lunes, 19 de junio de 2017


By: Juan Mosquera Restrepo
Translation: Talia Sawers

She is five months old and wakes up at night looking for her mother. She is five months old and in the middle of the afternoon cries in despair because she needs her mother's embrace. She is five months old and in the mornings she misses her mother. Who answers? A grandmother who can only say "she is not here" when the truth is that they snatched the baby and they’re hiding her—so similar to the word kidnapping. She is in a strange country. The baby is called Emma, the mother Nathalie and this drama has names—Charles Lincoln Abott III and Melanie, Emma's father and paternal grandmother, have moved the baby away and are holding her with false accusations against Nathalie with the sole intention of taking away her custody.

They want to steal her daughter from her.

Little Emma is five months old today. Emma was born in Medellín on January 19 of this year at El Prado Clinic. She is Colombian. Although her father is an American, they haven’t yet gone through the procedures for obtaining US citizenship and it may take another six months to obtain it. With that status, Charles and Melanie aim to make it impossible for Nathalie to get Emma back—to have the justice of their own country on their side and to exhaust the mother in her temporary immigrant status.

Nathalie Milfort Blandón is Colombian and an historian. She worked at the Ministry of Culture.

Charles Lincoln Abott III is American and a lawyer. His work involves constant travel.

Nathalie and Charles were dating. Then she became pregnant. Upon receiving the news, Charles reacted by telling her that she could have an abortion, that he was not sure if he wanted to be a father. She continued ahead—she did want to be a mother. Five months into the pregnancy they got married in the United States, then travelled to Colombia, repeated the ceremony and then she gave birth to Emma. The Milfort family have been fundamental company every day that Nathalie has been everything a mother can be to her daughter. The love of grandparents and uncles has been a constant hug for Emma.

On April 15, they travelled to Washington with a provisional passport for the baby. The husband promised stability and protection. She believed the promise. Living there became an unexpected isolation—Charles’s repeated absence, only one friend in the city, basic level English and a mother-in-law convincing her that her sadness was postnatal depression, all ended up boycotting more than the atmosphere. At the same time small gestures began to happen that only with the distance of the consequences took shape as if they had a plan in advance. Melanie took to her house, bit by bit, many belongings of the girl and copied exactly—like in an Alfred Hitchcock film— Emma's room with identical furniture in the identical place and duplicate decor. Charles's mood changed and he started looking for fights where there were none. Everything blew up when Nathalie said she wanted to return to Colombia for a while to tie up work issues and breathe an affectionate air before returning to face the American way of life again.

Emma and Nathalie

There were two episodes clearly manipulated by the father who, locked in his room, called the police to report that his wife wanted to kill him and his daughter. The police went to his house and there was no hint of aggression in Nathalie and soon understood that there was no danger. But they left each time with the legal explanation of the lawyer and with an insufficient version in an English that she barely masters. So Charles was creating the precedent to call on later. In a shaking meeting that Nathalie’s family asked for via Skype from Colombia, the arrival of the police happened before the very eyes of her helpless siblings, and they saw from their computer’s camera, Emma being taken away. Supposedly Nathalie, an unstable woman according to her husband, could attack his daughter. So her father and grandmother took her and for more than two weeks they did not let Nathalie even see Emma…much less feed or caress her, surely.

Emma's passport disappeared from the house. Charles took it without warning, and is now in possession of it.

The voice of the Colombian embassy in Washington has simply recommended that she gets a lawyer and acts quickly while the only nationality of the baby is Colombian—difficult for Nathalie who must look for a way to support herself now that Charles is soon to be her ex-husband. She is legally prohibited from working and the private costs of legal advice are sky-high. One hour? Hundreds of dollars…and pain. Her family has decided to publicise the case in search of the solidarity of public opinion, a closer and more effective company of the diplomatic corps to recover Emma—don’t forget, a five-month-old Colombian girl who is still held by the American father—and make visible a situation that has happened before against Colombian women and their children in foreign countries by couples—like this one—who abuse the fact that they are away from their home.

I write this because I know close up what I tell here. All these words have documents that support them, witnesses that back them up and because it is a truth that appeals for justice.

Emma is entitled to her mother.
Nathalie has a right to her daughter.
The voice of many can help stop this injustice and be a real circle of friends for them both. Nathalie and Emma deserve, need, to be together again.



