domingo, 17 de noviembre de 2013

CUANDO LA CULPA ES DE LA VÍCTIMA



Dicen víctima y tu escuchas culpable, te parece igual. La mujer denuncia que ha sido violada, que han tomado por asalto su cuerpo y su dignidad y tu piensas que la culpa es de la minifalda, de los tragos, del sobretodo pero –sobre todo- para ti el atacante nunca tiene más responsabilidad que el atacado. Hablan de Drácula y tu piensas que la culpa es del cuello y no del vampiro. Y lo dices en público con todas las letras que conoces esperando que te conteste un silencio porque tu pensamiento, crees, es certeza infalible por demás.

Dices víctima y dices culpable, te da igual. Escuchas que alguien ha muerto en un barrio popular y sin pudor piensas que seguramente algo andaba haciendo mal y ha de ser por eso que le dispararon. Tu vida es conjetura. Tu vida es presunción. Tu vida es prejuicio.  Y como tantos piensan igual que tu sostienes que esa manera de ver la vida es la forma en que se presenta la verdad.

Dicen víctima y tu murmuras: culpable. Te cuentan que alguien venía de regreso a casa, después del trabajo o del estudio tal vez, y a pocas cuadras de su puerta lo asaltan, le roban, huyen. Y tu primera pregunta es ¿qué andaba haciendo por allá? Después te acuerdas de averiguar si la protagonista de la historia está bien. 

¿Y si la mujer violada es tu hija?
¿Y si el muerto es tu hermano?
¿Y si el atracado eres tu?

Dicen víctima y tu sentencias: culpable. Te recuerdan en el noticiero lo que sucedió con un pueblo tomado años atrás con barbarie y sevicia por paramilitares con complicidad de policía y ejército y tu no te indignas, no te llevas las manos a la cabeza, no te duele el corazón, no te deshaces el nudo de la corbata siquiera. Tu crees que merecían algo de ese horror porque todos debían ser guerrilleros o mínimo auxiliadores como dicen por ahí.

Hay días en que duele más vivir en este país de la indolencia.

Es tan fácil suponer.
Es tan fácil prejuzgar.
Es tan fácil sospechar.

Es tan estúpido que se haya instalado entre nosotros esa lógica fatal que dice, simplista, que “alguna cosa debía” aquel que sufre como si todo en la vida fuera una cuenta por pagar. Tenemos mil excusas como sociedad con las que aprendimos a mirar para otro lado para no vernos a los ojos y sentir que la cosa no es conmigo.  Toda desgracia le sucede a los otros, no a nosotros. Y olvidamos que nosotros somos los otros de los otros.

Aquí tu eres culpable por ser víctima. Hay una lógica siniestra y cínica en esa manera de pensar. Y que sea casi una forma ya del ADN nacional evidencia una suerte de metafórica malformación genética que convendría empezar a tratar. Al menos para que los que están por nacer no conciban el mundo igual.

Decir víctima es señalar con una palabra una historia que emparenta con lamento. No te miento.  Algo huele mal cuando se convierte en otra manera de discriminar. Es justo y necesario tener presente que víctima es una palabra sin estrato ni geografía definida y tampoco es sinónimo de culpa.

En una violación la culpa no es de la minifalda, es del violador.
En un robo la culpa no es del reloj el celular o la billetera sino del ladrón.
En un homicidio la culpa no es de la esquina, es del asesino.

Cuando la culpa es de la víctima el juicio también lo pierde el juez.


@lluevelove


domingo, 10 de noviembre de 2013

DE DONDE VENGO YO




Yo vengo de un tiempo en que los más adelantados estudiaban basic en los cursos de computación. Pantalla negra, letras verdes, mini floppy disc, con los disquetes guardados en cuadernos ojalá argollados. El pasado es un lugar pesado que te  prometía un futuro cargado de liviandad. Lo sabes cuando la región en que está tu adolescencia no tenía idea de teléfonos móviles y era incómodo llevar hasta un radio transistor. Eran días en que este lado del mundo era territorio betamax. Soy de esa generación que ha tenido la velocidad por definición: todo cambia rápidamente, tanto que algunos pronto llamarán arqueología a lo que vos y yo conocemos como biografía. Vengo de ese lugar de agujas sobre el disco de acetato, de cuando las muchachas escuchaban dizque rock en español.

