lunes, 12 de noviembre de 2012

DICEN MASACRE. DESPUÉS DIRÁN OLVIDO. DIRÉ COLOMBIA

La vida es sagrada, nos dijeron. Lo que no contaron es que esta tierra es profana. No hay dios que te consuele en esta pena. En Santa Rosa de Osos bajo el frío y la niebla estalla una granada, once heridos al principio, luego -sin ninguna gracia- tiros de gracia, diez muertos al final. Diez campesinos, cultivadores de tomates de árbol, a los que les cobraron con su vida una extorsión económica que el dueño de la tierra no pagó en la vereda Aguaditas, en el corregimiento de San Isidro. Ah, dos niñas -escondidas- sobrevivieron sin un rasguño pero con heridas profundas que difícilmente sabrán cicatrizar.

Un río de sangre desembocando en el mar de la impunidad. Una vez más.

"Esto es el infierno, Gobernador", dijo Santiago Londoño, secretario de Gobierno de Antioquia, a Sergio Fajardo al llegar al lugar de la matanza. Un infierno que se ha quedado a vivir en la historia de este suelo que llamamos patria.

¿Cuánta geografía hemos aprendido de dolor en dolor? En Ciénaga, Magdalena, era 1928 cuando una herida abierta -"La Masacre de Las Bananeras"- trazó un hilo rojo que une este lugar con La Rochela, Mapiripán, Segovia, Ituango, Gabarra y Tibú, El Salado, Pueblo Bello, Machuca, Bojayá... y la lista triste sigue y amenaza con no tener punto final.

Al otro lado del teléfono mi amigo Enrique dice: "respiro con miedo". Tiene razón: no es aire, es temor. Nuestro diccionario de horrores ya es enciclopedia. Porque siempre hay quien escriba algunas líneas más con nombres de inocentes que corrieron con la pésima suerte de estar en mal momento en mal lugar aunque ese sitio sea la tierra que les dió vida y también de comer. Donde sus hijos conocieron las primeras alegrías y tuvieron sueños que ya no serán realidad.

Una masacre en Santa Rosa de Osos es (sólo) otra matanza en Colombia. Es el titular de portada de los medios de provincia pero la noticia pequeñita en páginas interiores en los periódicos de capital. Y detrás de esta tristeza en letras rojas el país sabe que hay historias de guerreros de campo y de criminales detrás de escritorios de oficina, de asesinos a sueldo y de alguien que paga ese salario. Se ha sabido de episodios en que la mano que dispara obedece a un brazo que apunta cómodo desde un sillón de cuero y tiene corbata y cuello blanco.

A los diez los enterraron en madera un día. El pueblo salió a caminar el día siguiente su protesta vestida de blanco. Hoy los siguen llorando aunque cada vez escuchen menos su llanto. La vida es sagrada, nos dijeron. Lo que no contaron es que esta tierra es profana.

Dicen Masacre. Después dirán Olvido. Diré Colombia.


Foto: Luis Benavides / AP


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