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A way to support:

Emma and Nathalie Campaign:

domingo, 18 de junio de 2017


Don Luis y Doña Amparo, el papá y la mamá.

Había que verte correr los cien metros lisos. Corrías como si quisieras dejar atrás todo lo que duele del pasado. Los años de la pobreza y las tristezas, los días de ausencias y escasez. Corrías con tanto empeño en ello que fuiste record nacional, el más veloz del país. Corrías con el talento propio de aquellos que quieren aprender a volar para perder contacto con su propia sombra. Pero la sombra, al final, siempre te alcanza.

Corriste a irte pronto.

Tal vez era más fácil decirte Don Luis que decir papá –o Pá- la razón estuvo en algún nervio del afecto que tuvimos atrofiado por ahí. Seguro que en los abrazos que fácilmente doy a otros está un poco el deseo de que los abrazos con vos no hubieran sido tan difíciles. No diré que estaban prohibidos, sólo que pudieron ser más.

También es cierto que pude ir a despedirme de vos y no lo hice.
No creí que ese viernes de mayo que empezó en la universidad donde nos enseñaste la dignidad, el orgullo y el valor de ser el profesor que fuiste siguiera luego en una clínica y terminara el sábado temprano en funeraria. Fue muy rápido. Como todo lo que sucede sin anuncio. La vida es temporal, la partida es fugaz y la muerte, permanente.

Hoy vengo a decirte lo que nunca te dije.   

Si leí todos los libros que pude prestar en la biblioteca en primaria fue para tener excusas para hablar con vos. Casi siempre funcionó. Y me quedó el hábito de leer que agradezco como un legado. Siempre me gustó verte devorar diccionarios con el interés de quien lee una novela de misterio. No heredé tu ingeniería pero sí, en algo, el ingenio. Creo que cualquiera de tus hijos mira fútbol en la tv y escucha de vez en cuando el eco de tu voz en el próximo grito de gol. Hay quien te llora bailando mientras escucha canciones de salsa y mi mamá dice tu nombre en voz alta a diario, por el motivo que sea, como pidiendo ayuda. Una ayuda que no llega.

Me habría gustado conocer el Chocó con vos. He ido algunas veces después de tu muerte a esa tierra de ríos, selva y lluvia a la que no regresaste -salvo para enterrar a tu madre- y vi con mis ojos todo lo que no querías mirar para no convertirte en estatua de sal. Allí supe de un montón de gentes que conocieron al niño que fuiste y que hablan de vos, el adulto que nunca vieron y que fue el que me tocó a mí, diciendo que vos, Luisito, lograste hacer realidad lo que para muchos se queda en intento. El sueño americano de cualquiera que nazca en La Vuelta, en el municipio de Lloró, sigue siendo llegar a Medellín y hacerse profesional para ser otro distinto al que señalaba el primer pronóstico del destino.

Vos lo hiciste.
Y allá todavía te aplauden por eso.

La memoria es selectiva y caprichosa, trabaja en random. Con el tiempo uno no se acuerda de lo que quiere sino de lo que puede. En la misma esquina en que están los recuerdos de infancia en fin de semana yendo con mis hermanos al estadio de fútbol con vos, corriendo atrás tuyo como paticos en fila porque caminabas muy rápido, están las imágenes de la calle vacía en la madrugada que se mira desde una ventana en la que el niño que fui todavía pregunta a ese mismo vacío que si ya viene el taxi, que si ya vas a llegar, que dónde queda la palabra Bar.

Era fácil estar contento si estabas. 
También era fácil estar triste si estabas ahí.

Nunca entenderé por qué corrías tanto, esa pregunta me faltó ¿de qué huías? A veces creo que incluso de nosotros, de tu familia, deseabas escapar. Me gustaría que estuvieras aquí para decirme “¡no, cómo se te ocurre!” y que luego me dieras un abrazo, nada más. Y que luego te volvieras a morir en paz. Pero siempre llevabas prisa, aunque nunca corriste al sentir un temblor de tierra. Con razón la muerte te sorprendió caminando.

Te digo que algunos espejos que nos reflejan sólo sirven para romperlos. Es por eso que todavía hoy no tomo licor, porque no quiero ver en mí lo que vimos en vos. Te digo que en algunas fotos mías no veo mi cara sino la tuya, por eso mismo no esperes que venga pronto el olvido. Te digo que todos somos, también, nuestras ausencias.

