domingo, 3 de noviembre de 2013

UNA COLUMNA SOBRE ROCA


Todos somos un poco los libros que leemos. Eso lo sabe y lo siente un lector. En las páginas con historias de otros nace un nosotros que nos acompaña hasta el minuto de partir. Llevamos a cuestas un equipaje de palabras ajenas que son bastón, luz y también guía. Soy de los que ama el olor del papel, de los que disfruta el tacto al acariciar un libro, la mía es una emoción sencilla y sincera que tiene ánimo de explorador. Me gustan las bibliotecas y las viejas librerías. Por supuesto leo también en pantallas, porque sé que son la ventana de nuestros días y sería necio cerrar los ojos para negar que existe el sol.

No tengo una lista numerosa de amigos que escriban, pero los libros de muchos han sido mis amigos. Hay a quien le vendría bien un poco de literatura para sacudirse la amargura. Hay a quien le vendría bien un poema a esta hora para que sobreviva al resto del día. Hay a quien le vendrían bien unos días de lectura solitaria para que se sienta bien acompañado. Qué hermoso es el oficio del librero de viejo que receta libros a sus pacientes, él como un doctor recomienda medicinas al lector.

Hoy me detengo aquí, levanto el brazo, pido la palabra y de pie digo gracias. Gracias a Juan Manuel Roca por los libros leídos, los poemas encontrados, las recomendaciones que sin saberlo me ha dado. No lo conozco personalmente. Él nunca ha escuchado mi voz, yo sí la suya. Nunca lo he tenido tan cerca como para estrechar su mano. Pero de su mano conocí a Jose Antonio Suárez en aquel precioso semanario que acostumbraba editar en sus años en El Espectador. Y esos dibujos implican y significan tanto en mi vida que nunca terminaré de agradecerle por eso. Y también por tantos autores que empecé a buscar más allá de la prensa semanal. Aquel suplemento literario era un precioso iceberg que, mostrando apenas su cima, te invitaba a bucear para encontrarte con maravillas apenas nombradas: sitios, títulos, eventos… bella agenda plural se daba cita en el Magazin Dominical.

La herencia que deja un escritor está en las páginas que escribe.
La herencia del lector está en contagiar la sed de leer.

Recuerdo el poema de los chicos ciegos que jugaban fútbol en el patio siguiendo una pelota agitada por los ruidos de su interior. Recuerdo la historia de la niña que al caer la noche en la playa le preguntaba a su padre “¿a qué horas abren el mar?”. Recuerdo tantas líneas suyas habitadas por una ternura que es memorable porque es sincera. Recuerdo también ese lado oscuro de la luna que ha sabido retratar al contarnos un país que resulta ser un caníbal de si mismo. Juan Manuel Roca es una referencia necesaria para entender a Colombia. Hay seres humanos como él, que son árbol de buena sombra. Y además fértiles: jamás ha dejado de publicar. Poemas, obvio, pero debes sumar ensayos, crítica y narrativa. Su disciplina, su pasión, aquel nulla diez sine línea -ni un día sin una palabra- han de ser su manera de ser. De un escritor hablan sus libros. Leer también es escuchar.

A usted que me ha acompañado hasta este punto le recomiendo buscar una vieja edición de Luna de ciegos, poemas escogidos 1972-1990 como una forma de adentrarse en la amable roca que es Juan Manuel. Igual puede encontrarlo en una veintena de títulos en los que su voz se afirma, como la roca que es.  Traigo aquí un poema suyo:

ARENGA DEL ANTIHÉROE

Nunca llegué a sitio alguno.
Cuando algunos viajaban por el espacio
Y veían la tierra como una aldea perdida,
Yo miraba en la oscuridad de los armarios
Pequeñas lunas de alcanfor.
Mientras tantos impacientes caían en combate
O petardeaban la posición del enemigo,
Yo era humillado en oscuras oficinas de notarios.
Cuando los inventores de la máquina de sueños
Cenaban con mujeres más bellas que sí mismas,
Mi ración de orfandad me era servida,
Fría como un lenguado bajo la luna.
Mis amigos de infancia crecieron para el brillo,
Algunos son senadores que sonríen en las plazas,
Otros se hicieron hombres de industria, empresarios,
En el barco van en el área de los triunfadores.
Yo visito el mismo paisaje de casas repetidas,
Mi único guardaespaldas es el viento.
No fui de los que llenan estadios y coliseos,
Ni el cantante que puede permitirse injuriar
Al auditorio. Nunca llegué más allá de la próxima esquina.
Jamás tuve agallas para disparar contra el tirano,
No abrí un túnel para que todos salieran de la cárcel,
No fui capaz de salir durante el toque de queda,
No monté en pelo el brioso caballo de la guerra
Ni atravesé campos minados para salvar una aldea.
Me dediqué a masticar en la sombra
El pan sin levadura de todas las derrotas.
A veces me pregunto dónde andarán
Los que cambiaron de piel, de casa o de país,
Mientras bebo la misma cerveza
Mientras suena, una y otra vez,
Una canción que habla de visitar la lejanía.


Gracias le digo Juan Manuel Roca por las luces que ha encendido para ayudarnos -sin proponérselo- a cruzar esta oscuridad.

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