sábado, 9 de diciembre de 2017

ALGUNOS DISCOS QUE ME GUSTARON ESTE AÑO



Joaquín Sabina publicó un testamentario disco que asusta porque ruegas de inmediato que no resulte premonitorio. Hace el balance que un hombre anciano puede hacer a la altura de sus días y gana la apuesta. El disco además entra a la lista de lo mejor que ha hecho en su vida. Lo niego todo, es un álbum que respira rock y poesía. Björk dejó atrás la melancolía del rompimiento expresada en su disco anterior y regresa con un álbum brillante y vibrante: Utopia. Qué bien se siente vivir en el mismo instante que una artista como ella está en plenas facultades de su creación y define su época. Juanes, en contravía con un mundo de singles y brevedades, presentó un álbum visual y conceptual que asume riesgos que nadie le estaba pidiendo tomar ¿el resultado? Mis planes son amarte es el único título en idioma distinto al inglés en la lista de los discos del año para la revista norteamericana Rolling Stone. Su debut como productor no pudo ser mejor. Noel y Liam Gallagher confirman que Manchester sigue siendo ese extraño lugar en que el rock no ha muerto: Who build the moon? y As you where son prueba consistente. Hay vida después de Oasis, así reverdece el desierto. Charly García se miró al espejo y su reflejo este año no fue Say no more: vio Random y compartió diez canciones que nos recuerdan por qué García es el que cierra y el que apaga la luz. Su hijo putativo,  Fito Páez, buscó el espejo en que Charly se había mirado y nos trajo La ciudad liberada: un álbum político como hace mucho no encaraba. Ha de ser el mundo este, del que es difícil escapar sin salir herido, el que vio en aquel reflejo. Beck opta por disfrutar y ha teñido el panorama oscuro con Colors y el resultado es un buen disco pleno de luz.  Natalia Lafourcade siguió este año por el caminito de quien busca su identidad en músicas que nacieron antes que ella y por esto lanzó Musas este 2017, pequeña joya. Tori Amos con Native Invader me alegró invadiéndome con la delicadeza, que pensé perdida, de su piano. Residente trajo consigo el resultado de un apasionante viaje por el mundo en busca de su adn y nos entrega una obra sin códigos y llena de arte. Lorde publicó Melodrama y confirma que David Bowie tenía razón cuando dijo que ella es el futuro de la música. El final del año nos deja la mejor versión de Alkolirykoz a esta altura de su madurez: Servicios Ambulatorioz conjuga diversión y preocupaciones, crítica y festejo y yo festejo este nuevo disco de artistas de semejante talla. Este año no sería el mismo sin Mismo Sitio, Distinto Lugar de Vetusta Morla, el grupo más importante que ha parido España en muchos años a la redonda. En este disco conviven varias canciones que me acompañarán por años. Y, bueno, al final de cualquier noche siempre sonará bien The search for everything el más elegante John Mayer ha vuelto a calzarse la guitarra como pocos pueden hacerlo. Cierro esta visita a la memoria de mi oído con un nombre que podría abrir la lista: Ocaso, de Andrés Correa es un álbum sincero y conmovedor, tan simple y tan complejo. Tal vez lo más bello que se haya producido sobre nuestro suelo este año.


Una colección de dinosaurios ha decidido resucitar. Eso está bien. Me agrada. Nombres en plena vigencia han querido recordarnos que están aquí. Eso está bien. Nuevas referencias despuntan también. Eso está bien. La música goza de perfecta salud. Me alegra. Lo celebro escuchando.


@lluevelove

martes, 7 de noviembre de 2017

EL SUELO BAJO NUESTROS PIES





Suena el teléfono. Carlos al otro lado del auricular saluda, pregunta dos tres cosas como suele suceder cuando llama alguien con el que hace días no hablas y luego dice lo que venía a decir. La pregunta que hace puede servir para titular una tesis de varios tomos, un curso entero, una conferencia taquillera y rentable. La pregunta que comparte es “Juan, ¿cuáles son los retos de los jóvenes en el posconflicto?”

Jóvenes.
Retos.
Posconflicto.

Joven y reto son dos palabras que no están lejos la una de la otra porque ¿qué otra cosa es la juventud sino un desafío? Sobre esto ya hay líneas y páginas y libros y libros y más libros escritos. Lo nuevo aquí es la palabra posconflicto. Esto cambia toda la ecuación.