Vengo de un país con muchas despedidas pendientes. Donde tanta gente se va de súbito, arrebatada, donde quedan muchas cosas por decir. Lo tuyo aunque natural fue intempestivo y por eso a ese punto final le quedaron además dos puntos suspensivos. Tal vez si hubiera ido aquel viernes de mayo al hospital habría podido decirte algo y tal vez no me hubieras escuchado o tal vez sí o tal vez la anestesia o tal vez el dolor de cinco aneurismas a la vez o tal vez son demasiados tal vez juntos como para sumar una certeza que nunca voy a tener.

Nunca te dije, despacio y al oído, que te odio.
Nunca te dije, despacio y al oído, que te quiero.

Nunca te dije, papá, que hay días en que te extraño tanto.


* publicado originalmente el 29 de marzo de 2015.

jueves, 15 de junio de 2017


Tiene cinco meses y despierta en la noche buscando a su madre. Tiene cinco meses y en mitad de la tarde llora desconsolada porque necesita el abrazo de su madre. Tiene cinco meses y en las mañanas extraña a su madre ¿Quién contesta? una abuela que sólo puede decir "she is not here" cuando la verdad es que a la bebé la arrebataron y la esconden. Tan parecido a la palabra secuestro. Ella está en un país extraño. La bebé se llama Emma, la madre Nathalie y este drama tiene nombres y apellidos: Charles Lincoln Abott III y Melanie, padre y abuela paterna de Emma, han separado a la bebé y la retienen con falsas acusaciones contra Nathalie con la única intención de quitarle la custodia.

Quieren robarle a su hija. 

La pequeña Emma hoy tiene cinco meses.

Emma nació en Medellín el 19 de enero de este año en la Clínica El Prado. Es colombiana. Aunque su padre es estadounidense aún no se han hecho los trámites para acceder a la nacionalidad norteamericana y obtenerla puede tardar seis meses más. A ese estatus aspiran Charles y Melanie para hacer imposible que Nathalie recupere a Emma: tener de su lado a la justicia de ese país y agotar a la madre en su condición de inmigrante provisional.

Nathalie Milfort Blandón es colombiana, historiadora, trabajó en el Ministerio de Cultura.
Charles Lincoln Abott III es estadounidense, abogado, su trabajo implica viajes constantes.


Nathalie y Charles fueron novios. Luego vino un embarazo, al recibir la noticia Charles reaccionó diciéndole a ella que podía abortar, que él no estaba seguro si quería ser padre. Ella siguió adelante; sí quería ser madre. Al quinto mes de gestación se casaron en Estados Unidos, viajaron a Colombia, repitieron el rito y dieron a luz a Emma. La familia Milfort ha sido compañía fundamental cada día en que Nathalie ha sido todo lo que una madre puede ser para su hija. Amor de abuelos y tíos ha sido abrazo constante para Emma.

El 15 de abril viajaron a Washington con pasaporte provisional para la bebé. El esposo prometió estabilidad y protección, ella creyó la promesa. Vivir ahí se convirtió en un aislamiento insospechado: la ausencia reiterada de Charles, sólo una amiga en la ciudad, el inglés en nivel básico y una suegra convenciéndola de que su tristeza era depresión post parto terminaron por boicotear algo más que el ambiente a la par que empezaron a suceder pequeños gestos que solo con la distancia de las consecuencias toma forma como si un plan tuvieran con antelación: Melanie se llevó a su casa, de a poco, muchas pertenencias de la niña y copió fielmente -como en una película de Alfred Hitchcock- la habitación de Emma con idénticos muebles en idéntico lugar y decoración duplicada. El humor de Charles cambió y empezó a buscar peleas donde no había. Todo detonó cuando Nathalie dijo que quería volver a Colombia por un tiempo a cerrar asuntos laborales y respirar un aire afectuoso antes de volver a encarar el american way of life. 

