jueves, 19 de octubre de 2017

PIEDRAS QUE HABLAN





Conocí el mar a oídas.
Alguien fue hasta un lugar que no sé cuál fue, con playa y palmeras, y trajo de allí algunas historias y conchitas y caracoles. Tomo uno y lo puso en mi oído. Cerré los ojos y escuché un océano entero. Y sonreí.

Conocí Auschwitz, también, sin haber ido.
Gaby regresó de otro de sus viajes por el mundo. La Maestra pasó esta vez por lugares en que sólo puedes caminar en silencio; templos del Nunca Más que nos recuerdan el horror del que el hombre puede ser capaz. Se detuvo en las cicatrices, el ghetto y los campos de concentración. Allí recogió una piedra y tantas millas y horas de vuelo y de insomnio la trajo pensando en mí. Sus hijos le decían si estaba dispuesta a llevar esa piedra por medio planeta a sabiendas de lo que pesa. Y no hablamos de gramos sino de historia y dolor y memoria, esa que tanto pesa.

Y la trajo. Y la puso en mi mano.

Durante una conferencia que compartimos no pude dejar de sostener el holocausto pequeñito en la palma de mi mano aunque la piedra hervía, en algún momento tenía que hablar ante el auditorio y lo primero que salió de mi fueron lágrimas y no palabras. Una tristeza portátil se instaló en mi cuerpo, es el peso de las piedras con historia. Hablamos de no violencia, caramba, hay que ver los caminos que recorre la ironía para convertirse en protagonista de cualquier historia.

Y pensé en las piedras -en todas las piedras- que han estado antes que todos nosotros y que seguirán aquí después que nos hayamos ido. Las piedras se llaman eternidad y nosotros somos arena. Hay piedras capaces de cargar todas las culpas de la humanidad. Tengo una conmigo.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CERATI, GRACIAS POR VENIR



