sábado, 20 de abril de 2013

UNA CITA CON THE CURE

 

                                             (The Cure en Bogotá, foto de Gustavo Martínez @photavo)


La puntualidad inglesa no permite retrasos. Sólo habían pasado unos minutos después de las ocho de la noche cuando aparecieron en escena. Hacía frío, mucho, claro, nunca es sol de primavera cuando ellos llegan. No es lluvia; son lágrimas. No es invierno; es The Cure. Frente a Robert Smith su audiencia no es público: somos árboles. Su voz es suficiente para que mutemos en bosque.

Más de dos décadas para un instante así. De este tamaño es el poder una canción: adentro guardas tus recuerdos, tus sueños, los amigos idos y los bienvenidos, esa noche que no volverá jamás y aún queda espacio para sonreír pensando que fue cierto aquello que viviste y que nadie puede creerte cuando lo cuentas. A veces ni tu mismo das crédito a tus palabras, pero siempre crees en lo que (te) dicen las canciones.

No había cuerpo que sospechara la tempestad que vendría después de Plainsong, Pictures of you, Lullaby, High… himnos que fueron el preludio de lo que fue un setlist de 42 canciones en vivo en un concierto que duró poco más de tres horas y media. Sí, tres horas y media. Porque The Cure en escena, sin perder compostura y sobriedad, se entrega como si esta luna que se esconde fuera la de la última noche en el mundo.  Ellos te llevan a un lugar donde la melancolía es sagrada y el tiempo está detenido en una eterna madrugada. La voz de Smith está intacta como en sus mejores discos (si, nosotros venimos de esa prehistoria en la que comprábamos vinilos) el sonido impecable de la banda respeta las grabaciones sin buscar extravagancias. Aquí todo es justo y medido. No hubo otro viernes en que sonara mejor Friday i´m in love.

En la radio han contado que los contratos para suministro de gasolina de los vehículos de policía en Bogotá han expirado. Creo que todos los que prestan servicio aquí han venido a pie desde sus comandos y localidades para no perderse el concierto porque es seguro que no habrá desorden ni revuelta en esto que más parece una ceremonia. Los taxistas no han hecho su agosto en abril porque les dijeron que “eso era un concierto de música metalica con mucha gente de negro” y preferían evitarse los pasajeros que les dibujó el prejuicio. 17 mil personas hemos venido a esta cita. Ahora llaman por sus radioteléfonos a decirse que hay mucho trabajo en el Parque Simón Bolívar, que vayan con confianza “que es gente sana”. Yo no sé qué quieren decir con eso. Yo no si será sana esta gripa de mañana.  

Muchos aquí, en esta noche de viernes, nos miramos con los ojos de un niño en Disneyland. El asombro de ver juntos lo que jamás pensaste que vivirías nos hace hermanos. Se ven abrazos llenos de amor entre auténticos desconocidos. Bailamos juntos sin preguntarnos procedencias ni pensamientos, imposible no recordar que el arte siempre será el puente que une a la humanidad. Y The Cure nos ha dado una buena excusa para cruzarlo. Puente construido sobre la inconfundible voz de Smith, la batería de Jason Cooper, el teclado de Roger O’Donnell, las guitarras de Reeves Gabrels  y el bajo que danza de Simon Gallup.

Ya ha pasado Lovesong -esa canción que alguien menor puede creer que es de Adele-  ya hemos escuchado Just like heaven, A forest, The walk, One hundred years y corroborado por qué son esta influencia sin la que no habrían existido Soda Stereo o Caifanes cuando hablábamos de rock en español. Ya han pasado casi tres horas del recital cuando de pronto, sin aviso, encienden la luz del lugar porque el permiso pudo ser sólo hasta las once de la noche. Entonces Roberth Smith termina su canción, dice “one minute” y regresa dispuesto a no irse y nos da nueve canciones más, todas éxitos, que se pasean por su discografía en cuenta regresiva, del new wave al punk, hasta terminar la noche con la primera canción que grabó 35 años atrás: Killing an Arab. El libro “El Extranjero” de Albert Camus aún se pasea por esa letra que escribió cuando era adolescente. Y con cada canción suya fuimos adolescentes y adultos a la vez.

Fue el 19 de abril. Era viernes. Bogotá registró bajas temperaturas que desafiaron termostatos. Robert Smith volverá a su lugar favorito en el mundo del que le gusta salir poco: su casa. Nuestras enfermedades seguirán, eso es seguro, pero por una noche tuvimos la cura entre nosotros.