Sucedieron dos episodios claramente manipulados por el padre que, encerrado en su cuarto, llamaba a la policía a denunciar que su esposa quería matarlos a él y a su hija. La policía iba a su casa y no había asomo de agresividad en Nathalie y pronto entendían que no había peligro. Pero se fueron cada vez con la explicación legal del abogado y con una insuficiente versión en el inglés que ella mal domina. Así Charles fue creando el precedente para exigir luego, en una desconcertante reunión que pidió la familia de Nathalie vía skype desde Colombia, la entrada de la policía que llegó ante los ojos de sus hermanos impotentes ante lo que veían por la cámara del computador como se llevaban a Emma. Supuestamente Nathalie, mujer inestable según su esposo, podía atentar contra su hija. Así se la llevaron padre y abuela y durante más de dos semanas no permitieron que Nathalie pudiera siquiera ver a Emma. Mucho menos alimentarla o acariciarla, por supuesto.

El pasaporte de Emma desapareció de casa. Charles se lo llevó sin aviso. Y lo tiene retenido. 

Una imagen por revivir.
La voz de la embajada colombiana en Washington se ha limitado a recomendarle que consiga un abogado y que actúe con celeridad mientas la única nacionalidad de la bebé sea la nuestra. Difícil para Nathalie que debe buscar como sostenerse ahora que Charles va vía a ser ex esposo, ella está impedida legalmente para trabajar y los costes privados de asesoría legal son altísimos. ¿Una hora? cientos de dólares. Y de dolores. Su familia ha decidido hacer público el caso en búsqueda de solidaridad de la opinión pública, de una compañía más cercana y efectiva del cuerpo diplomático para recuperar a Emma -no olvidar: niña colombiana de cinco meses que permanece retenida por el padre norteamericano- y hacer visible una situación que ha sucedido antes en contra de mujeres colombianas y sus hijos en países ajenos por parte de parejas -como esta- que abusan del hecho de saberlas lejos de casa.

Escribo esto porque conozco de cerca lo que aquí cuento. Todas estas palabras tienen documentos que las sustentan, testigos que las respaldan y porque es una verdad que reclama justicia.

Emma tiene derecho a su mamá.
Nathalie tiene derecho a su hija.
La voz de muchos puede ayudar a detener esta injusticia y ser compañía real para ambas.
Nathalie y Emma merecen, necesitan, estar juntas de nuevo. 

Juan Mosquera Restrepo

Ayudemos a que esta sonrisa regrese a casa.


Red de apoyo:
Aquí puede aportar en la campaña de fondos para gastos legales:

Campaña Ayudemos a reunir a Emma y Nathalie de nuevo:

Contacto en Colombia:
Max Milfort 3006105795 /

miércoles, 24 de mayo de 2017


La casa en que creciste ya no está y con ella se fue tu infancia, lo sabes cuando pasas frente a la fachada que ya es otra, por una calle mucho más angosta que el recuerdo que tenías de ese lugar. Pasa luego lo mismo con los bares, donde el joven que fuiste no está y el bar tampoco. Salvo Berlin 1930, que es inextinguible, cualquier otro lugar que sentí mío alguna vez ya no está. Y si digo mío hablo de la música que escuché y los abrazos que conocían mi nombre. Trabajé en bares -mesero, barman, dj- a los que también me gustaba ir en las noches libres. Y fui a otros más en los que no trabajé y en todos ellos tomé jugo, limonada, café o gaseosa. Así eran las noches mías. El último lugar en que me sentí como les cuento fue en la Galería 10 -36, hace años no está, ahora es un parqueadero. Me detuve a verlo esta noche. Me sentí un poco como una canción que ya nadie escucha.

jueves, 18 de mayo de 2017


Cada minuto pasa lento.
Las horas son definición exacta de eternidad.
El día puede ser brillante y caluroso afuera, pero adentro la noche y el frío no terminan. El tiempo no es un efecto fugaz. De repente, todo reloj se detiene. Stop. Un estallido. Un crujido. Una convulsión. Luego nada. Luego todo.

No es tan simple y contradictorio como decir: es el suicidio de un comediante, cuando te mencionan a Robin Williams. No es la muerte sorpresiva de Garrik. Es el final de un hombre talentoso que muere de honda tristeza, es la puerta abierta que da al abismo, es esa oscuridad que abraza y encierra como un dolor que no termina. Es la depresión profunda.