¿Quiénes han peleado la guerra en mayor número? Los jóvenes.
¿Quiénes han puesto la cuota más alta de muertos? Los jóvenes.

¿Quiénes deciden la guerra? Los viejos.

Es contra natura que los padres entierren a sus hijos. Pero nos acostumbramos a ese paisaje. Lo aceptamos. Algunos por temor, muchos por indiferencia. Y eso que para muchos sucedió en la pantalla del televisor siempre en el mismo horario cada noche, con la emisión de los titulares del noticiero en horario triple a, para otros tantos sucedió en la esquina del barrio, en la fachada de su casa, en la sala de velación del pueblo.

Toda la sangre derramada en décadas de confrontación tiene el color de nuestra sangre y también nuestro apellido. Porque un país también es esto: la primera palabra que va después de tu nombre.

Puedes juntar algunos números para intentar comprender, ése es el oficio de las estadísticas. Calcular los millones de jóvenes que comparten territorio, cuántos en la ciudad, cuántos en el campo, qué estudian los que estudian, cuántos están trabajando, cuántos trabajan en lo que han estudiado, cuántos son desempleados, cuántos viven apenas sobreviviendo… Puedes juntar esos números para hacer una pregunta porque todas las cifras que puedas tener sobre un papel no hacen completa una respuesta.

El país que quiere llegar a un lugar llamado futuro debe pensar en los jóvenes hoy, pero ese mañana no es algo que llega como viento que sopla sin saberse de dónde viene. Ese futuro no es algo que te adjudican como si fuera un lote baldío esperándote. Lo hacés vos. Lo hacemos entre todos.

Cuando dices posconflicto estás hablando de un después ¿después de qué? Después de los acuerdos, después de las firmas, después del desarme, después de la entrada de los ex combatientes a la vida civil. Pero el posconflicto no es sólo para los que ayer fueron guerreros armados de motivos y culpas. También es un después para todas las víctimas, las directas y las indirectas, para vos y para mí. Para la sociedad entera que ha estado en medio del fuego cruzado que sumó más de cincuenta años y que no es tan fácil de resumir como una guerra entre dos bandos.

Vos lo sabés.
Has vivido más de un día aquí.

El reto de un joven está en comprender que tiene derecho a un mañana distinto, que no es suya la biografía que vivieron sus padres. El reto está en entender  que no debe encerrarse para protegerse como en un combate sino, por el contrario, que debe abrirse para que podamos protegernos entre todos como sucede en los lugares en paz.

Nuestro país tiene tantas fronteras como cicatrices. El reto de los jóvenes está en no asustarse con lo que ve cuando Colombia se mira en el espejo. Hay una tarea por cumplir que empieza por reconocer que somos frágiles y también fuertes, que nos habita la contradicción, que no hay que guardarle miedo a la esperanza.

Sólo ahora, lejos de los reflectores, muchas familias vuelven a ser familia. Sólo ahora, lejos de micrófonos de radio, muchos desplazados comienzan a pensar que pueden llamarse Retornados cuando regresen al pueblo que dejaron atrás. Sólo ahora, lejos de los titulares de prensa, los barrios de las grandes ciudades se encuentran con que tienen nuevos vecinos venidos de una guerra que sólo habían visto por televisión y que también sucedió acá, en la misma tierra que pisamos todos los días. En el suelo bajo nuestros pies.

El posconflicto, con todo lo difícil que es y que será, es el tiempo de la más bella oportunidad: solucionar los problemas sin matarnos es la lección del nuevo día.

¿Los retos de los jóvenes en el posconflicto, me decías?

El reto más grande es no heredar el odio. 

@lluevelove

* Artículo publicado en la revista Papel Blanco, páginas para la paz
de la Fundación Instituto para la Construcción de Paz (Ficonpaz)

jueves, 19 de octubre de 2017

PIEDRAS QUE HABLAN





Conocí el mar a oídas.
Alguien fue hasta un lugar que no sé cuál fue, con playa y palmeras, y trajo de allí algunas historias y conchitas y caracoles. Tomo uno y lo puso en mi oído. Cerré los ojos y escuché un océano entero. Y sonreí.

