viernes, 21 de junio de 2013

LAS MESAS DE PAZ

 

La paz se firma con los ciudadanos. Todos los días. La paz se firma en una mesa de dibujo en la universidad y en un pupitre de primaria cuando el estudiante encuentra condiciones para cumplir el sueño que lo llevó a ese lugar. La paz se firma en la mesa del restaurante donde se puede comer por un precio justo para el chef y el comensal. La paz se firma en la mesa del billar de la esquina con dos amigos que después de años se han vuelto a ver y tienen tantas historias que les recordarán que alguna vez fueron casi hermanos, la verdad. La paz se firma en la mesa de costura de una señora que tiene listo el vestido blanco que mañana estrenará con ilusión esa mujer que ayer juraba no volver a creer en el amor. Que los oficios sean verbos es una forma de conjugar la paz: que el trabajador trabaje, que el estudiante estudie, que el vendedor venda, que el legislador legisle no por el bien propio sino el de los demás.

La paz es cotidiana. Por eso mismo es necesaria en los gestos mínimos, no sólo en los grandes actos. Es la violencia doméstica, tan salvaje, la que más muertos suma en las estadísticas de nuestra realidad, muchas más que las que suma el conflicto armado que es hora de que empiece a terminar. Sesenta años de desencuentros no tienen que esperar a cumplir cien años de soledad.

Vivo en Medellín y puedo decir que he visto de qué está hecha la paz: la he visto en la esperanza que brinda Marcela Trujillo a sus niños en Momo. He visto la paz en la mirada de Teresita Gaviria que abraza como abuela a cada una de las Madres de la Candelaria. He visto la paz en un graffitti del Perro y en un rap de Jeihhco en Comuna 13. He visto la paz en la sonrisa que enseña Lenis Yelin en su discreta Fundación Huellas. He visto la paz en unas líneas de Fernando Rendón en el Festival de Poesía y he visto la paz sobre las tablas en una obra de Carlos Mario Aguirre con su Águila Descalza. Si buscas esos nombres en Google sabrás que hablo de personas que respiran el mismo aire que vos y yo pero que han decidido sumar en un país donde para algunos la resta parece regla general. Sumar haciendo bien lo que saben hacer, nada más. Y eso es mucho. Es todo.

Hay entre nosotros una costumbre que casi parece enfermedad: otorgarle la responsabilidad de la vida propia a los demás. Ha de ser por el temor católico que nos infundieron con la palabra culpa que preferimos que de lo nuestro se encargue otro: es que el país se jodió por culpa del político corrupto como si no tuviera culpa también su elector. Es que esta vaina no se compone porque nos boletean a todos como si el extorsionista no pudiera derrotarse a partir de la denuncia. Es que aquel esto, es que aquella lo otro y se nos olvida el obvio Es que yo...

La paz no es un asunto que sucede allá, entre los otros, sino aquí, entre nosotros.
Entre todos.

El acuerdo de paz en Colombia ya ha sido firmado, el más reciente fue hace años -en 1991- y se llama Constitución. Ése es el único libro sagrado de una nación, no importa qué piense a esta hora el Procurador. En la base de nuestros conflicto una balanza inclinada en la que todos en la sociedad debemos trabajar: es la inequidad. Eso no es harina de otro costal sino harina de este mismo pan. El gran reto de Colombia está en encontrar la equidad.

Vuelvo al principio, a las mesas, y te digo que la paz de Colombia no está sólo en una mesa en La Habana, también está en tantas mesas acá. Y comienza por una palabra hermosa y difícil: perdonar.

lunes, 10 de junio de 2013

CUANDO MICHAEL JACKSON ERA NEGRO



Tenía ganas de hacer gol. Era domingo y quería volver a casa con una historia para contar. Un cuento donde yo sería el héroe que acababa de salvar el mundo con el poder de una zurda imparable, la tribuna cantaría por mí como los ángeles repitiendo en coro el verdadero nombre de dios. Pero siempre entrábamos a la cancha con el marcador en contra, así fuera apenas el primer minuto. Debí desear ser boxeador: me va mejor golpeando a mi sombra pero esa, por entonces, no era una opción. Los domingos tienen el aire de los días que no deberían terminar. Aunque han pasado años prefiero la mañana del domingo a la noche del viernes aunque no traiga los besos que fácilmente te dan. Salía a la cancha con la firme intención de ser Kempes o Tarantini, que mis jugadas fueran el orgullo que hace que tus padres olviden que al principio de la historia no sabían qué hacer con la noticia de estar embarazados de ti. Necesitaba un gol, entonces miré cerca del arco y allí estaba: era tan bella que dolía mirarla como dicen por ahí, y antes que Fito Páez sospechara la frase escribí en mi cabeza: Yo no buscaba a nadie y te vi.

Algo estaba cambiando definitivamente y era un punto sin retorno, nunca volvería a ser el de antes. Ahora el mundo que anteriormente estaba dividido entre niños y adultos comenzaba a tener variaciones en mi conciencia… ahora existían las niñas y las mujeres. Y por supuesto no estoy hablando de mi madre y mi hermana. Esto fue una revelación y puedo jurar que la tierra empezó a girar más despacio ese domingo, al menos para mí.

Michael Jackson era negro. No sé si algunos de ustedes nacidos-después-de-cierta-fecha lo sepan, no sé si algunos de ustedes nacidos-después-de-cierta-fecha sepan quién es Michael Jackson. No te hablo de un pedófilo desnarigado que viste en E! Entertainment Television. El era un artista fundamental que influenció a todos y a los demás también; el hijo legítimo de James Brown y Stevie Wonder… además nos dio We Are The World y muchos le creímos aunque los gobiernos se rieran de nuestra genuina ingenuidad.

El caso es que mientras Michael Jackson era negro, brillaba en el firmamento pop como la más grande estrella, yo estaba en la tierra notando que algunas mujeres son fugaces y eternas como los cometas: pasan por tu vida con esa luz inolvidable que no dejas de mirar para dejarte luego en el cielo más oscuro esperando a que vuelvan. Yo jugaba fútbol, que era un asunto de hombres, necesitaba un gol para contar una bonita historia y cerca de la portería -ya lo dije- estaba Ella como tiro libre al corazón y ya no recuerdo el marcador.

Desde ese día pedí ser arquero pero si hubiera sido necesario incluso habría sido árbitro. Michael Jackson pidió ser blanco y creo que ahí todo se jodió. Al domingo siguiente me sudaban tanto las manos que cada balón me resbaló y no escuché mi nombre... sólo el grito de otro que nunca seré yo con el eco del gol. Y ella, como el cometa que nunca vi dos veces, ella por supuesto no volvió.

LA ÚLTIMA NOCHE EN LA TIERRA

La mañana después no habían cucarachas en el cuarto, ni kafkas en los espejos. Todas las canciones estaban escritas en una escala que s...