jueves, 27 de diciembre de 2012

EL FIN DEL MUNDO YA PASÓ

El fin del mundo ya pasó. Siempre es así. El fin del mundo se llama Tristeza. Es el sueño postergado que no se cumple con despertar. Esta sonrisa aplazada. El fin del mundo está en la mirada de los deudos en una novena de difuntos y en esa ausencia que se sienta en la mesa mientras intentas comer sin apetito porque las noticias de tu vida te han hecho un nudo en la garganta.

He escuchado el fin del mundo en el silencio que queda como esquirla después del estallido de una ráfaga de odio y balas en una calle cualquiera de mi ciudad. He visto el fin del mundo en el sello bancario sobre papel oficial en el que niegan el préstamo al jubilado que entonces acude al pagadiario que le ha de robar en intereses los minutos que le quedan de vida y tranquilidad. He palpado el fin del mundo en el pulso interrumpido de los brazos de la hija que a sus pies ha visto morir a su papá. He reconocido el olor del fin del mundo en el perfume de la derrota que te ata los pies y no te deja levantar. El sabor de la sangre que alguna vez salpicó mis labios no se olvida ni las lágrimas del campesino que huye a la ciudad donde no sabe sembrar el futuro que le dará de comer. Con todos mis sentidos he sentido el fin del mundo llegar.  

Pasó el prometido veintiuno de diciembre de dosmildoce y -por supuesto- sólo se acabó un círculo del calendario maya, pero no el hábito que tienen luna y sol de volverse a asomar. Las grandes catástrofes quedaron ayer en las películas y en los noticieros que nos hablan de lugares lejanos pero las pequeñas tragedias cercanas -que no son pequeñas y son el verdadero apocalipsis- no las leerás en el periódico de mañana. No es fácil la tarea de inventarse otro fin del mundo cuando sientes que tu mundo está acabado.  

El fin del mundo es un inocente que pasa otra noche en la cárcel. El fin del mundo es la pólvora que estalla frente al niño: primero quemadura, luego amputación. El fin del mundo es la llamada con la que una amenaza se convierte en extorsión. El fin del mundo es el hambre de esa mujer que vive en el barrio que ves más alto en el estrato más bajo. El fin del mundo es esta conspiración de injusticias que es la inequidad.

Todos somos sobrevivientes de nosotros mismos cuando mirando al espejo hemos visto un abismo.
 
La tierra insiste en girar. El amanecer vuelve después de la peor oscuridad. Al fin del mundo, muchachos, no le ha llegado la hora de decir hoy fue el final. O digamos que sí, ya viste que tantas veces termina una vez más. Y entonces ¿qué vamos a hacer con este nuevo mundo que acaba de empezar? 


LA ÚLTIMA NOCHE EN LA TIERRA

La mañana después no habían cucarachas en el cuarto, ni kafkas en los espejos. Todas las canciones estaban escritas en una escala que s...