martes, 28 de octubre de 2014

CARTA DESDE MEDELLÍN







1. EL POSCONFLICTO EN PRIMERA PERSONA
¿Cuánto cuesta el posconflicto? Esa pregunta empieza a escucharse en distintos tonos. Una voz grave hace la pregunta pensando en su propio bolsillo, una voz aguda repite que nos quedarán faltando varias reformas tributarias para afrontarlo, otro tenor es el del que responde preguntando ¿cuánto nos cuesta el conflicto? Y la respuesta que invoques habrá de tener presente que una vida es invaluable.

Los expertos de hoy hablan de ocho a diez años como el período al que habrá que llamar así luego de la -muy probable- firma de un acuerdo de paz en La Habana. El General Naranjo estará tomando apuntes desde su nuevo rol de ministro del posconflicto porque lo que está sobre la mesa en los documentos publicados es el pago de una deuda histórica con más de diez millones de colombianos en inversión en vías, servicios públicos, colegios, hospitales, vivienda y ofertas de empleo. Los ojos del Estado han de mirar al territorio que ha caminado a ciegas durante décadas y décadas. Suelos nuestros que viven en el siglo XIX. Y aunque en esas páginas de acuerdos por firmar están trazadas las realidades por cambiar en el campo no se puede olvidar que serán las ciudades las que reciban en mayor medida a los desmovilizados de la guerra que esperamos dejar atrás.

En Medellín lo hemos vivido en primera persona: lo que viene luego de la dejación de armas es una historia que necesita el compromiso de la comunidad para encontrar un mejor destino, no es algo que delegues al Estado y al excombatiente y te desentiendas.

Paz es una palabra muy corta que necesita las manos unidas de todos para poder ser escrita.



 2. NELSON & LOS CHORIPANES
Conocí a Nelson. Tiene apenas algo más de veinte años a lo sumo y una sonrisa amplia y limpia como el corazón que se adivina en su conversación. Es de Chigorodó, eso también se siente al final de sus palabras en su conversación: lleva una brisa de Urabá al hablar. No conoce Argentina y desde hace casi un mes dedica sus días a preparar choripanes. En un día muy, muy bueno logra vender veinte "apenas estamos empezando y todo el que ha venido vuelve".

Nelson no conocía los choripanes un mes antes de trabajar ahí pero ahora habla de su preparación con el mismo interés con el que devora Cien años de soledad, que era el libro que tenía entre manos cuando lo conocí antes de pedirle uno de sus choripanes. Nelson es un buen muchacho: le gusta cocinar, leer y conversar. Cuando ve terminar al comensal su sonrisa vuelve sin haberse ido jamás y pregunta ¿conclusiones? y habla del pan y de la carne y del chorizo y la parrilla y de Remedios La Bella y de la gente que, muerta, resucita en las páginas de Cien años de soledad. El rostro de Nelson se ilumina más -si eso es posible- cuando vuelve a decir una palabra que ama: Urabá.





3. EL MARCAPASOS DE CREW PELIGROSOS
Crítica frontal, sinceridad sin amagues, encuentro raizal... cuando la protesta se convierte en propuesta te encuentras con el sonido de la nueva canción de Crew Peligrosos. Ellos son una de las realidades más interesantes del panorama musical de Medellín y no sólo eso. Para escribir canciones así es necesario reconocer el polvo bajo sus suelas, los kilómetros de país recorrido, un corazón que palpita mientras mira al poniente y no es indiferente a lo visto y lo vivido Colombia adentro. Tanta sensible realidad está contenido en esta canción que -más que oír- los invito a ver y escuchar.
"...un marcapasos, traigan marcapasos pa´ este corazón..."




4. MALAS COMPAÑÍAS
En los parlantes de un carro que cuando sea grande quiere ser discoteca Rubén Blades canta "Plástico". Por un momento creo que lo que se escucha es la banda sonora de la vida del tipo que viene adentro acompañado de una sonrisa a lo Pedro Navaja y las siluetas de unas mujeres que se pierden tan rápido como el carro que acelera antes que el semáforo cambie de color. Unas mujeres que se pierden tan rápido... vuelvo a pensar.

En mi ciudad abundan las siluetas voluptuosas. No es que la genética replique las montañas que nos rodean, es la genética genérica del bisturí que igual hace tetas de molde que labios Angelina Jolie, igual culos de Yayita que cinturas de liposucción. La misma que da confianza a un "esteticista" que no es cirujano sino, en esta corte, otro bufón. Belleza construida a imagen y semejanza del gusto de algún tirano que se acostumbró a ser tratado como dios. Su efecto se ve igual en vallas que en anuncios de televisión, igual en portadas de revistas que en tapas de cuaderno escolar porque así de omnipresente es ése dios.

Veo que el carro que aceleraba ya se fue y fue tan breve la vista que pienso que va en fuga o, por lo menos, que su destino es fugaz.

Y si digo breve y fugaz pienso en la palabra atajo. Esa manía de esta sociedad de buscar el camino más corto que te puede acortar todo lo demás.

Yo no sé cuándo empezó a resultar atractivo para algunas jóvenes buscar lo que las mamás siempre llamaron malas compañías a pesar de tener todas las oportunidades a mano (si: recursos, estudios, familia, amigos, inteligencia, belleza...) Yo no sé cuándo empezó a ser mejor para mujeres así apostar todo por un dudoso presente para perder un futuro prometedor. Yo no sé qué es lo que pasa por la cabeza de esas muchachas, sólo sé que al final te espera el dolor.

Alguien dirá narco, otro dirá bandido (porque el tipo está en una banda) yo les diré -lo que son- asesinos. Que además es tal el tamaño de su soledad que sólo los acompaña lo que pueden comprar. Dirán que la que anda entre la miel algo se le paga, pero por mucho dinero que le den cualquier cantidad es nada porque en cualquier instante sabrás que estás en mal momento en mal lugar y en mala compañía. No hay que estudiar hidrografía para reconocer que los ríos de sangre y dinero malhabido desembocan en el mismo mar.

Pienso en las niñas, en los niños, que no han escogido subirse a otros carros como este que ví y sin embargo ahí van. Ellos, víctimas de la maldad ajena que hace de sus cuerpos campo de batalla, moneda de cambio y dolorosa recompensa. Menores de edad que merecen y necesitan ser salvados.

Recuerdo entonces la discoteca ambulante, el carro aquel en que sonaba Rubén Blades... Y lamento que la canción que esas muchachas escucharan no fuera "Amor y Control".





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