Conocí Auschwitz, también, sin haber ido.
Gaby regresó de otro de sus viajes por el mundo. La Maestra pasó esta vez por lugares en que sólo puedes caminar en silencio; templos del Nunca Más que nos recuerdan el horror del que el hombre puede ser capaz. Se detuvo en las cicatrices, el ghetto y los campos de concentración. Allí recogió una piedra y tantas millas y horas de vuelo y de insomnio la trajo pensando en mí. Sus hijos le decían si estaba dispuesta a llevar esa piedra por medio planeta a sabiendas de lo que pesa. Y no hablamos de gramos sino de historia y dolor y memoria, esa que tanto pesa.

Y la trajo. Y la puso en mi mano.

Durante una conferencia que compartimos no pude dejar de sostener el holocausto pequeñito en la palma de mi mano aunque la piedra hervía, en algún momento tenía que hablar ante el auditorio y lo primero que salió de mi fueron lágrimas y no palabras. Una tristeza portátil se instaló en mi cuerpo, es el peso de las piedras con historia. Hablamos de no violencia, caramba, hay que ver los caminos que recorre la ironía para convertirse en protagonista de cualquier historia.

Y pensé en las piedras -en todas las piedras- que han estado antes que todos nosotros y que seguirán aquí después que nos hayamos ido. Las piedras se llaman eternidad y nosotros somos arena. Hay piedras capaces de cargar todas las culpas de la humanidad. Tengo una conmigo.

lunes, 4 de septiembre de 2017

CERATI, GRACIAS POR VENIR



El mensaje de María del Rosario decía “¿Murió Cerati?” quise creer que era una de esas veces (otra vez) en que alguien mata con rumores falsos por Internet a algún famoso. Hace cuatro años esperaba esa noticia pero ahora, cuando recién me contaban, me vi sorprendido como si no la hubiera previsto. ¿Murió Cerati?
Murió Cerati. Alivio y tristeza en la misma frase.
Soda Stereo me invitó a bailar mientras afuera estallaban bombas, me llevó a la calle con alegría mientras el miedo me invitaba a quedarme en casa, me enseñó el sentido exacto de la palabra concierto, eso es cierto, gran acierto. Por favor rebobinar: un lapicero entre los dedos, el movimiento circular de la muñeca de la mano, el casete girando como una honda a punto de lanzar canciones adentro de mi cabeza. Hay música que se queda en tu corazón.
Cerati siempre tocó su guitarra en inglés mientras cantaba en español.
Podría hablar de su primer concierto en Medellín con el trío o del último que ofreció años después como solista en la misma plaza de toros que ya era distinta, igual que él, a esa misma arena del debut que recordó aquí antes de cantar Trátame suavemente cuatro días antes de su accidente cerebro vascular en Venezuela. Podría hablar de los momentos de mi vida en que llegaron sus discos, uno a uno, como epifanías. Podría hablar de la emoción que siempre me trajeron sus imágenes de verdadera estrella glam: ese hombre sin vaguedades conciliado con su femenino sin conflictos es el rock star que Latinoamérica no había visto jamás.
La historia es esta: Charly García y Luis Alberto Spinetta son los padres de (mi) rock en español. Fito quiso ser la reencarnación en vida de Charly, mientras Cerati no quiso repetir a Spinetta pero siendo agua de ese río algo del espíritu de Luis está en sus canciones. Por eso mismo uno de los momentos más significativos en la vida de ambos es el instante en que comparten Bajan como si fuera escrita por los dos. Y en esa canción a la caída de la tarde cabe mi biografía y todo lo que constituye y configura Amor Amarillo que señala una ruta que conduce a la sonrisa.
Gustavo, no sé decirte adiós. No escribo estas líneas para hacer un recuento de tu discografía que es la banda sonora de esta película inspirada en hechos reales que es la vida. Escribo para recordar que el primer artículo que publiqué como practicante en La Hoja de Medellín fue el día después del último concierto de Soda con aquel inmortal Gracias Totales y que me salió un artículo tan extenso y detallado que Héctor Rincón me dijo que él no publicaba tesis y que lo iba a recortar mientras Ana María Cano me señalaba que siempre debía escribir así, con el corazón. Escribo estas líneas Gustavo para recordar ese muro de lote abandonado cerca del almacén Éxito de la calle Colombia en que varios amigos hacían grafitis con fragmentos de letras tuyas para contarse el amor que se tenían —tener un beeper era muy caro y les gustaba esa dosis de peligro— ahí en spray están Magüi, Lucho, Agustín y mi hermano Mauricio. Escribo estas líneas para recordar que uno veía los conciertos con el cuerpo entero  y no a tres metros del escenario a través de la pantalla de un celular, recuerdo cuando cantaste Té para tres en el coliseo Iván de Bedout y nos abrazamos Tato, Caramego y yo como si nos estuvieras mirando esa vez. Escribo estas líneas para recordar que me diste de comer también porque tu música estaba en cada noche, durante años, en que fui disc jockey en variado bar en esta ciudad y porque te visité como periodista y con palabras tuyas me gané un sueldo alguna vez. Escribo estas palabras, Gustavo, porque adentro de una canción tuya es mi cumpleaños, adentro de una canción tuya está mi beso, adentro de una canción tuya hay un paseo un paisaje un paraíso. Escribo porque si cierro los ojos con tu música de fondo vuelvo a vivir la vida que he vivido.
Podría intentar lo obvio y juntar títulos de algunas canciones tuyas para lucir ingenioso y enterado de tu trayectoria a la hora de publicar esta columna unos días después de tu partida pero no creo que eso a esa hora de la vida sea un homenaje justo. Lo justo es más breve, simple y obvio: te digo gracias por tanto, por todo.
Cerati, gracias por venir.
Ya lo decía Felix de Bedout en Twitter al rato de confirmar que tu cuerpo dejó de respirar: “Hace cuatro años ya que Cerati se fue, hoy se transformó en leyenda”. Vuelvo al WhatsApp y miro el mensaje “¿Murió Cerati?” y creo que ante la evidencia tendré que admitir que si. Afortunadamente conozco una fórmula para volverlo a revivir: busco una canción y oprimo justo en el triangulito. Play.