El mensaje de María del Rosario decía “¿Murió Cerati?” quise creer que era una de esas veces (otra vez) en que alguien mata con rumores falsos por Internet a algún famoso. Hace cuatro años esperaba esa noticia pero ahora, cuando recién me contaban, me vi sorprendido como si no la hubiera previsto. ¿Murió Cerati?
Murió Cerati. Alivio y tristeza en la misma frase.
Soda Stereo me invitó a bailar mientras afuera estallaban bombas, me llevó a la calle con alegría mientras el miedo me invitaba a quedarme en casa, me enseñó el sentido exacto de la palabra concierto, eso es cierto, gran acierto. Por favor rebobinar: un lapicero entre los dedos, el movimiento circular de la muñeca de la mano, el casete girando como una honda a punto de lanzar canciones adentro de mi cabeza. Hay música que se queda en tu corazón.
Cerati siempre tocó su guitarra en inglés mientras cantaba en español.
Podría hablar de su primer concierto en Medellín con el trío o del último que ofreció años después como solista en la misma plaza de toros que ya era distinta, igual que él, a esa misma arena del debut que recordó aquí antes de cantar Trátame suavemente cuatro días antes de su accidente cerebro vascular en Venezuela. Podría hablar de los momentos de mi vida en que llegaron sus discos, uno a uno, como epifanías. Podría hablar de la emoción que siempre me trajeron sus imágenes de verdadera estrella glam: ese hombre sin vaguedades conciliado con su femenino sin conflictos es el rock star que Latinoamérica no había visto jamás.
La historia es esta: Charly García y Luis Alberto Spinetta son los padres de (mi) rock en español. Fito quiso ser la reencarnación en vida de Charly, mientras Cerati no quiso repetir a Spinetta pero siendo agua de ese río algo del espíritu de Luis está en sus canciones. Por eso mismo uno de los momentos más significativos en la vida de ambos es el instante en que comparten Bajan como si fuera escrita por los dos. Y en esa canción a la caída de la tarde cabe mi biografía y todo lo que constituye y configura Amor Amarillo que señala una ruta que conduce a la sonrisa.
Gustavo, no sé decirte adiós. No escribo estas líneas para hacer un recuento de tu discografía que es la banda sonora de esta película inspirada en hechos reales que es la vida. Escribo para recordar que el primer artículo que publiqué como practicante en La Hoja de Medellín fue el día después del último concierto de Soda con aquel inmortal Gracias Totales y que me salió un artículo tan extenso y detallado que Héctor Rincón me dijo que él no publicaba tesis y que lo iba a recortar mientras Ana María Cano me señalaba que siempre debía escribir así, con el corazón. Escribo estas líneas Gustavo para recordar ese muro de lote abandonado cerca del almacén Éxito de la calle Colombia en que varios amigos hacían grafitis con fragmentos de letras tuyas para contarse el amor que se tenían —tener un beeper era muy caro y les gustaba esa dosis de peligro— ahí en spray están Magüi, Lucho, Agustín y mi hermano Mauricio. Escribo estas líneas para recordar que uno veía los conciertos con el cuerpo entero  y no a tres metros del escenario a través de la pantalla de un celular, recuerdo cuando cantaste Té para tres en el coliseo Iván de Bedout y nos abrazamos Tato, Caramego y yo como si nos estuvieras mirando esa vez. Escribo estas líneas para recordar que me diste de comer también porque tu música estaba en cada noche, durante años, en que fui disc jockey en variado bar en esta ciudad y porque te visité como periodista y con palabras tuyas me gané un sueldo alguna vez. Escribo estas palabras, Gustavo, porque adentro de una canción tuya es mi cumpleaños, adentro de una canción tuya está mi beso, adentro de una canción tuya hay un paseo un paisaje un paraíso. Escribo porque si cierro los ojos con tu música de fondo vuelvo a vivir la vida que he vivido.
Podría intentar lo obvio y juntar títulos de algunas canciones tuyas para lucir ingenioso y enterado de tu trayectoria a la hora de publicar esta columna unos días después de tu partida pero no creo que eso a esa hora de la vida sea un homenaje justo. Lo justo es más breve, simple y obvio: te digo gracias por tanto, por todo.
Cerati, gracias por venir.
Ya lo decía Felix de Bedout en Twitter al rato de confirmar que tu cuerpo dejó de respirar: “Hace cuatro años ya que Cerati se fue, hoy se transformó en leyenda”. Vuelvo al WhatsApp y miro el mensaje “¿Murió Cerati?” y creo que ante la evidencia tendré que admitir que si. Afortunadamente conozco una fórmula para volverlo a revivir: busco una canción y oprimo justo en el triangulito. Play.

@lluevelove





viernes, 25 de agosto de 2017

TODOS TUS MUERTOS







En Colombia los muertos nos hablan desde el calendario. Mientras algunos buscan el día de su santo en la fecha de su cumpleaños, otros encuentran el aniversario de una tristeza. Semana tras semana podrías conmemorar a una, otra y otra ausencia. Ya son tantos los nombres que se vienen a la cabeza cuando quieres terminar la frase ¿Qué estabas haciendo cuando mataron a...? y entonces aparece la mañana de sábado en que te despertaste con la muerte de Andrés Escobar y la de viernes en que la víctima fue Jaime Garzón o la fatiga en el pecho de la noche en que mataron a Luis Carlos Galán y allí solo cito tres nombres que nadie olvida para empezar a cerrar los ojos con lágrimas que desembocan en la boca del miedo.

No hay violencia buena y violencia mala. Toda es mala. Y está tan muerto el dirigente político en manos del sicario como el futbolista en manos del guardaespaldas del apostador como el ciudadano sin notoriedad pública que salía del cajero y se encontró con la mano del fletero armado. Muerta está la esposa del hombre celoso con sangre en un cuchillo y muertos los hermanos que discutieron el día de la madre dejando a una madre sin hijos. 

¿Si hiciéramos un minuto de silencio por cada asesinato cuántos años estaríamos callados? 

Por estos días vuelven a los titulares de prensa con historias de bandas y bandidos en Medellín y con tinta roja se escriben las listas que enumeran líderes sociales muertos en Colombia. Estos días, digo, parecen calcar páginas de otras fechas.  Y entonces Pedro Valencia Giraldo. Y entonces Héctor Abad Gómez. Y entonces Leonardo Betancur Taborda. Y entonces Luis Felipe Vélez Herrera. Y entonces con ellos decenas de personas en pocos meses de 1987 fueron arrebatados de los suyos en días en que la consigna paramilitar fue "matar la inteligencia" como sentenció Carlos Castaño. Otro nombre que figura muerto aunque no tanto como para que la duda también esté sepultada. 

