sábado, 2 de marzo de 2013

YO ESTUVE AHÍ

Vimos irse al Papa. Siglos de que algo así no sucediera. Primera vez que sucede ante los ojos de todos. Hoy somos testigos de la historia, casi protagonistas. Eso creemos.






Yo estuve en el Vaticano viendo al Papa en retirada abordar su automóvil blindado en el que no penetran ni balas ni miradas. Lo vi llegar a helipuerto. Pensé: antes ascendían a los cielos en cuerpo y alma, ahora lo hacen en helicóptero y con alba blanca. Estuve luego en Castel Gandolfo y vi el movimiento de sus labios al decir en italiano con voz cansada: ahora soy un peregrino. Vi la ventana cerrarse detrás de él y en ese gesto de Houdini clerical fui testigo de la Historia, con mayúscula, una vez más.

Yo estuve en New York a la hora exacta en que un segundo avión se estrellaba contra la segunda de las Torres Gemelas. Vi las columnas de humo y escuché decir en realidad esa frase que pensé sólo se pronunciaba en películas de ciencia ficción: “en este momento el Presidente de E.U. ha sido evacuado y se encuentra en un lugar desconocido”. Luego vi las Torres caer esparciendo cenizas, polvo muerte por todo el downtown. Yo estuve en Manhattan y tuve miedo de lo que vendría después

Yo estuve en el aeropuerto militar acompañando a los secuestrados, ya libres, cuando fueron rescatados en la Operación Jaque. Los vi llegar con esa alegría del que abandona sus cadenas en la selva y me estremeció el abrazo frío de Ingrid a su marido, nadie sabe cómo late la vida adentro de un corazón. Pero todo desasosiego se desvaneció cuando, hablando sobre Jaque, dijo: Perfecta. Yo la abracé a ella y a todos en la pista. Y eché de menos a los tres norteamericanos que no estuvieron ahí.

Yo estuve en Londres justo para los Juegos Olímpicos y mis lágrimas apenas me dejaron ver de qué color es el oro de la gloria mundial cuando Mariana Pajón en sus labios dibujó la sonrisa de una nación y subió al podio con las piernas aún temblando después de pedalear por la medalla que, siendo suya, es de todos acá.   

Yo estuve en la Casa Blanca cuando Obama anunció que habían encontrado y eliminado a Bin Laden. Lo vi caminar por el pasillo con la certeza de los pasos del vencedor. Yo estuve en la estratófera, sin casco, casi hombro a hombro con Félix Baumgartner con el vértigo en el estómago al verlo caer rompiendo records, velocidades y casi sus huesos. Yo estuve en el Capitolio cuando luego de firmar fue proclamada nuestra Constitución y también estuve en el Staples Center en la velación de Michael Jackson recién muerto y John Meyer me atravesó con su guitarra al interpretar Human Nature. Yo estuve ahí les digo.

Yo estuve ahí. Yo estuve ahí. Yo estuve ahí. Yo estuve ahí.

Este don de la ubicuidad es el fantasma de nuestros tiempos, la ilusión constante que nos dan las pantallas: la del televisor, la del computador, la de teléfono entre las manos. Todo en directo, todo en el instante exacto, todo ante nuestros ojos antes que nuestro cerebro comprenda la dimensión de lo que está sucediendo. El momento en que la historia mayúscula empieza a perderse entre las minúsculas anécdotas. Estamos en todas partes y también en ninguna. El tuiter me cuenta qué estás pensando al segundo después en que has dicho con tus dedos lo que estás sintiendo. Por esa vía estamos adentro de los pensamientos de otros y sabemos qué deciden los gobernantes antes que los papeles oficiales se den por enterados con la firma que dice publíquese y cúmplase.  Estamos en tantos lugares y en ninguno a la vez. En la puerta de al lado de mi casa alguien llora con la tristeza de mil lamentos, no puedo intentar consolarle siquiera; nunca he estado ahí, no conozco a mi vecino ni su casa, soy otro desconocido. Soy el hombre que nunca ha estado.

 

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