@lluevelove





viernes, 25 de agosto de 2017

TODOS TUS MUERTOS







En Colombia los muertos nos hablan desde el calendario. Mientras algunos buscan el día de su santo en la fecha de su cumpleaños, otros encuentran el aniversario de una tristeza. Semana tras semana podrías conmemorar a una, otra y otra ausencia. Ya son tantos los nombres que se vienen a la cabeza cuando quieres terminar la frase ¿Qué estabas haciendo cuando mataron a...? y entonces aparece la mañana de sábado en que te despertaste con la muerte de Andrés Escobar y la de viernes en que la víctima fue Jaime Garzón o la fatiga en el pecho de la noche en que mataron a Luis Carlos Galán y allí solo cito tres nombres que nadie olvida para empezar a cerrar los ojos con lágrimas que desembocan en la boca del miedo.

No hay violencia buena y violencia mala. Toda es mala. Y está tan muerto el dirigente político en manos del sicario como el futbolista en manos del guardaespaldas del apostador como el ciudadano sin notoriedad pública que salía del cajero y se encontró con la mano del fletero armado. Muerta está la esposa del hombre celoso con sangre en un cuchillo y muertos los hermanos que discutieron el día de la madre dejando a una madre sin hijos. 

¿Si hiciéramos un minuto de silencio por cada asesinato cuántos años estaríamos callados? 

Por estos días vuelven a los titulares de prensa con historias de bandas y bandidos en Medellín y con tinta roja se escriben las listas que enumeran líderes sociales muertos en Colombia. Estos días, digo, parecen calcar páginas de otras fechas.  Y entonces Pedro Valencia Giraldo. Y entonces Héctor Abad Gómez. Y entonces Leonardo Betancur Taborda. Y entonces Luis Felipe Vélez Herrera. Y entonces con ellos decenas de personas en pocos meses de 1987 fueron arrebatados de los suyos en días en que la consigna paramilitar fue "matar la inteligencia" como sentenció Carlos Castaño. Otro nombre que figura muerto aunque no tanto como para que la duda también esté sepultada. 

Las fechas resucitan a los que la violencia nos quitó.
Sucede, al menos por un día, en Colombia.