Las fechas resucitan a los que la violencia nos quitó.
Sucede, al menos por un día, en Colombia.

Si algo ha desaparecido mientras vuelven por aquí noticias de lamentos en barrios y corregimientos bajo el viento del aspa de un helicóptero son los registros de combates por allá, selva adentro y pueblo afuera, de masacres en la plaza de aquel municipio que solo conociste cuando una masacre lo nombró. Porque las lecciones de geografía en Colombia las impartió el dolor. Y esos muertos que sólo son cifras para el que mal los cuenta siguen apareciendo con nombre y biografía como constancia en la conciencia de algunos y en la silla vacía del comedor del hijo que extraña a su padre, o a su hermano, o a su novia, o al amigo con que iban a cambiar juntos el mundo que les tocó.

Todos somos, también, nuestras ausencias.

He conocido a tantas personas por que nos unió alguien que ya no está que no dejo de ver a esos que murieron en los ojos con que me miran los que les han sobrevivido. Y todos los días les quiero un poquito más, sí es posible. Y entonces pienso en Teresita, en Pastora, en Jeihhco. Y entonces pienso en Natalia, en Heneas, en Hector. Y la lista va creciendo, como los días de este calendario habitado por fantasmas.

Ayer, nada más ayer, en un taller con Antanas Mockus el profesor nos pidió escribir un nombre en la parte delgada de una cuchara, con una fecha en que esa persona fue víctima de la guerra y en el canto de la cuchara un sentimiento. Y pensé. Y recordé visitas a cementerios y novenas de difuntos. Y me sorprendí escribiendo mi nombre y las fechas en que yo pude ser ése muerto. Por una amenaza escrita firmada por Castaño alguna vez, por una retención de las FARC que es mejor llamar secuestro en otra ocasión, por un atentado cercano, por las balas del ELN antes de la transmisión de un programa de tv... Allí donde debía escribir un sentimiento garabateé: yo perdono. No menciono nada de esto por valentía o heroísmo, que ahí no hay, sólo lo escribo porque ayer pensé que podría ser mi nombre el que otro pudo escribir en su cuchara. 

Todos tus muertos también son los míos.



@lluevelove

miércoles, 16 de agosto de 2017

NEGRO HIJUEPUTA



El hombre grita, vocifera, deja salir colérico algún madrazo enojado en medio de su limpia argumentación sobre la presión que sienten dos personas cuando son escogidas con malas palabras y peor actitud por la policía para una requisa “al azar” en medio de una calle colmada de gentes que, igual que ellos, van a sus obligaciones al empezar el día. Los detienen porque llevan una “prisa sospechosa” dicen. Carlos Angulo lanza con rabia, con indignación en estado puro, sus pertenencias al suelo para que los policías vean que en la mochila no guarda nada que deba esconder salvo la ropa que ha de sudar en la jornada laboral. Su hermano menor, quieto en la acera, mira con temor a los policías. María Alejandra Pulido, que pasaba por ahí en ese momento, ha grabado toda la escena con su teléfono celular y ha subido el video a internet. El testimonio instantáneo y espontáneo se hace viral. El desahogo en dos tomas de este ebanista inunda las aguas de los navegantes en internet. Se convierte incluso en noticia internacional reseñada por la cadena inglesa BBC “Para el patrón es sospechoso que llegue tarde, pero para ustedes es sospechoso que vaya rápido (…) son las ocho de la mañana, es normal que lleve prisa. Pero mi prisa sí es sospechosa, mientras la de ustedes no lo es porque ustedes son ciudadanos” Y en ese dilema gritado por el señor Angulo a todo transeúnte y a un país entero, más que una frustración, vive una denuncia. 

Una denuncia que son mil voces en la garganta de un ciudadano. 
Porque todos somos justo eso: c-i-u-d-a-d-a-n-o-s.

