domingo, 6 de octubre de 2013

CALIGRAFÍAS


UNO
Palabras escritas a puño y letra, a pulso. Y en ese pulso el corazón. Y en el rastro de tinta que deja la caligrafía se puede adivinar la biografía del escribidor. Hablo de la personalidad desnuda de aquel adulto que escribe con letra de aire infantil, tosco, con tantas dificultades juntas, de aquel adulto que apenas aprendió a escribir su nombre y es el mismo del que alguien se aprovecha indicándole firmar sobre esta rayita en un documento que nunca comprenderá. ¿Cuántas veces habrá abusado una sociedad de aquella persona que le cuesta leer de corrido la palabra Derechos? No pregunto por el futuro de alguien que escribe así, pregunto por su pasado y por las que ha pasado. Tanta desprotección revela su caligrafía…



DOS
"Yesica aga sopita de auya ma y con este billete compre el arroz y el hueso". Así es la economía de tantos: esperan incluso hacer algo más con la devuelta que ojalá quede porque este billetico de dos mil es lo único que tienen y hay que estirarlo tanto que como no hay dónde más escribir se convierte en libreta y recordatorio. La cuenta exacta: el hueso para la sustancia, la auyama que es mucha vitamina mija y el arroz que rinde tanto. Hoy tampoco hay carne porque yo nunca he sabido qué es una quincena, mija usté me entiende. De pronto el domingo, dios mediante, con unos frijolitos bien ricos mija. Yesica seguro tiene poquitos años y mucha experiencia a la hora de cuidar a sus hermanitos. Ella sabe que su mamá -cuando está en casa- siempre le va a cocinar con un amor que no cabe en el plato aunque se vea casi vacío.

Es distinta, muy distinta, la vida que se escribe entera en un billete de dos mil.



TRES
Tuvieron las manos ocupadas mucho tiempo en la guerra. Cuando empiezan una vida distinta, en procura de la paz del cuerpo y del espíritu, sus manos que ayer fueron las de disparar hoy son las de escribir. Esta es la caligrafía del desmovilizado que captó Jesús Abad Colorado. Letras cargadas de recuerdos que se han descargado como las armas que quiere dejar atrás. Muchos de ellos llevan varias vidas fuera de un salón de clase y tienen más miedo a pasar adelante al tablero a dar la lección que a ir adelante en una cuadrilla que se acerca a un pelotón. En esos cuadernos que sólo lee un anónimo profesor se escribe el relato de un dolor de país que quiere ser esperanza de toda una nación. En esa huella de letras que se filan buscando ser palabra es imposible no leer ternura entre líneas aunque el autor sea un asesino. Frente al papel empieza a ser el niño que jamás fue. Y en su pensamiento desordenado encuentra un nuevo orden para afrontar la vida que empieza a vivir, donde todo es tan desconocido como lo que traerá la siguiente página en blanco que le espera en ese modesto y grapado cuaderno de  renglones.



Entre tanto otros nos hemos acostumbrado cada vez más a teclados y pantallas. Otro papel es el nuestro, literalmente, porque es distinto el papel en el que escribimos y diferente el papel que ocupamos en esta comunidad que nos enseñó a madurar incluso la letra con la que contamos estos relatos. Historias que deberían recordar frecuentemente a esa Colombia de caligrafía infantil que es evidencia y constancia de las deudas y heridas de nuestro país en la realidad. Letra por letra.


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