Si algo ha desaparecido mientras vuelven por aquí noticias de lamentos en barrios y corregimientos bajo el viento del aspa de un helicóptero son los registros de combates por allá, selva adentro y pueblo afuera, de masacres en la plaza de aquel municipio que solo conociste cuando una masacre lo nombró. Porque las lecciones de geografía en Colombia las impartió el dolor. Y esos muertos que sólo son cifras para el que mal los cuenta siguen apareciendo con nombre y biografía como constancia en la conciencia de algunos y en la silla vacía del comedor del hijo que extraña a su padre, o a su hermano, o a su novia, o al amigo con que iban a cambiar juntos el mundo que les tocó.

Todos somos, también, nuestras ausencias.

He conocido a tantas personas por que nos unió alguien que ya no está que no dejo de ver a esos que murieron en los ojos con que me miran los que les han sobrevivido. Y todos los días les quiero un poquito más, sí es posible. Y entonces pienso en Teresita, en Pastora, en Jeihhco. Y entonces pienso en Natalia, en Heneas, en Hector. Y la lista va creciendo, como los días de este calendario habitado por fantasmas.

Ayer, nada más ayer, en un taller con Antanas Mockus el profesor nos pidió escribir un nombre en la parte delgada de una cuchara, con una fecha en que esa persona fue víctima de la guerra y en el canto de la cuchara un sentimiento. Y pensé. Y recordé visitas a cementerios y novenas de difuntos. Y me sorprendí escribiendo mi nombre y las fechas en que yo pude ser ése muerto. Por una amenaza escrita firmada por Castaño alguna vez, por una retención de las FARC que es mejor llamar secuestro en otra ocasión, por un atentado cercano, por las balas del ELN antes de la transmisión de un programa de tv... Allí donde debía escribir un sentimiento garabateé: yo perdono. No menciono nada de esto por valentía o heroísmo, que ahí no hay, sólo lo escribo porque ayer pensé que podría ser mi nombre el que otro pudo escribir en su cuchara. 

Todos tus muertos también son los míos.



@lluevelove

miércoles, 16 de agosto de 2017

NEGRO HIJUEPUTA



El hombre grita, vocifera, deja salir colérico algún madrazo enojado en medio de su limpia argumentación sobre la presión que sienten dos personas cuando son escogidas con malas palabras y peor actitud por la policía para una requisa “al azar” en medio de una calle colmada de gentes que, igual que ellos, van a sus obligaciones al empezar el día. Los detienen porque llevan una “prisa sospechosa” dicen. Carlos Angulo lanza con rabia, con indignación en estado puro, sus pertenencias al suelo para que los policías vean que en la mochila no guarda nada que deba esconder salvo la ropa que ha de sudar en la jornada laboral. Su hermano menor, quieto en la acera, mira con temor a los policías. María Alejandra Pulido, que pasaba por ahí en ese momento, ha grabado toda la escena con su teléfono celular y ha subido el video a internet. El testimonio instantáneo y espontáneo se hace viral. El desahogo en dos tomas de este ebanista inunda las aguas de los navegantes en internet. Se convierte incluso en noticia internacional reseñada por la cadena inglesa BBC “Para el patrón es sospechoso que llegue tarde, pero para ustedes es sospechoso que vaya rápido (…) son las ocho de la mañana, es normal que lleve prisa. Pero mi prisa sí es sospechosa, mientras la de ustedes no lo es porque ustedes son ciudadanos” Y en ese dilema gritado por el señor Angulo a todo transeúnte y a un país entero, más que una frustración, vive una denuncia. 

Una denuncia que son mil voces en la garganta de un ciudadano. 
Porque todos somos justo eso: c-i-u-d-a-d-a-n-o-s.

No es fácil vivir bajo la mirada de la sospecha injustificada. No es fácil vivir bajo las palabras del prejuicio histórico. No es fácil vivir bajo las actitudes del racismo cotidiano. No es fácil vivir bajo la ofensa del comportamiento del que no entiende que tu derecho a respirar es igual que el suyo. 

Ya lo decía tu mamá: lo que jode es el tonito: “¡negro, una requisa!” no es lo mismo que “señor ¿me permite una requisa?” Ya lo decía tu mamá: lo que jode es la mirada: ¿por qué entre todos los que pasan escogen sólo al que no tiene la piel clara? Luego preguntan: ¿existe la discriminación en Colombia? Si, es obvio. El hecho mismo de que exista toda una legislación que propone lo que llaman discriminación positiva, en términos políticamente correctos, pone de relieve la existencia de la otra cara de la misma moneda donde nada es tan correcto.