No es fácil vivir bajo la mirada de la sospecha injustificada. No es fácil vivir bajo las palabras del prejuicio histórico. No es fácil vivir bajo las actitudes del racismo cotidiano. No es fácil vivir bajo la ofensa del comportamiento del que no entiende que tu derecho a respirar es igual que el suyo. 

Ya lo decía tu mamá: lo que jode es el tonito: “¡negro, una requisa!” no es lo mismo que “señor ¿me permite una requisa?” Ya lo decía tu mamá: lo que jode es la mirada: ¿por qué entre todos los que pasan escogen sólo al que no tiene la piel clara? Luego preguntan: ¿existe la discriminación en Colombia? Si, es obvio. El hecho mismo de que exista toda una legislación que propone lo que llaman discriminación positiva, en términos políticamente correctos, pone de relieve la existencia de la otra cara de la misma moneda donde nada es tan correcto.

Aquí hay quienes piensan que decirle a alguien Negro Hijueputa es igual que llamarlo por nombre y apellido. Genéricos del desprecio que fundan familia y por igual nombran a otro como Loca Hijueputa y a aquella como Pobre Hijueputa. Y los llaman así, golpeadito, con aire de suficiencia y superioridad como si eso no hablara peor del que lo pronuncia ese epíteto que del que lo recibe.

Entre nosotros están tan vigentes tantas expresiones que sólo perpetúan las heridas que es imposible no tener presente que aún hay mucho por sanar. ¿Has oído lo de “trabajar como negro para vivir como blanco”? pues bien, yo trabajo como negro para vivir como negro, le digo a un amigo que me responde –sin ánimo de ofender, insiste- “…pero a vos te ha ido bien…” así, con ese pero en la frase que significa que a pesar de ser negro me ha ido bien. Será entonces decir gracias por el favor.

Mi padre fue negro negrísimo, lo recuerdo siempre con su pelo blanco. Mi madre es  blanca, blanquísima, siempre tuvo bien negro el pelo. Tuve una abuela de piel tan pálida y otra abuela de piel tan oscura. Mi papá chocoano, mi mamá antioqueña. Y por la casa de la infancia gente venida de aquí y de allá pasaba entre aromas de fríjoles y pescado. En mi primer día de clases, en kínder, un niño en el salón me dijo “yo no me junto con negros… ¡negro!” yo no entendí por qué me decía eso y llegué luego a casa a preguntar qué era un negro. 

En casa no nos veíamos por colores sino por nombres.

Mi papá me enseñó que muchos me verían negro por fuera pero que no debía olvidar que también soy blanco por dentro. No estoy aquí para negar los dos ríos de los que vengo sino para afirmarme en el mar de esa combinación. Nada es más puro que la mezcla. 

Cuando en aquel video del que les hablo uno de los policías -que nunca le muestra una identificación a Carlos Angulo- lo acusa de acomplejado por reclamar sus derechos ciudadanos pienso en que el verdadero complejo sería guardar silencio y aceptar el abuso por repetido y sistemático como si fuera natural. Hay aquí una ecuación básica y fatídica: prejuicio + poder = racismo. El estado representado en la autoridad uniformada debería mirarnos a todos con ojos de igualdad tal como está escrito en la constitución. Pero no es así.

Recuerdo los escupitajos en la espalda con los que unos chicos me atacaba en el colegio insultándome por negro. Recuerdo a la mamá de una compañera en la universidad que me decía “yo no sé por qué te quiero tanto si sos negro” como si eso fuera un piropo. Recuerdo la voz de una muchacha que aún piensa que no la oí mientras decía “ella tiene un novio negro” refiriéndose a mi novia como con asco en la voz. Recuerdo el final de una tarde en que iba trotando a entrenar voleybol en Bolivariana y esa moto de policía que se cruzó frente a mi mientras me apuntaban con una pistola en la cara y tiraban mi billetera al piso sin permitirme mostrar una  identificación, para gritarme con el arma en mano y el cañón en mi frente: “negro ¿usted por qué está corriendo?”

Pero esos recuerdos no me definen por entero.

Hace tiempo que decidí no fijarme más en las señoras que por reflejo apresuran el paso, aprietan su cartera o se cambian de acera si uno viene caminando atrás.