La mirada de los otros puede ser pesada como un juicio. Las palabras que se dicen luego de enterarse de un suicidio siempre son un pesquisa que busca descubrir qué estaba roto en una superficie aparentemente lisa y sin fricciones. Todos los prejuicios asoman si el suicida era alguien que “lo tenía todo” es decir; un nombre conocido. Asumes que no tiene urgencias económicas, que era exitoso en su profesión, que gozaba con el reconocimiento social, que lo que había en su vida era sólido, que si se desvanece en el aire es porque llevaba una vida secreta que lo torturaba moralmente, que se lo llevaron sus adicciones, que la única paz para su conciencia era huir… Pero no. No es una receta tan sencilla la que resume una realidad tan compleja. Si la persona es “del común” el prejuicio que asoma se llama “problemas familiares” y entonces los que sobreviven al suicida son auscultados como si fueran culpables de homicidio. Pero no, no es una receta tan sencilla la que resume una realidad tan compleja.
Buscan una razón ante lo que juzgan irracional, de la misma forma en que la iglesia católica no les concedía suelo sagrado a los suicidas para ser enterrados y sentenciaba que estaban condenados a no llegar nunca al cielo aunque hubieran sido santos antes de interrumpir su vida. Ánimas en pena.
El suicidio, entre nosotros, avergüenza y se esconde. El suicidio, entre nosotros, no se nombra por temor al señalamiento. El suicidio, entre nosotros, es un escándalo que prefieren ocultar con versiones distintas que hacen que una familia construya una mentira torpe para ocultar una verdad que siempre será una herida abierta sino se acepta.
No, no juzgo al suicida.
El apellido de Suicidio no es Cobardía.
Es Ausencia.

En Colombia el suicidio es la cuarta causa de muerte violenta. En promedio cada dos días se registran nueve suicidios. En 2013 fueron 1.685 los suicidios que cuenta el Instituto de Medicina Legal. Antioquia es el lugar que más suicidios suma en el país, le siguen Bogotá y el Valle del Cauca. En 2012 los suicidas en el país fueron 1.901 personas. Ocho de cada diez suicidas es hombre. Y podría seguir con los números y estadísticas frías como la muerte pero creo conveniente, en este punto, recordar que atrás de cada cifra se cuenta una biografía, la historia de alguien que alguna vez soñó y tuvo esperanzas, el retrato de una persona que conoció la sonrisa.
La salud mental en Colombia es asignatura pendiente, hablar sobre esto es una conversación necesaria. Este silencio nos cuesta vidas.
Yo no juzgo al suicida. 
El próximo puede estar leyendo estas líneas. Puedes ser tu.
Puedo ser yo.

Sucede un día, al final de una agonía que llevas adentro dormida y que despierta por instantes —que estuvo contigo por años, aunque algunos piensen que fue por días—que entre todos los colores que viste, que viviste, te quedas con el gris. Tu habitación se encoge, se achica, la respiración te falta y sientes que llevas un animal en el pecho, el ataque de ansiedad te acompaña y en cada sombra encuentras una culpa, el miedo tiene mil formas de hablarte, sientes que no puedes redimirte, la pasión ya se ha ido y como ciertas comidas sin sal nada te sabe a nada, eres la hija de la lágrima, el cielo puede estar despejado pero lo tuyo es la tormenta, das la vida —literalmente— por un poco de calma.
La vida es un plano secuencia.
El director respira, por última vez, antes del fade a negro.



texto escrito en agosto de 2014

martes, 2 de mayo de 2017


Por: Juan Mosquera Restrepo

El 26 de abril de 1937 se ocupó de marcar con sangre el nombre de un pueblo que no estaba en labios de nadie fuera de España: Guernica ahora está tatuado en la historia reciente de la humanidad. El bombardeo con sus explosiones hizo lo posible por desaparecer la población, Picasso con su pintura hizo lo posible para mantenerla en pie. Así el horror, así la resistencia, así la memoria. El Guernica.

Ochenta años.
Ochenta años que se han conmemorado celebrando la pintura y repudiando el bombardeo.

El 2 de mayo de 2002 un bombardeo también, usando cilindros de gas como bombas, y una lluvia de balas de varios días puso a Bojayá en nuestro mapa, porque en Colombia aprendemos geografía a partir de las tragedias. Un templo en ruinas, 79 muertos que minutos antes, vivos, buscaron refugio bajo un Cristo que luego, igual que ellos, volaría destrozado en pedazos. Y decenas de muertos más afuera de la iglesia en esos días. Y miles de personas más desplazadas, desarraigadas, arrancadas de su tierra. Sin casa ni pueblo ni donde volver.