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 Canción por canción: lea aquí el setlist del 19 de abril



sábado, 13 de abril de 2013

TESTIGO & PROTAGONISTA

Salir a la calle a mirar con ojos que escuchan. Volver a casa a sentir que los espejos te ven. Una invitación a detenernos en lo cotidiano. Dos escenas de la vida real.  De la primera fui testigo, de la segunda soy protagonista.



Primera escena
EL TIMBRE, RICKY MARTIN Y LA FILA DE JUBILADOS
En la fila de jubilados, en el banco, a un anciano le suena el celular con timbre de Ricky Martin. Se lo dio su nieto, de quien no volvió saber nada desde que estaba de moda esa canción. No la cambia, no es porque no sepa cómo (que tampoco sabe pero podría pedir ayuda) sino porque espera que un día detrás de la música de Ricky Martin pueda escuchar en la llamada la voz del nieto.

Segunda escena
EL ESPEJO Y EL REFLEJO
Ahí  está, como si no estuviera. Ahí está con su mirada llena de silencio recordándome la historia que nunca quise decir que alguna vez viví. No es pared ni ventana. Y es pared y también ventana. Tiene un raro poder, digo yo: ahí está todo el pasado, veo incluso el presente pero el futuro no lo ha reflejado.

Ahí vi a mi abuela. Nunca le dije abue, tampoco Antonia, sólo mamita. Era mi mamita. Ella estaba con su espalda arqueada sobre la máquina de coser con su pie en el pedal, las manos en la tela y en los ojos la dificultad de cruzar una hebra de hilo por la aguja. Entonces me llamaba y yo le ayudaba en algo. Y esos ungüentos y pomadas que siempre la rodeaban eran el olor de la felicidad. Mirando justo hacia ese lugar la vi partir cuando dejó su cuerpo acá. La imagen de mi tristeza vista desde ahí fue la primera versión que conocí de la escultura ¿cómo se llama? La Piedad.

Ahí vi también a mi hermano amenazar con romperlo todo con su balón de en-la-casa-no-se-juega. Mi hermana se pintaba la cara por primera vez mirándose ahí y salió con aire de princesa y no de payaso como yo creí. Y mirándome en él supe que no es verdad cuando las curitas anuncian que son “color piel”. Yo pensaba que, en las noches, en él se escondían los fantasmas. Si lo miraba fijamente al caer la tarde siempre estaba más oscuro ahí.

No es un objeto tan frío. Guarda el calor de lo vivido. El vapor que se escapa de una olla o de la ducha. Guarda por momentos el aliento cercano si juegan a escribir palabras para el olvido. Frente a él cambiaron los muebles de la casa cuando la casa quiso parecerse a algo que salió en televisión o a las fotos de las revistas que mi mamá traía después de ir a la peluquería. Frente a él pude ser un superhéroe y una toalla se convertía en capa, una regla en espada y el enemigo me miraba con los ojos míos lleno de un odio del que nunca fui capaz.

Al espejo de la casa siempre lo llené de fantasía pero él se encargó de devolvernos siempre a la realidad. No es cierto que en los espejos nos veamos como somos. En el espejo el pasillo se hace amplio y la luz se multiplica y, ya lo dije, la oscuridad también. Va del piso al techo y no puedes dejar de mirarte en él. Te mira incluso cuando no lo ves. Yo sé que los espejos también mienten. El espejo de mi casa guarda el vivo retrato de los muertos que se han mirado en él.



domingo, 7 de abril de 2013

NUEVE DE ABRIL

El 9 de abril está en los billetes de mil pesos que están en vía de extinción. El 9 de abril está en ese dibujo de José Antonio Suárez por el que lo acusaron de haber dibujado a Fidel Castro en medio del tumulto como recuerdo del paso del cubano por la capital en pleno Bogotazo. El 9 de abril está en un libro que nadie abre ni por error ni conmemoración. El 9 de abril está en el eco de las clases de historia que detienen el calendario en 1948 y el 9 de abril está, también, en Roa la película colombiana de Andi Báez que se estrena en idéntica fecha. El 9 de abril está en el mandato legislativo que señala desde el año pasado que este es el Día de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas y, por eso mismo, debería ser una de las fechas más importantes en un país donde víctima es una palabra que se escribe tan a menudo cerca del gentilicio nacional.



Cuando el año anterior por primera vez se conmemoró esta fecha con el sentido de reconocer la situación de las víctimas de nuestros conflictos el rostro de los políticos estaba en las pantallas de televisión como cualquier día diciendo casi lo mismo de cualquier día. Muchas víctimas que salieron a las calles se sintieron cubiertos por el silencio acostumbrado: escuché las quejas mientras agradecí su abrazo en un par de sitios que visité para estar con madres de desaparecidos, con historias que tienen rostro para mí y que no son solo el número sobre el escritorio de una mesa de legislador o en sala de redacción.

