lunes, 10 de febrero de 2014

#LECCIONESDEVIDA



Entonces te sientas a escribir la historia de una muerte temprana. Es esa misma historia que ya escribiste antes tantas veces, sólo que ahora es distinto el nombre y distinta la fotografía y distinta la biografía pero es la mima historia que ya has escrito: son niños que se van antes de tiempo. Contra natura los hijos son sepultados antes que los padres y la escena aunque repetida no deja de doler. Esta vez hay algo distinto: un uniforme escolar a las puertas de la primera clase del lunes se tiñe de sangre y muerte y Luisa -así se llamaba- no alcanza a llegar a saludar a su profesor. Lleva la tarea en la mochila pero ya no importa la calificación. A menos de una cuadra de escuchar el llamado a la primera clase la muerte la alcanzó en las balas de un hombre que desapareció dejando atrás lágrimas que no son suyas pero que nacen por su culpa. Una estudiante ha muerto en la puerta del colegio. La misma historia ya no es igual. Nunca lo fue. Jamás serán iguales dos ausencias.

Hay palabras que se pronuncian tanto que su significado se gasta y pierde.
Eso es sabido.
Hay palabras que no se dicen nunca, que resumen lo que pasa, pero pocos saben de ellas porque nadie las pronuncia.
Eso se intuye.
Hay palabras en las que brilla adentro un sol, como cuando dices nuevo día.
Eso se disfruta.
Hay palabras oscuras que pesan sobre nuestro destino.
Eso se puede cambiar.

Un colegio debe ser un lugar a salvo incluso de los peores conflictos tal como lo dicen tantas normas, leyes y convenciones alrededor del mundo cuando hablan de derechos humanos. Como decir guerra y hospital, por citar un ejemplo. Un uniforme escolar debería ser un emblema que no se ataca ni profana. Como decir guerra y Cruz Roja, por ejemplo. De esto se habló el viernes pasado en la jornada de reflexión Lecciones de Vida. Niños que se van antes de tiempo que tuvo lugar simultáneamente en distintos colegios e instituciones educativas de Medellín y en todas las bibliotecas pertenecientes a la Red de Bibliotecas de la ciudad. Este gesto sincero nacido de la muerte de Luisa en cercanías del  I. E. Héctor Abad Gómez también fue eco de los hechos violentos de los que han sido víctimas estudiantes de 27 instituciones educativas en los últimos dos años según registros de la Secretaría de Educación.

Recuerdo un día de mi adolescencia en que en la puerta de mi colegio minutos antes de comenzar clases, era jueves tal vez,  dos carros interceptaron un tercero en el venía a estudiar Juan Luis el mejor de nosotros. Un estudiante como pocos: brillante y de calificaciones perfectas. Un joven excepcional porque siempre fueron por partes iguales su talento y su humildad. Era el tipo de persona que querías tener en la silla de al lado porque iluminaba. En alguno de aquellos dos carros se lo llevaron. Secuestro. Esa era una palabra que correspondía más a la realidad de los narcos que a la nuestra en aquellos días. Aun faltando a clases lo que restaba del año ya lo habría ganado así todo se calificaran en ceros. Se lo llevaron en uniforme. Y volvió en ropa nueva y cansancio muchos meses después. Secuestro extorsivo fue el nombre completo del crimen. En la silla de al lado se sentó la ausencia a terminar los dos bimestres que nos faltaban mientras nos faltaba él. Nunca entendimos cómo alguien pudo hacerle eso a un niño –eso éramos: niños casi- en aquellos días. Tampoco lo entiendo ahora.

José Luis habló conmigo dos días después de su liberación. Me contó lo vivido en la pesadilla. Su mamá me dijo que hablaba muy poco desde que llegó. Que me estaba esperando, dijo. Hablamos la tarde entera. Me pidió que escribiera y publicara su historia con el ánimo de que alguien que pasara por ese mismo dolor suyo pudiera leer en la prensa –como lo hizo él en cautiverio- una historia que le infundiera esperanza al demostrar con su historia que se puede salir vivo del infierno. Quiso José Luis, incluso en ese transe, darnos una lección más. Una lección de vida.

Ahora que lo pienso creo que es justo por eso que sigo escribiendo estas historias que tantas veces son la misma con nombres distintos.

Hay palabras que pueden salvarte.

Escribo con la esperanza de que la misma historia tantas veces repetida tendrá algún día un final distinto.


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