EN MEDELLÍN (TAMBIÉN) VIVE LA NOVIOLENCIA

En Medellín la noviolencia se vive todos los días. No niega la existencia de la violencia, claro, pero señala un mejor camino desde lo más cotidiano.

Sucede aquí. Lo digo porque lo he vivido. Son constancias surgidas de la persistencia y resistencia de personas que conocen la diferencia entre ser individuo y ciudadano. Que han sido conscientes que sólo existimos con el otro, nunca está de más recordar a los demás. Este lugar que habito también es un sitio en el que respira la noviolencia aunque no leas esa palabra en los titulares del diario pero puedes verlo en los rostros de tantas experiencias que a la vez son historia y esperanza. No empezó ayer. Si en algo se fundan las transformaciones vividas en las dos últimas décadas de Medellín la respuesta está en su gente

Vi a un niña sonreír con sus ojos. Con el cuerpo entero. La recorría por dentro una alegría difícil de contener. De esas que se desborda y contagia. Parecido a eso que luego puedes llamar “el día más feliz de mi vida” le pintaban el rostro con mariposas. Y las mariposas las sentíamos todos en el estómago. Había amor en el aire. Esto fue en el barrio Santa Cruz. Fue una escena sin ensayo vivida años atrás en cercanías de la sede de Nuestra Gente, corporación que recibe invitados de distintos acentos en el hermoso festival nacional de teatro comunitario que desde allí se convoca y del que Jorge Blandón con el amor del que un padre habla de sus hijos.

Una multitud de cinco mil personas pronunciando un mismo silencio. La fotografía la puedes tomar en el teatro Carlos Vieco en el cerro Nutibara. Ése silencio escucha un poema. Y en ese poema cabe entera una ciudad que respondió con palabras a las bombas que alguna vez nos consumieron. Fernando Rendón mantuvo encendido el fuego de la vida con letras y papel El Festival Internacional de Poesía de Medellín celebra este año su vigésima tercera versión y por estos días 728 poetas de 138 países han suscrito una declaración de apoyo a los diálogos de paz en el país. Acciones que demuestran el aliento y vigor de la palabra. Muestras que te recuerdan que este Festival necesario obtuvo ya el premio nobel alternativo de paz. 



Al otro lado de la ciudad unos chicos que se hicieron raperos como opción para contar, cantar, denunciar y resistir crearon Revolución sin Muertos. Y bajo esa bandera han organizado por tres, cuatro años, un festival donde las armas de cualquier bando están proscritas y la gente se encuentra a ejercer entre canciones el natural derecho a la alegría, a reunirse. He vivido en una cancha entre desconocidos el sentido exacto de la palabra Familia. Esto es la Comuna 13.

En el centro de la ciudad la sala de teatro a oscuras me recuerda la luz con la que ilumina un actor una escena cuando interpreta su papel con maestría. Estoy en Matacandelas, es medianoche de tantos años atrás, y ha sido precisamente por este teatro que hemos salido a la calle a vencer el toque de queda que nos impuso el miedo. Oh Marineiro nos salva del naufragio y el abismo que somos nosotros mismos. Pessoa nos ayudó tanto a pensar leer esos días con la lámpara que encendió Cristóbal Peláez.

Voy al sur. Llego a Pies Descalzos, a Ciudad del Río, a El Poblado. Voy años adelante hasta una fecha que puede ser hace poco y me encuentro con una cantidad incontable de locos bajitos cantando canciones escritas para ellos y –descubro- también para sus padres. Porque con música también se educa.  Es el  Festival Internacional de la Canción Infantil que Tita Maya y su alegre Cantoalegre hacen posible aunque el presente sea incierto y aún así mantiene su fe en el futuro. Hay músicos venidos de Argentina, de España, de Brasil y han llegado a cantarle a los niños que ningún periódico menciona pero que escribirán nuestra historia mañana.



Todo esto me lleva a un abrazo que no olvido, años atrás, en calles de Santo Domingo Savio. Me pierdo en el pecho y el corazón de Luis Fernando García, el negro García,  que con todos sus cómplices de Barrio Comparsa nos enseñó que la cultura resiste porque la habita un espíritu invisible que es capaz, como pocos asuntos, de inspirar.  De atravesar fronteras.

He dicho noviolencia y usted dirá ¿por qué no habló de Gandhi? ¿dónde está Martin Luther King en esta historia? y es que sucede con la noviolencia algo parecido al budismo: no tienes que saber sus preceptos para cumplirlos. La noviolencia no es una palabra, es una forma de vivir. Y aquí de festival en festival en cada esquina de la ciudad no hemos renunciado jamás a la fiesta de encontrarnos para permitir que entre nosotros (también) vivan la vida y la paz.

Comentarios

  1. Esta historia, también me recuerda otras tantas que han surgido, algunas se mantienen otras no porque de ellas surgieron otras, dieron paso a otras y otras, soñando, proponiendo, escribiendo y haciendo la no violencia, recuerdo por ejemplo el seminario de periodismo juvenil, luego de comunicación juvenil precisamente para abrir el espacio a mayor diversidad de maneras de ser y comunicarnos, desde el cuerpo, la palabra, la imagen, la expresión oral, escrita, visual. de la misma manera que los y las jóvenes en sus músicas, sus poesías, sus graffittis, han estado y están las mujeres, que van, que crean, que construyen, radicales, moderadas de la diferencia, la igualdad, pero todas proponiendo siempre la no violencia, un movimiento que recorre la ciudad hace varias décadas. Y que decir de los ambientalistas, no medio, sino enteros y enteras en la defensa del agua, de la seguridad alimentaria, del mercado justo, pencos, col y flor, arte ambigua, Y que decir de las redes de comunas, de Faldellín, de corregimientos, jóvenes resistiendo a la guerra, ambientalistas, artistas, en fin... esto a mi me da una gran esperanza, porque no hemos renunciado a ser y seguir siendo y soñando por un mundo mejor donde quepamos todos y todas.

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