El rezo de las víctimas repite la misma jaculatoria: Verdad, justicia, reparación. Y no repetición. Verdad, justicia, reparación. Y no repetición. Verdad, justicia, reparación. Y no repetición. Muchas llevan sus muertos en el pecho. La ausencia en una fotografía. Algunas, con toda dignidad, tienen un cementerio colgado del cuello. Hoy con ellas. Hoy, siempre. Madres coraje.

¿Dónde está esa verdad que revela en dónde están los que se llevaron? ¿dónde se respira alguna justicia mientras se llena el aire de impunidad? ¿dónde está la reparación cuando la riqueza del campo labrado tuvo que cambiarse por un papel que dice Sisben? Ah, no repetición dijeron. ¿Cuántos han sido secuestrados varias veces o extorsionados en más de una ocasión o madres de más de un hijo muerto en la misma condición? 

Un día después de invitar a remangarse al país para sensibilizar sobre las víctimas de minas antipersonal se registró la víctima número 35 en Antioquia por causa de esta siembra que  solo cosecha muerte y mutilación. 2287 personas víctimas de este flagelo viven en nuestro departamento. Son más de diez mil en Colombia.

Pero los números son fríos por eso quiero contarte una historia con nombre y apellido: Teresita. Teresita se llama ella. Teresita Gaviria. Ya son años de conocerla. Podría ser mi abuela, tanto así que siento en ella la mirada de mimamita: con ese eco de profunda ternura mezclada con tristeza profunda.

Varias veces la he acompañado a levantar la pancarta con el rostro de su hijo desaparecido. Ella nunca ha dejado de ir, los miércoles primero y los viernes después, al atrio del templo de La Candelaria a reclamar voz en cuello por el regreso por los secuestrados del país… con el dolor de madre que no puede serlo porque no hay hijo para ejercerlo. Teresita durante muchos años solo tuvo la certeza de no tener certeza.

Un sábado me acompañó a un barrio sin calles y allí la vi abrazar a un hombre, desmovilizado, del bando paramilitar, de los que le quitaron el pedazo de vida que ella más quería. Y habló en voz alta de reconciliación y perdón. Decía que la única reparación que espera, como víctima de esta guerra, es escuchar la verdad sobre el destino de su hijo. Ningún cheque sanará sus heridas, solo la verdad puede hacerla libre como hace años no lo es, aunque no sea su cuerpo el desaparecido. Pero es que le han raptado el espíritu. La están obligando a perder la esperanza con amenazas pero ella no la pierde aunque ya perdió lo que más quería. Cuando la veo no me resisto a cargar entre mis brazos su cuerpo diminuto de gran corazón. Ella dice que la levanto del suelo al cielo como hacía su hijo con ella. Luego las lágrimas, a los dos, nos ponen los pies en la tierra.

Me dijo que supo, por fuentes ciertas, que hay testigos que vieron el cuerpo de su muchacho flotando por el río Magdalena con aves de carroña agujereándole el pecho con sus alas abiertas como malos vientos.

Teresita sólo quiere que los verdugos admitan, de una vez por todas, que a su hijo no lo verá más ni lo podrá enterrar. Sólo eso, de verdad, le da paz. Aunque nadie podrá decir Paz en su Tumba a Cristian Camilo, su hijo ausente. La verdad, sólo la verdad dicha por labios capaces de asesinar, es grano de paz para Teresita Gaviria. Madre de la Candelaria y Premio Nacional de Paz. Y lo es todos los días porque es capaz de brindar perdón y buscar la reconciliación.

“Yo no soy un hombre, soy un pueblo” dijo Gaitán. Y justo por ese pueblo que es la víctima de todos los días es que el 9 de abril no es un día cualquiera. 

En unos días será 9 de abril otra vez. Y la memoria y solidaridad con las víctimas ojalá alcance los titulares de prensa y los corazones de todos aquí y no se diluya entre estar a favor o en contra del proceso de paz en La Habana. Ojalá recordemos que ser víctima es una condición que no tiene ni respeta estrato, que nadie está a salvo de serlo si aún no lo ha sido. Y no sólo le sucede a “los otros” conviene tener presente que nosotros somos los otros de los otros.  El 9 de abril está en el rostro de un niño huérfano que aún no sabe qué significa en Colombia que el calendario señale el 9 de abril.


                                        (Canción: ERRANTE DIAMANTE / Autor: ATERCIOPELADOS)

EL ÚLTIMO BAR

La casa en que creciste ya no está y con ella se fue tu infancia, lo sabes cuando pasas frente a la fachada que ya es otra, por una calle...