sábado, 13 de abril de 2013

TESTIGO & PROTAGONISTA

Salir a la calle a mirar con ojos que escuchan. Volver a casa a sentir que los espejos te ven. Una invitación a detenernos en lo cotidiano. Dos escenas de la vida real.  De la primera fui testigo, de la segunda soy protagonista.



Primera escena
EL TIMBRE, RICKY MARTIN Y LA FILA DE JUBILADOS
En la fila de jubilados, en el banco, a un anciano le suena el celular con timbre de Ricky Martin. Se lo dio su nieto, de quien no volvió saber nada desde que estaba de moda esa canción. No la cambia, no es porque no sepa cómo (que tampoco sabe pero podría pedir ayuda) sino porque espera que un día detrás de la música de Ricky Martin pueda escuchar en la llamada la voz del nieto.

Segunda escena
EL ESPEJO Y EL REFLEJO
Ahí  está, como si no estuviera. Ahí está con su mirada llena de silencio recordándome la historia que nunca quise decir que alguna vez viví. No es pared ni ventana. Y es pared y también ventana. Tiene un raro poder, digo yo: ahí está todo el pasado, veo incluso el presente pero el futuro no lo ha reflejado.

Ahí vi a mi abuela. Nunca le dije abue, tampoco Antonia, sólo mamita. Era mi mamita. Ella estaba con su espalda arqueada sobre la máquina de coser con su pie en el pedal, las manos en la tela y en los ojos la dificultad de cruzar una hebra de hilo por la aguja. Entonces me llamaba y yo le ayudaba en algo. Y esos ungüentos y pomadas que siempre la rodeaban eran el olor de la felicidad. Mirando justo hacia ese lugar la vi partir cuando dejó su cuerpo acá. La imagen de mi tristeza vista desde ahí fue la primera versión que conocí de la escultura ¿cómo se llama? La Piedad.

Ahí vi también a mi hermano amenazar con romperlo todo con su balón de en-la-casa-no-se-juega. Mi hermana se pintaba la cara por primera vez mirándose ahí y salió con aire de princesa y no de payaso como yo creí. Y mirándome en él supe que no es verdad cuando las curitas anuncian que son “color piel”. Yo pensaba que, en las noches, en él se escondían los fantasmas. Si lo miraba fijamente al caer la tarde siempre estaba más oscuro ahí.

No es un objeto tan frío. Guarda el calor de lo vivido. El vapor que se escapa de una olla o de la ducha. Guarda por momentos el aliento cercano si juegan a escribir palabras para el olvido. Frente a él cambiaron los muebles de la casa cuando la casa quiso parecerse a algo que salió en televisión o a las fotos de las revistas que mi mamá traía después de ir a la peluquería. Frente a él pude ser un superhéroe y una toalla se convertía en capa, una regla en espada y el enemigo me miraba con los ojos míos lleno de un odio del que nunca fui capaz.

Al espejo de la casa siempre lo llené de fantasía pero él se encargó de devolvernos siempre a la realidad. No es cierto que en los espejos nos veamos como somos. En el espejo el pasillo se hace amplio y la luz se multiplica y, ya lo dije, la oscuridad también. Va del piso al techo y no puedes dejar de mirarte en él. Te mira incluso cuando no lo ves. Yo sé que los espejos también mienten. El espejo de mi casa guarda el vivo retrato de los muertos que se han mirado en él.



3 comentarios:

  1. Los objetos tambien hablan y en este caso un timbre llama la atención y narra brevemente la historia de quien lo atesora. Un espejo refleja las almas de quienes habitan en esa casa... como en todas las casas. Así, narrado, se subrayan esas cosas que no percibimos y que dejamos pasar de largo. Gracias por verlas para nosotros. Un abrazo Juan.

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    1. Gracias Ana por la compañia. Gracias por la lectura que es compañía. Gracias por tus letras que (también) son compañía.
      El mismo abrazo va de vuelta.

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  2. Me gusta cuando el espejo nos devuelve miradas, las propias, las de otros, las que nos abandonaron o a las que les dimos la espalda.

    Un abrazo grande.

    Claudia Helena.

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