Debo decirlo en primera persona, como todo lo que he dicho aquí: todos los días me sucede en la calle que los desconocidos me tratan con cariño inmerecido y cordial cuando me recuerdan por el trabajo que he hecho en público durante años. Y el efecto de ese afecto es impulso y motor que devuelve la fe que se pierde de tanto en tanto.

Caterine Ibargüen, diosa de ébano, la atleta más importante nacida en Colombia, levanta con sus brazos en cada triunfo suyo una bandera. Y en esa sonrisa blanca en su cara negra cabe entero un país. De todos los colores.
  
@lluevelove


La mañana que vivió Carlos Angulo


 texto publicado originalmente en septiembre de 2015

martes, 18 de julio de 2017

LA ÚLTIMA NOCHE EN LA TIERRA




La mañana después no habían cucarachas en el cuarto, ni kafkas en los espejos.

Todas las canciones estaban escritas en una escala que su voz no podía alcanzar y nunca aprendió a silbar bien, por tanto la música ya era asunto de otros y no el suyo. Desde esta orilla cualquier río parecía un mar porque tampoco decidió jamás que aprendería a nadar. La vida era un toro dispuesto a cornearle en el pecho y desde la barrera sonreían sus amigos del club antitaurino. Se puso su mejor sonrisa y salió a la calle a buscar una bonita excusa para regresar a casa de la misma manera que algunos chicos evitan hacer bien la tarea para intentar una ausencia en la clase siguiente. Aún así el sol insiste en brillar de oscuras maneras y castiga con todo fervor la insolencia de tipos como él: dicen que prefieren la luna pero dejan sus vampiros en los bolsillos.

Perdió las horas no sabe dónde, no sabe cuándo. Encontró algo del tiempo perdido en un bar al final de la tarde donde todos los vasos estaban medio llenos y los besos medio vacíos. En la esquina, sobre la barra, un televisor sin volumen vomitaba noticias mudas para los ojos de nadie. Todos los clientes allí eran habituales, una pequeña familia que cambió lazos de sangre por un poco de alcohol y venenos varios que aman pero odian cuando llega la resaca. Las miradas que habían de encontrarse ya lo estaban haciendo, los billetes que debían cambiar de manos ya lo hacían, las luces por apagar estaban todas encendidas. Entonces, unos tragos más tarde, decidió irse a buscar la ruta de vuelta al lugar donde nadie lo esperaba para escuchar esa historia que no tenía para contar.

La mañana después no habían cucarachas en el cuarto, ni kafkas en los espejos.

lunes, 17 de julio de 2017

RELATO DE PUGILATO





El Hombre Triste tiene rotos y desgastados sus guantes de box. 


Han sido tantos los golpes de la vida que hace años no pasa tiempo largo sin sentirse en pleno combate. Algunas mañanas, antes de poner pie fuera de la cama, siente que ya ha perdido por nocaut pero no tiene más remedio que enfrentarse al ring de los días y se levanta como quien ha besado la lona con labios sangrientos. 


Sólo acaba de abrir los ojos y ya trae la mirada cansada. La Oda a la Alegría es una música que sale a la calle desde la ventana de al lado, nunca desde la suya. Tiene rotos y gastados los guantes, sabe que nadie tirará la toalla para salvarlo a él. 


Calienta el café de ayer y debe ser por eso que siente que la vida se encadena sin pausas de la misma manera que los cines rotativos de su infancia. Todo listo después de los movimientos habituales del ritual matutino. Incluso el polvo está en su lugar. Gira el pestillo, abre la puerta, el sol de frente ofende su rostro, unos pasos cortos y ya está en la calle. Va a enfrentar las horas por venir con corbata ajustada desde la esquina del cubículo de su oficina. 


Suena la campana. El Hombre Triste empieza otro round contra el hastío cotidiano.



@lluevelove

lunes, 19 de junio de 2017

HOW TO STEAL A DAUGHTER AND DESTROY THE MOTHER IN THE ATTEMPT

By: Juan Mosquera Restrepo
Translation: Talia Sawers

She is five months old and wakes up at night looking for her mother. She is five months old and in the middle of the afternoon cries in despair because she needs her mother's embrace. She is five months old and in the mornings she misses her mother. Who answers? A grandmother who can only say "she is not here" when the truth is that they snatched the baby and they’re hiding her—so similar to the word kidnapping. She is in a strange country. The baby is called Emma, the mother Nathalie and this drama has names—Charles Lincoln Abott III and Melanie, Emma's father and paternal grandmother, have moved the baby away and are holding her with false accusations against Nathalie with the sole intention of taking away her custody.

