domingo, 19 de octubre de 2014

VÍRGENES EN VENTA



Recién aterrizan en el aeropuerto, llega el transporte que ha de llevarlos a buscar su hospedaje, el acento no señala exactamente su procedencia pero si revela algo cierto: no son de aquí. El conductor lo capta luego de poner el equipaje en el porta maletas. Ellos se asombran de la intensidad de los verdes distintos que ven mientras recorren la vía que, desde oriente, los lleva a la ciudad. Surge la pregunta obvia: ¿qué los trae por acá? ¿negocios o placer? Uno contesta en un español no muy fluido una frase que intenta ser graciosa y que en la misma línea invoca ambas palabras ¿placer me dijo? Y les entrega una tarjeta…

En Colombia la prostitución no es un delito. La prostitución entendida como acto consensuado entre dos mayores de edad, cabe resaltar. La Corte Constitucional en su sentencia T-620 considera que es “inmoral, más no ilegal” y en la sentencia T-629 de 2010 establece la cuestión sobre los derechos laborales de las trabajadoras sexuales. Valga decir que esa tarjeta que entrega el conductor, aquella página de internet, esta fiesta en un lugar sin emblemas ni avisos, esa cita en el lobby de aquel hotel, incluso esas jóvenes cerca del simposio internacional o las que llegan pasada la medianoche al centro vacacional sí pueden considerarse delitos si en juego está un menor de edad y si hay allí quienes estén contra su voluntad. Hablo de explotación sexual infantil, hablo de trata de personas, hablo de pedofilia. Y no estoy hablando de pasaportes raptados en un país del lejano oriente, señalo que esto sucede entre nosotros. La noticia de las tres redes de comercio sexual infantil desmanteladas el 12 de octubre en operaciones policiales que involucraron autoridades de Estados Unidos y Colombia evidencian lo que no se puede ocultar. Hablamos del abuso de niños en Armenia, Cartagena y Medellín.

Lo repetiré: no es prostitución infantil, esto se llama explotación sexual infantil. Un niño no se prostituye, a un niño lo explotan.

Hablamos, en el caso de Medellín, de cuatro personas detenidas cuando ofrecían servicios sexuales con menores de edad a clientes extranjeros que resultaron ser agentes encubiertos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE.UU. que trabajan en asocio con el CTI de la Fiscalía. Una de las niñas, menor de 14 años, era ofertada por 2.500 dólares. La razón de su precio es el valor de su virginidad. La virginidad se subasta, los pedófilos pujen por ella. El eslabón por el que se condujo la investigación fueron los seguimientos a un cliente extranjero que frecuentaba a un taxista que lo  contactaba con los proxenetas. Los niños eran mantenidos bajo los efectos del tu.bi.ci o 2bc, una droga sintética parecida al éxtasis, según informa el periódico El Tiempo.

La prostitución rara vez es algo que sucede entre dos aunque así parezca que son las cosas en una cama. En el comercio sexual siempre hay una red que hace posible el delito: un tejido que se hila entre proxenetas, taxistas, conductores de servicios especiales, locales comerciales, hospedajes, hoteles… una línea que corre paralela a la industria del turismo convencional pero que no debe confundirse.



Este es un aviso visible en muchos establecimientos de El Poblado, en Medellín


Según resultados de investigadores públicos que cita la agencia informativa Insight Crime en 2013 desaparecieron casi 600 menores en Medellín -la mayoría niñas- y funcionarios de la Personería de Medellín estiman que las niñas que desaparecen pueden estar siendo “reclutadas” para la trata de personas o la explotación sexual infantil. Este es un mal que obliga una acción conjunta y coordinada entre autoridades y va más allá de la jurisdicción de la ciudad, pues está probado que este flagelo conecta distintas regiones del país e involucra diferentes países a una escala que multiplica el dolor y el anonimato de los menores sometidos a esta explotación. Y no sólo es un asunto de autoridades en lo judicial, ejecutivo o legislativo es una preocupación que exige posiciones de la sociedad. Voces que comprendan la dimensión de esta tragedia y actitudes en consecuencia con la gravedad de esta preocupación.

Detrás de tantas caras se esconde este delito que juega con el engaño que empieza en una invitación en Facebook, que se enmascara tras la promesa de reconocimiento de una dudosa academia de modelaje, que intimida con la amenaza de un combo armado, que empieza con regalos de un desconocido que aborda a una joven en una rumba, que es el final en que desemboca un niño que huye de una casa que más que hogar es una tormenta…

Los mayores de edad envueltos en estas redes deben ser tratados como lo que son: criminales, delincuentes, cómplices. Y los menores han de ser atendidos como lo que son: víctimas.

La infancia es ese tesoro nuestro que debe ser defendido por todos. Porque los niños tienen derecho a soñar con un futuro distinto en el que nadie los ofrezca como vírgenes en venta.



@lluevelove





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