domingo, 25 de noviembre de 2012

ENCONTRANDO BALAS PERDIDAS

Distinto preguntar cuánto cuesta una bala a contestar cuánto vale una vida. La matemática de los asombros que hacen posible que la genética produzca una sonrisa que crece en forma de niño que luego es joven y que merece morir de viejo no debería truncarse por el azar de la estadística que convierte un nombre, una biografía, en una cifra que sube o baja como una tendencia que apenas se estudia en lugar de verse como la tragedia que es. 

No, no son balas perdidas. Son balas encontradas. Y es el peor encuentro.

En 2010 fueron 472 las personas heridas por estas balas venidas de cualquier lugar, murieron 126. En 2011 hubo más de un muerto semanal en Colombia por esta causa. Más de 60 personas encontraron la muerte por balas perdidas. En la primera década de este siglo que vivimos al menos 700 colombianos murieron por disparos que desde lo oscuro terminaron con sus días, según confirman los estudios del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) Las cifras, frías y ciertas, dicen que el número más alto de estas víctimas son menores de edad.

Las balas perdidas te pueden encontrar mientras tomas un café saliendo de tu cocina o cuando hablas por teléfono en la ventana de tu casa o mirando la luna en la terraza o en el recreo en el colegio o llamando por el teléfono público de la esquina o caminando de regreso a casa o de salida al trabajo en el carro o en el bus o donde menos lo pienses porque llegan en el lugar menos pensado. No importa dónde estés ellas te encuentran. Y no falta la exclamación del prejuicio que bajo sospecha dirá "¿quién sabe que estaba haciendo?" y yo le repondo a la injusticia de ese atrevimiento: estaba respirando. Eso es suficiente.

La semana pasada Karen caminaba por la calle de la mano de su pequeño hijo. La misma mano que jamás volverá a tocar camino a la tienda. Fue en comuna 13. Fue una muerte más. Pero no creas que estas balas sólo buscan pobres. El primer artículo que escribí en La Hoja de Medellín -años ha- fue sobre un hombre que estaba en el velódromo y mientras el pistoletazo daba la salida a los ciclistas, el moría en la tribuna herido de bala. La bala no fue del juez, claro. Pero nunca se supo de dónde cayó ese proyectil del cielo. El luto aquel día fue en el barrio Conquistadores. Tampoco se sabrá quién disparó a Luz Sirley Restrepo mientras estaba en su balcón en el barrio Miramar y el enfrentamiento entre la policía y una banda criminal que sucedía aunas cuadras de su casa hirió a su madre y la mató a ella empezando este noviembre. ¿Quién encontrará y en dónde una de estas balas esta semana? 

Las balas perdidas no tienen trazada en su mira un estrato. Atacan en cualquier lugar.

La bala puede venir de un disparo al aire (aquí los hay, muchos), de una confrontación (aquí las hay, muchas), de un "error en un objetivo" (aquí sucede, mucho), de un arma malusada accidentalmente (aquí pasa, mucho). Las balas perdidas son anónimas como sus víctimas. A veces, sólo a veces, interesan al periódico o al noticiero pero nunca resuenan estas muertes más fuerte que un gol de Falcao en televisión. Es así: un gatillo, ningún remordimiento, un nombre que no conoce, un rojo punto final.

Las balas perdidas siempre son culpables. Mañana buscarán a otro inocente.

(Fotografía: Jesús Abad Colorado)

















3 comentarios:

  1. Justo acabo de leer 'La peste', de Camus, y la pregunta que cruza gran parte del libro se me aparece de nuevo con tu escrito: ¿Hasta cuándo? La amenaza de la muerte es la misma para todos. En Medellín nadie está inmune, vos lo mostrás bien: nos puede llegar la muerte en un semáforo, en un balcón, en un bus, en una cancha. En la novela de Camus todos pueden contraer la peste, mueren cientos cada día, y el narrador nos relata los esfuerzos de un grupo de personajes por evitar que la enfermedad siga expandiéndose y llevándose seres humanos. No es opción esconderse en casa: si todos estamos amenazados, todos debemos hacer algo, luchar contra la muerte, aunque al final sea en vano. Tus escritos, por lo menos los que he leído, tienen ese compromiso indiscutible con cada vida, con la vida concreta, y por eso los celebro, y me uno a ellos, y digo aquí estoy: un enemigo de la muerte.

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    1. Gracias Jorge por tus palabras. Gracias por insistir en estod e darle algún sentido a estar vivo. Vivir es algo más que respirar.

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  2. Las balas no matan. Matan la ignorancia, mata la imprudencia, mata la locura de quien carga un arma. No tiene que apuntar, solo disparar. No tiene que tener razón. Solo pólvora portátil. Matones que juegan a la ruleta rusa con el prójimo inocente. Deben llevar una lista de desconocidos en su cuenta de balas que sembraron muerte. Ni siquiera el rostro del dolor lo conocen. Las balas deberían ser bumeranes "boomerangs".

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