They want to steal her daughter from her.

Little Emma is five months old today. Emma was born in Medellín on January 19 of this year at El Prado Clinic. She is Colombian. Although her father is an American, they haven’t yet gone through the procedures for obtaining US citizenship and it may take another six months to obtain it. With that status, Charles and Melanie aim to make it impossible for Nathalie to get Emma back—to have the justice of their own country on their side and to exhaust the mother in her temporary immigrant status.

Nathalie Milfort Blandón is Colombian and an historian. She worked at the Ministry of Culture.

Charles Lincoln Abott III is American and a lawyer. His work involves constant travel.

Nathalie and Charles were dating. Then she became pregnant. Upon receiving the news, Charles reacted by telling her that she could have an abortion, that he was not sure if he wanted to be a father. She continued ahead—she did want to be a mother. Five months into the pregnancy they got married in the United States, then travelled to Colombia, repeated the ceremony and then she gave birth to Emma. The Milfort family have been fundamental company every day that Nathalie has been everything a mother can be to her daughter. The love of grandparents and uncles has been a constant hug for Emma.

On April 15, they travelled to Washington with a provisional passport for the baby. The husband promised stability and protection. She believed the promise. Living there became an unexpected isolation—Charles’s repeated absence, only one friend in the city, basic level English and a mother-in-law convincing her that her sadness was postnatal depression, all ended up boycotting more than the atmosphere. At the same time small gestures began to happen that only with the distance of the consequences took shape as if they had a plan in advance. Melanie took to her house, bit by bit, many belongings of the girl and copied exactly—like in an Alfred Hitchcock film— Emma's room with identical furniture in the identical place and duplicate decor. Charles's mood changed and he started looking for fights where there were none. Everything blew up when Nathalie said she wanted to return to Colombia for a while to tie up work issues and breathe an affectionate air before returning to face the American way of life again.

Emma and Nathalie

There were two episodes clearly manipulated by the father who, locked in his room, called the police to report that his wife wanted to kill him and his daughter. The police went to his house and there was no hint of aggression in Nathalie and soon understood that there was no danger. But they left each time with the legal explanation of the lawyer and with an insufficient version in an English that she barely masters. So Charles was creating the precedent to call on later. In a shaking meeting that Nathalie’s family asked for via Skype from Colombia, the arrival of the police happened before the very eyes of her helpless siblings, and they saw from their computer’s camera, Emma being taken away. Supposedly Nathalie, an unstable woman according to her husband, could attack his daughter. So her father and grandmother took her and for more than two weeks they did not let Nathalie even see Emma…much less feed or caress her, surely.


Emma's passport disappeared from the house. Charles took it without warning, and is now in possession of it.

The voice of the Colombian embassy in Washington has simply recommended that she gets a lawyer and acts quickly while the only nationality of the baby is Colombian—difficult for Nathalie who must look for a way to support herself now that Charles is soon to be her ex-husband. She is legally prohibited from working and the private costs of legal advice are sky-high. One hour? Hundreds of dollars…and pain. Her family has decided to publicise the case in search of the solidarity of public opinion, a closer and more effective company of the diplomatic corps to recover Emma—don’t forget, a five-month-old Colombian girl who is still held by the American father—and make visible a situation that has happened before against Colombian women and their children in foreign countries by couples—like this one—who abuse the fact that they are away from their home.

I write this because I know close up what I tell here. All these words have documents that support them, witnesses that back them up and because it is a truth that appeals for justice.

Emma is entitled to her mother.
Nathalie has a right to her daughter.
The voice of many can help stop this injustice and be a real circle of friends for them both. Nathalie and Emma deserve, need, to be together again.

@lluevelove

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Emma and Nathalie Campaign:






PIEDRAS QUE HABLAN

Conocí el mar a oídas. Alguien fue hasta un lugar que no sé cuál fue, con playa y palmeras, y trajo de allí algunas historias y conch...