De pequeño el año dos mil –creía yo- quedaba lejos y segurito los carros iban a poder volar. De pequeño decir metro era hablar de una tirita con centímetros dibujados y no de un tren urbano con estaciones. Dicen que la patria es la infancia, seguro tienen razón, pero mi país no es un mapa de nostalgias. Yo vengo de Armero y vi a Omaira perder la sonrisa debajo del lodo después de cantarle a los rescatistas que no la pudieron liberar. Yo vengo de la Plaza de Bolívar en Bogotá y todavía siento en la piel el calor del Palacio de Justicia en llamas. Yo vengo de Popayán en aquel jueves santo y de Armenia cuando comenzaba a temblar.

Yo vengo de una madre blanca, blanca y un padre negro, negro. De cuando nadie escribía afrocolombiano ni decían todos y todas. Y no supe del color de mi piel sino hasta que entrando al kínder me dijeron “negro” por ofender y tuve que preguntar en casa ¿eso qué es? Porque con varios colores en casa allí nunca nos definió la piel. El diccionario tampoco: nadie dice mulato por estos días. Tampoco dicen zambo. Hoy día si quieres insultar no busques las palabras en la calle, búscalas en un diccionario.

De ese sitio del que vengo yo todos somos un poco sobrevivientes de un abismo, sobrevivientes incluso de nosotros mismos. Vengo de un lugar que confundió tentación con oportunidad y detrás del brillo de la riqueza rápida desperdició vidas,  generaciones, campo, porvenir. El rojo de mi bandera si fue de sangre. El amarillo, de oropel. Y el azul estaba entero incluyendo a San Andrés.    

Hay frases de ayer, pronunciadas en ese lugar del que vengo, que insisten en escucharse hoy en este sitio: cuando alguien pretende halagar es común escucharle decir “eso es tan bueno que parece de otro país” y no entiende que esa es otra manera de insultarnos a todos. Porque algo puede ser tan bueno que, efectivamente, sea de este país. Pienso yo.

Nos prometían días distintos. Nos prometían el cambio. Nos dijeron Bienvenidos al Futuro. Nos invitaron a pintar palomas de la paz en la calle pero tuvieron corto vuelo. Nos repitieron que no necesitábamos un Mundial de Fútbol en el lugar del que vengo yo y renunciamos a ser la sede para construir escuelas y hospitales que nunca se construyeron. Así es, vengo de una provincia de promesas rotas.

Vengo de un tiempo en que los televisores predicaban al anochecer la misma oración: cierre y fin de la emisión, el día de la santa cruz en cada casa se oía mil veces jesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesúsjesús y en las radios a las seis a eme sólo sabías del himno nacional cuando un ciclista al otro lado del mundo nos daba motivos para que lo escucharas cuando el podio era un lugar tan sagrado como un altar.

Vengo de un lugar en que la red social era la cuadra en que vivías y te desconectabas cuando te mandaban a entrar. En las montañas de mi ciudad iluminaba un letrero que estaba tan alto como el cielo: no decía Hollywood sino Coltejer. Y cruzar una calle sin permiso era retar al destino, no porque fuera una forma de frontera invisible sino porque eran días en que acostumbrabas hacerle caso a papá y mamá.

Yo vengo de un lugar que, si veo por el retrovisor, ya no está. Y no voy a quedarme mirando atrás para convertirme en estatua de sal. De donde vengo yo nace una idea que no puedo abandonar: conservo la ilusión de vivir, alguna vez, juntos en Colombia un día de paz.  

Sé que vos me entendés.

Hay asuntos que no puedes olvidar en amnesialand.


@lluevelove


domingo, 3 de noviembre de 2013

UNA COLUMNA SOBRE ROCA


Todos somos un poco los libros que leemos. Eso lo sabe y lo siente un lector. En las páginas con historias de otros nace un nosotros que nos acompaña hasta el minuto de partir. Llevamos a cuestas un equipaje de palabras ajenas que son bastón, luz y también guía. Soy de los que ama el olor del papel, de los que disfruta el tacto al acariciar un libro, la mía es una emoción sencilla y sincera que tiene ánimo de explorador. Me gustan las bibliotecas y las viejas librerías. Por supuesto leo también en pantallas, porque sé que son la ventana de nuestros días y sería necio cerrar los ojos para negar que existe el sol.

No tengo una lista numerosa de amigos que escriban, pero los libros de muchos han sido mis amigos. Hay a quien le vendría bien un poco de literatura para sacudirse la amargura. Hay a quien le vendría bien un poema a esta hora para que sobreviva al resto del día. Hay a quien le vendrían bien unos días de lectura solitaria para que se sienta bien acompañado. Qué hermoso es el oficio del librero de viejo que receta libros a sus pacientes, él como un doctor recomienda medicinas al lector.