Son quince años.
Son quince años ya. Y me pregunto dónde está esa canción que todos conocen y que nos estremece con el recuerdo de ese llanto, dónde puedo visitar la pintura que nadie olvida y nos atraviesa con trazos que son metáfora de la sangre que no debió derramarse nunca... No sé. No las conozco. Mea Culpa. Busco esa obra con la que el arte nos grita en la cara Bojayá como una madre llamando por su nombre a su hija muerta... y todos los pensamientos me llevan a Jesús Abad Colorado, a esa imagen suya en las ruinas todavía humeantes mientras las lágrimas no se han secado aún en las mejillas de los huérfanos, de las viudas, de los deudos. Y me detengo aquí y pienso en voz alta: este es nuestro Guernica.

Jesús Abad Colorado fotografió en mayo de 2002 las ruinas de la iglesia San Pablo Apóstol de Bellavista, Bojayá

El horror tiene nombre y apellido. 
Si hay víctimas hay verdugos. 
Y aquí todos metieron mano en el mismo fuego.
Guerrilla, paramilitares, militares e indiferencia.
A nadie importó el grito.
A nadie despertó el silencio.
Un país bañando sus culpas
en la sangre de un río de sangre 
que desemboca en la boca de sangre
de un mar
que busca un océano de olvido
que no olvida.
El horror tiene nombre y apellido. 

nuestros muertos, nuestras víctimas:


Fotografía: Jesús Abad Colorado, Mirar de la vida profunda / Página 61
Cuadros: Centro Nacional de Memoria Histórica, Bojayá La guerra sin límites  / Páginas 125 -135

Comité Víctimas de Bojayá:
Informe Memoria Histórica:

sábado, 18 de marzo de 2017


UNO Interior noche / Sala de cine
Margarita García fue secuestrada por el primo de su cuñado. Raptada a ojos de tantos y con complicidad de varios cercanos a la familia. Margarita es violada, no sólo físicamente sino ultrajada emocionalmente de manera constante. Tan constante que suma siete años de abusos a ojos de todos en el barrio que, aún sabiendo qué pasa, no hacen nada. Les da miedo –o lo que sea- encontrarse con la reacción de El Animal. Sí, porque así le llaman al criminal autor de esta y mil atrocidades más. Ella, La mujer del animal, nos cuenta su historia a través de los ojos de Víctor Gaviria. Es un caso real sucedido en 1975 en la zona nororiental de Medellín cuando a muchos de esos barrios de allí aún les faltaba mucho para llamarse barrio y eran barro y madera y cartón y escaleras y promesas incumplidas.

La película no es violenta, digo, es tensa. Muy tensa. La violenta es la realidad. El director no se regodea en escenas que podrían fascinar a los Tarantinos de hoy. Gaviria es poeta y en esta película se hace muy visible esa cualidad suya. Claro, verla duele, pero duele más no mirarla, darle la espalda a una realidad que no conoce estrato y que se multiplica ante el silencio cómplice de una sociedad acostumbrada a ponerse lentes de callar ojos.

Tito Alexander Gómez es un actor feroz como su papel. De movimientos felinos en las primeras escenas y de mirada brutal tras las rendijas. Te asfixia con su presencia al entrar a cuadro. Cuesta creer que antes de este rodaje era conductor de bus para una flota en Rionegro, eso te hace pensar en el talento que tiene Víctor Gaviria para escoger y guiar a sus actores naturales. Que lo diga Ramiro Meneses. Natalia Polo carga en su piel el peso de las humillaciones y vejaciones que recibió Margarita, protagonizar esta película no debió ser fácil; ella es el temor en persona y el miedo vestido en harapos.

Pensar que esta película se hizo en un lugar que está a 40 minutos del centro de Medellín y que ilustra perfectamente sin maquillaje lo que sucedía 40 años atrás habla también de las décadas de atraso que viven muchos en este valle a esta hora. Atraso como sinónimo de inequidad.

Consistencia. Esa palabra define el camino que hemos visto en el cine de Víctor Gaviria. Un hilo sensible une los cuatro largometrajes que nos ha presentado en más de treinta años de ejercer su oficio. Y menciono que son cuatro porque entre una y otra película parece que hubiera rodado algunas más porque tanto así crece cinta tras cinta. Un hombre empeñado en ayudarnos a entender los rincones más oscuros del alma de esta ciudad, de este país.