Aquí hay quienes piensan que decirle a alguien Negro Hijueputa es igual que llamarlo por nombre y apellido. Genéricos del desprecio que fundan familia y por igual nombran a otro como Loca Hijueputa y a aquella como Pobre Hijueputa. Y los llaman así, golpeadito, con aire de suficiencia y superioridad como si eso no hablara peor del que lo pronuncia ese epíteto que del que lo recibe.

Entre nosotros están tan vigentes tantas expresiones que sólo perpetúan las heridas que es imposible no tener presente que aún hay mucho por sanar. ¿Has oído lo de “trabajar como negro para vivir como blanco”? pues bien, yo trabajo como negro para vivir como negro, le digo a un amigo que me responde –sin ánimo de ofender, insiste- “…pero a vos te ha ido bien…” así, con ese pero en la frase que significa que a pesar de ser negro me ha ido bien. Será entonces decir gracias por el favor.

Mi padre fue negro negrísimo, lo recuerdo siempre con su pelo blanco. Mi madre es  blanca, blanquísima, siempre tuvo bien negro el pelo. Tuve una abuela de piel tan pálida y otra abuela de piel tan oscura. Mi papá chocoano, mi mamá antioqueña. Y por la casa de la infancia gente venida de aquí y de allá pasaba entre aromas de fríjoles y pescado. En mi primer día de clases, en kínder, un niño en el salón me dijo “yo no me junto con negros… ¡negro!” yo no entendí por qué me decía eso y llegué luego a casa a preguntar qué era un negro. 

En casa no nos veíamos por colores sino por nombres.

Mi papá me enseñó que muchos me verían negro por fuera pero que no debía olvidar que también soy blanco por dentro. No estoy aquí para negar los dos ríos de los que vengo sino para afirmarme en el mar de esa combinación. Nada es más puro que la mezcla. 

Cuando en aquel video del que les hablo uno de los policías -que nunca le muestra una identificación a Carlos Angulo- lo acusa de acomplejado por reclamar sus derechos ciudadanos pienso en que el verdadero complejo sería guardar silencio y aceptar el abuso por repetido y sistemático como si fuera natural. Hay aquí una ecuación básica y fatídica: prejuicio + poder = racismo. El estado representado en la autoridad uniformada debería mirarnos a todos con ojos de igualdad tal como está escrito en la constitución. Pero no es así.

Recuerdo los escupitajos en la espalda con los que unos chicos me atacaba en el colegio insultándome por negro. Recuerdo a la mamá de una compañera en la universidad que me decía “yo no sé por qué te quiero tanto si sos negro” como si eso fuera un piropo. Recuerdo la voz de una muchacha que aún piensa que no la oí mientras decía “ella tiene un novio negro” refiriéndose a mi novia como con asco en la voz. Recuerdo el final de una tarde en que iba trotando a entrenar voleybol en Bolivariana y esa moto de policía que se cruzó frente a mi mientras me apuntaban con una pistola en la cara y tiraban mi billetera al piso sin permitirme mostrar una  identificación, para gritarme con el arma en mano y el cañón en mi frente: “negro ¿usted por qué está corriendo?”

Pero esos recuerdos no me definen por entero.

Hace tiempo que decidí no fijarme más en las señoras que por reflejo apresuran el paso, aprietan su cartera o se cambian de acera si uno viene caminando atrás.

Debo decirlo en primera persona, como todo lo que he dicho aquí: todos los días me sucede en la calle que los desconocidos me tratan con cariño inmerecido y cordial cuando me recuerdan por el trabajo que he hecho en público durante años. Y el efecto de ese afecto es impulso y motor que devuelve la fe que se pierde de tanto en tanto.

Caterine Ibargüen, diosa de ébano, la atleta más importante nacida en Colombia, levanta con sus brazos en cada triunfo suyo una bandera. Y en esa sonrisa blanca en su cara negra cabe entero un país. De todos los colores.
  
@lluevelove


La mañana que vivió Carlos Angulo


 texto publicado originalmente en septiembre de 2015

ALGUNOS DISCOS QUE ME GUSTARON ESTE AÑO

Joaquín Sabina publicó un testamentario disco que asusta porque ruegas de inmediato que no resulte premonitorio. Hace el balance que ...