Hoy me detengo aquí, levanto el brazo, pido la palabra y de pie digo gracias. Gracias a Juan Manuel Roca por los libros leídos, los poemas encontrados, las recomendaciones que sin saberlo me ha dado. No lo conozco personalmente. Él nunca ha escuchado mi voz, yo sí la suya. Nunca lo he tenido tan cerca como para estrechar su mano. Pero de su mano conocí a Jose Antonio Suárez en aquel precioso semanario que acostumbraba editar en sus años en El Espectador. Y esos dibujos implican y significan tanto en mi vida que nunca terminaré de agradecerle por eso. Y también por tantos autores que empecé a buscar más allá de la prensa semanal. Aquel suplemento literario era un precioso iceberg que, mostrando apenas su cima, te invitaba a bucear para encontrarte con maravillas apenas nombradas: sitios, títulos, eventos… bella agenda plural se daba cita en el Magazin Dominical.

La herencia que deja un escritor está en las páginas que escribe.
La herencia del lector está en contagiar la sed de leer.

Recuerdo el poema de los chicos ciegos que jugaban fútbol en el patio siguiendo una pelota agitada por los ruidos de su interior. Recuerdo la historia de la niña que al caer la noche en la playa le preguntaba a su padre “¿a qué horas abren el mar?”. Recuerdo tantas líneas suyas habitadas por una ternura que es memorable porque es sincera. Recuerdo también ese lado oscuro de la luna que ha sabido retratar al contarnos un país que resulta ser un caníbal de si mismo. Juan Manuel Roca es una referencia necesaria para entender a Colombia. Hay seres humanos como él, que son árbol de buena sombra. Y además fértiles: jamás ha dejado de publicar. Poemas, obvio, pero debes sumar ensayos, crítica y narrativa. Su disciplina, su pasión, aquel nulla diez sine línea -ni un día sin una palabra- han de ser su manera de ser. De un escritor hablan sus libros. Leer también es escuchar.

A usted que me ha acompañado hasta este punto le recomiendo buscar una vieja edición de Luna de ciegos, poemas escogidos 1972-1990 como una forma de adentrarse en la amable roca que es Juan Manuel. Igual puede encontrarlo en una veintena de títulos en los que su voz se afirma, como la roca que es.  Traigo aquí un poema suyo:

ARENGA DEL ANTIHÉROE

Nunca llegué a sitio alguno.
Cuando algunos viajaban por el espacio
Y veían la tierra como una aldea perdida,
Yo miraba en la oscuridad de los armarios
Pequeñas lunas de alcanfor.
Mientras tantos impacientes caían en combate
O petardeaban la posición del enemigo,
Yo era humillado en oscuras oficinas de notarios.
Cuando los inventores de la máquina de sueños
Cenaban con mujeres más bellas que sí mismas,
Mi ración de orfandad me era servida,
Fría como un lenguado bajo la luna.
Mis amigos de infancia crecieron para el brillo,
Algunos son senadores que sonríen en las plazas,
Otros se hicieron hombres de industria, empresarios,
En el barco van en el área de los triunfadores.
Yo visito el mismo paisaje de casas repetidas,
Mi único guardaespaldas es el viento.
No fui de los que llenan estadios y coliseos,
Ni el cantante que puede permitirse injuriar
Al auditorio. Nunca llegué más allá de la próxima esquina.
Jamás tuve agallas para disparar contra el tirano,
No abrí un túnel para que todos salieran de la cárcel,
No fui capaz de salir durante el toque de queda,
No monté en pelo el brioso caballo de la guerra
Ni atravesé campos minados para salvar una aldea.
Me dediqué a masticar en la sombra
El pan sin levadura de todas las derrotas.
A veces me pregunto dónde andarán
Los que cambiaron de piel, de casa o de país,
Mientras bebo la misma cerveza
Mientras suena, una y otra vez,
Una canción que habla de visitar la lejanía.


Gracias le digo Juan Manuel Roca por las luces que ha encendido para ayudarnos -sin proponérselo- a cruzar esta oscuridad.

CERATI, GRACIAS POR VENIR

El mensaje de María del Rosario decía “¿Murió Cerati?” quise creer que era una de esas veces (otra vez) en que alguien mata con rumores...