domingo, 19 de enero de 2014

AQUÍ NO ESTÁN MATANDO RAPEROS




Aquí no están matando raperos.

El apodo más reciente en la lista de caídos del hip hop que los medios de comunicación nombran es el de Morocho. Pero, más que Morocho, él era Juan Camilo Giraldo Mazo.  Tenía 14 años. Estudió en la Institución Educativa Eduardo Santos en el barrio El Salado, en la Comuna 13, en Medellín.  A esa edad estás en la frontera entre niño y joven y dadas algunas circunstancias muchas veces te enfrentas a la vida como adulto si vives en un barrio como el de Juan Camilo. Pero sigues siendo niño. Eso no se puede olvidar.

Aquí no están matando raperos.

Sumas nombres, biografías que se restan, fechas de asesinatos que luego son olvido y todo esto que al juntarlo son fragmentos de silencio: 25 de agosto de 2009: Héctor Enrique Pacheco, Kolacho. 4 de julio de 2010: Andrés Felipe Medina. 5 de agosto de 2010: Marcelo Pimienta, Chelo. 13 de marzo de 2011: David Fernando Romero, El Gordo. 26 de marzo de 2011: Daniel Alejandro Sierra Montoya, Yhiel. 30 de octubre de 2012 Elider Varela, Duke. 9 de noviembre de 2012 Roberth Steven Barrera, Garra.  Ellos, junto a Morocho muerto el 12 de enero, vivían todos en la misma comuna 13, en Medellín.

Los titulares de prensa han puesto en el mismo triste inventario de ausencias a Luis Alberto Pacheco, Rasta, asesinado en 2011 en Belén en el sector de La Mota. También cuentan a Alejandro Serna, Alejo Muletaz, abaleado en el barrio Santa Lucía el 25 de abril de 2012 y al grafitero Juan Miguel Otálora, El Zirca , muerto en el barrio Castilla el 29 de junio de 2012.  Balas que vienen, rimas que se van. Hay canciones que nunca más se escucharán igual.

Aquí no están matando raperos.

Y cuando digo aquí no están matando raperos no es ironía, es verdad. No está en las letras de su lírica el motivo de sus muertes. No hay en Medellín una guerra entre crews, no busques en algún lado a un Tupac y en otra esquina a un Notorius B.I.G. ese asunto gansta no es aquí.  No hay una sentencia escrita o implícita de alguna banda particular en contra de los MCs. Sólo sucede que en un lugar de tantas muertes al año la estadística puede leerse como quieras, incluso en contra. El oficio de los raperos está en las calles, como sus problemas también. Aquí el asunto está en las dificultades y las circunstancias que entraña ser joven en ciertas comunidades de la ciudad. No es un conflicto contra el verbo encendido por ese periodismo oral que es el hip hop del barrio, el asunto está en que pocos colectivos son de verdad tan colectivo como esa hermandad que los lleva a repudiar en coro y a marchar y acompañarse, igual en conciertos que en velorios, como devotos de la hermandad del rap. Qué lección de solidaridad le dictan ellos desde ese punto de vista a la sociedad. Su primera lucha es contra la invisibilidad y por eso los ves y no los puedes olvidar. Igual sabrás de ellos si borran al destajo sus grafitis como ya pasó en Medellín un par de meses atrás. Algo han aprendido y conviene tomar nota: ellos no van a callar.

Aquí no están matando raperos.

Pueden vivir para el rap pero pocos pueden decir que viven del rap. Siempre está la obligación de hacer algo más que rapear para buscar el sustento diario. Pregúntale a Crew Peligrosos, a Alkolirykoz, a C15, a Kiño, a Mary Hellen… camina por ahí la excepción y no la norma. Algunos fundan escuela: Los Cuatro Elementos una, Kolacho otra. Y así el germen de resistencia se esparce. Porque la cultura en mi ciudad ha sido herramienta de resiliencia durante décadas.

Al caer en el simplismo de quedarse con la primera línea del periódico que dice  mataron un rapero (otra vez) asistimos a la naturalización del asesinato, nos acostumbramos a leer el cómo y olvidamos que la pregunta es por qué. Y en ese desvío se pierde el quién. Quién mata. Quién muere. Quién sigue. Y algunos confunden entonces el rap con culpa. Así como sospechan del joven sólo por ser joven, como si el que mira desde esta orilla hubiera nacido ya viejo.

Aquí no están matando raperos.

El que han matado es un niño. Y la pregunta es por qué estaba más del lado de la calle que de la escuela. Por qué algunos justifican los actos de una banda criminal como si fueran ellos los encargados de impartir justicia. La familia de Juan Camilo salió ya del barrio sintiendo amenazada no sólo la tranquilidad sino el futuro que desde el principio era ya incierto. Semillas de Futuro siembra el AKA con su escuela en que hip hop y agronomía son parte de la misma canción. Son niños apenas. A ellos los vi llevar en hombros un ataúd blanco con el cuerpo del Morocho adentro. Una misa de niños en una vieja iglesia en martes en la que sólo se escuchaba el llanto infantil. Pocos adultos estuvimos ahí. Creo que de alguna manera esa imagen define todo.

Aquí no están matando raperos.

Tres días antes del asesinato de Juan Camilo Giraldo mataron a Elver Giraldo, también de 14 años, también en la misma comuna. Fue el 9 de enero, iban al mismo colegio pero de él no se habló en la prensa. Tal vez le hizo falta un poco de rap en vida para que al menos pudiera ser noticia.

Una lírica de Alkolirykoz reza: “Si muero al hip hop dono mis órganos”.
Que no mueran violentamente hoy. Que no mueran nunca así.


Pienso en el periodismo y me digo: de nosotros también depende que la vida sea noticia, no sólo la muerte. Porque la realidad respira.

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