solista en la misma plaza de toros que ya era distinta, igual que él, a esa misma arena del debut que recordó aquí antes de cantar Trátame suavemente cuatro días antes de su accidente cerebro vascular en Venezuela. Podría hablar de los momentos de mi vida en que llegaron sus discos, uno a uno, como epifanías. Podría hablar de la emoción que siempre me trajeron sus imágenes de verdadera estrella glam: ese hombre sin vaguedades conciliado con su femenino sin conflictos es el rock star que Latinoamérica no había visto jamás.
La historia es esta: Charly García y Luis Alberto Spinetta son los padres de (mi) rock en español. Fito quiso ser la reencarnación en vida de Charly, mientras Cerati no quiso repetir a Spinetta pero siendo agua de ese río algo del espíritu de Luis está en sus canciones. Por eso mismo uno de los momentos más significativos en la vida de ambos es el instante en que comparten Bajan como si fuera escrita por los dos. Y en esa canción a la caída de la tarde cabe mi biografía y todo lo que constituye y configura Amor Amarillo que señala una ruta que conduce a la sonrisa.
Gustavo, no sé decirte adiós. No escribo estas líneas para hacer un recuento de tu discografía que es la banda sonora de esta película inspirada en hechos reales que es la vida. Escribo para recordar que el primer artículo que publiqué como practicante en La Hoja de Medellín fue el día después del último concierto de Soda con aquel inmortal Gracias Totales y que me salió un artículo tan extenso y detallado que Héctor Rincón me dijo que él no publicaba tesis y que lo iba a recortar mientras Ana María Cano me señalaba que siempre debía escribir así, con el corazón. Escribo estas líneas Gustavo para recordar ese muro de lote abandonado cerca del almacén Éxito de la calle Colombia en que varios amigos hacían grafitis con fragmentos de letras tuyas para contarse el amor que se tenían —tener un beeper era muy caro y les gustaba esa dosis de peligro— ahí en spray están Magüi, Lucho, Agustín y mi hermano Mauricio. Escribo estas líneas para recordar que uno veía los conciertos con el cuerpo entero  y no a tres metros del escenario a través de la pantalla de un celular, recuerdo cuando cantaste Té para tres en el coliseo Iván de Bedout y nos abrazamos Tato, Caramego y yo como si nos estuvieras mirando esa vez. Escribo estas líneas para recordar que me diste de comer también porque tu música estaba en cada noche, durante años, en que fui disc jockey en variado bar en esta ciudad y porque te visité como periodista y con palabras tuyas me gané un sueldo alguna vez. Escribo estas palabras, Gustavo, porque adentro de una canción tuya es mi cumpleaños, adentro de una canción tuya está mi beso, adentro de una canción tuya hay un paseo un paisaje un paraíso. Escribo porque si cierro los ojos con tu música de fondo vuelvo a vivir la vida que he vivido.
Podría intentar lo obvio y juntar títulos de algunas canciones tuyas para lucir ingenioso y enterado de tu trayectoria a la hora de publicar esta columna unos días después de tu partida pero no creo que eso a esa hora de la vida sea un homenaje justo. Lo justo es más breve, simple y obvio: te digo gracias por tanto, por todo.
Cerati, gracias por venir.
Ya lo decía Felix de Bedout en Twitter al rato de confirmar que tu cuerpo dejó de respirar: “Hace cuatro años ya que Cerati se fue, hoy se transformó en leyenda”. Vuelvo al WhatsApp y miro el mensaje “¿Murió Cerati?” y creo que ante la evidencia tendré que admitir que si. Afortunadamente conozco una fórmula para volverlo a revivir: busco una canción y oprimo justo en el triangulito. Play.

@lluevelove





JORGE DREXLER, UNA NOCHE DE ASILO EN MEDELLÍN

Hacer canciones no es una ciencia exacta. Lo sabe y lo dice Jorge Drexler. Por eso ensaya otras fórmulas, procura nuevas recetas, enc...