Dos motivos tuvo Gaviria para escribir y dirigir La mujer del animal, el primero fue darle la palabra a Margarita quien le decía: “en esos siete años, Víctor, nadie me ayudó, todo el mundo sabia lo que me pasaba y nadie me ayudó” y el segundo motivo está al final de esa misma frase , mostrar el brutal proceso de normalización de los testigos que no hacen nada para salvarla del infierno. Esa naturalización de la violencia es, quizás, lo más violento que nos cuenta la película. 

Ése es el golpe que aturde más fuerte.

Y te lo llevas contigo cuando se enciende las luces.

DOS Exterior día. Cualquier día. Cualquier exterior.
El cine antioqueño ha visto recientemente cuatro estrenos que llevan el color local a las pantallas de circuito comercial. Los Nadie, Jericó: el infinito vuelo de los días, Eso que llaman amor y La mujer del animal. Luego de conversar con productores de estos títulos puedes decir que, combinados las cuatro cintas, estás hablando de algo más de cinco mil millones de pesos invertidos en contar esas historias. El cine es un negocio además de ser arte, está claro, y cuando sumas las taquillas de las cuatro no llegas a cien mil espectadores. Difícil pensar que el retorno económico esté representado en esa boletería, salvo la aplaudida Los Nadie que puede ser la más económica entre las producciones nombradas y por eso mismo alcanzar un punto de equilibrio a partir de la taquilla.

Lejos, muy lejos, de esta perspectiva compleja están El Paseo y otras películas livianas. Y eso no está mal; de hecho por la ley del cine los aciertos taquilleros de fin de año impulsan los estímulos económicos que reciben proyectos de otra naturaleza.

La mujer del animal pasó de estrenarse en más de cuarenta salas de cine a proyectarse sólo en siete pantallas en una semana. Desde los primeros minutos es fácil entender que estamos ante una película de culto, pero ¿quién dijo que los cultos tienen pocos feligreses? recuerde usted que el cristianismo es un culto con dos mil trescientos millones de personas y el Islam cuenta mil trescientos cincuenta mil fieles. Ser "de culto" habla de la trascendencia de la obra, un remedio contra la fugacidad de los tiempos que corren. El abrazo de la serpiente sólo tuvo su segunda oportunidad sobre esta tierra con la nominación a los premios Oscar, antes de esa noticia el grueso del público decía que era una hermosa película que no habían visto. Y ahí fue cuando los miles de espectadores se convirtieron en cientos de miles.

Dirán que la gente no quiere ver en cine lo que se encuentra en el noticiero y puede tener eso un grano de razón aunque no es un argumento incontrovertible. A mí me suena más como a una excusa fabricada por los mismos que dicen "eso es lo que hay que darle a la gente" y así no variar nunca el menú, porque enseñar a pensar siempre es peligroso. Por supuesto que vamos a cine a entretenernos, pero no es sólo una máquina de evasión. también vamos para sentir ¿Formación de públicos? no, no es necesario: hoy tienen criterio para escoger una buena película y mañana tienen criterio para votar por un buen candidato. Mejor deje así. 

Que una película colombiana -distinta a las comedias conocidas- estrene en cuarenta salas es un gran logro, pero es lo cotidiano para una cinta de hollywood de las que llega cada quince días es que se proyecte en 350 teatros en su debut. Con esas proporciones entenderán ustedes las diferencias en muchos números.

TRES Interior día. Un buen día.
Víctor Gaviria ya piensa en su quinta película. Se titula Sosiego. Es la historia de una mamá que piensa “mi vida es un fracaso” porque sus hijos no han llegado a ser y hacer todo lo que ellos hubieran podido y ella hubiera querido. Lo cotidiano en primer plano. 

Ojalá no pase una década como esta vez para que esta historia sea estrenada. Ojalá no sea tan largo el silencio obligado del director que sabe interpretar la membrana íntima de nuestra sociedad y que la expone bajo el reflector sin temor a incomodar. Ojalá su poesía tenga ocasión de contarnos tantas historias más, porque el cine de Víctor Gaviria es sensible y necesario.



By: Juan Mosquera Restrepo Translation: Talia Sawers She is five months old and wakes up at night looking for her mother. She is five...