miércoles, 19 de noviembre de 2014

AMÍGOS MÍOS



Hágase amigo de un poeta —puede estar vivo o muerto, ese detalle no es obstáculo— y permítase la compañía de unos versos de vez en cuando. Léalo como quien escucha las palabras de una de las personas más cercanas que ha conocido, de seguro encontrará una voz que le está hablando únicamente a usted. Yo frecuento a Ángel González y a Darío Jaramillo Agudelo, charlamos animadamente durante horas. Uno de ellos está muerto, el otro está vivo y tengo las mismas posibilidades, en mis días, de estrechar la mano con cualquiera de los dos. Sin embargo han sabido acompañarme cuando se los he pedido. No son mis únicos poetas amigos, pero los nombro a ellos para proponerle a usted que por curiosidad les busque —a ellos, también a otros— que seguro se dejan encontrar. Hay gente así: capaz de contar una historia íntima que nos contiene a todos. Cuando quiero entender un poco el desvarío de nuestro conflicto, por ejemplo, no busco el discurso de un político de aquí sino Primera evocación, un poema de ese ángel de apellido González…

Recuerdo

bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo

que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra un mal verano.

Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)

recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo

hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,}
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando

la guerra ha comenzado,
lejos nos dicen— y pequeña

no hay por qué preocuparse, cubriendo

de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…

Conviene que entre los amigos que son tus amigos aunque no te los encuentres de cerca jamás haya directores de cine, músicos, narradores, fotógrafos, artistas plásticos, actores, bailarines, escultores, escritores… ir a ellos en sus obras es una forma de darle sentido al silencio que somos nosotros mismos en mitad del murmullo y barullo constante del mundo.
Las películas que escribe y dirige Isabel Coixet me cuentan historias de una forma que yo nunca aprenderé a contar una historia y por eso habrá de ser que resulta, para mí, vecina en el barrio de los días que he vivido. La vida secreta de las palabras, Mapa de sin mí… en títulos así, aunque ella nunca lo sepa, hay algo de mí. Soy amigo de Serrat y de Sabina, de Charly García y Martin Gore, de Nach y Jorge Drexler y una lista amplia que tampoco es infinita porque amigos-amigos no son todos los que he conocido. Los amigos han llegado para quedarse aunque no les veas a diario. Los amigos que me dan canciones me ayudan a respirar, ha de ser porque la música está en el aire. Y adentro de algunas canciones cabe entero este que soy yo. Los busco cuando tengo sed y siempre me dan de beber.
Luis Caballero me estremeció y se hizo inolvidable para mí por rotundo y sensual, de la misma forma que José Antonio Suárez me confirma en cada trazo la belleza magnífica por minúscula de lo cotidiano. La belleza que veo en la belleza que sus ojos han sabido mirar me inquieta al mismo tiempo que me da paz. Annie Leibovitz y Rubén Afanador capturan en una foto toda la libertad que quisiera abrazar yo. Y son generosos porque el mundo que han creado lo comparten con todos y conmigo.
Algunos de estos amigos son como viejos sabios de una tribu imaginaria, otros traen humor ironía y picardía y cada vez que nos vemos llaman pronto a mi sonrisa, otros son maestros a los que atiendo con toda la humildad de la que soy capaz cuando vuelvo a mi verdadero lugar: soy aprendiz de aprendiz, nada más.
Todos ellos, aún en la tristeza más honda, me confortan y concilian con el privilegio de estar vivo.
Qué buen amigo ha sido José Saramago que me anima con insistencia a escribir. Qué cálido es el abrazo de Martha Graham que me habla en delicados movimientos en su idioma sin palabras. Qué buen amigo es Ray Loriga que me dio la mano al final de la adolescencia así como Hermann Hesse estuvo conmigo en el final de la infancia mía. Hoy le doy gracias a Joan Miró por su amistad invaluable que me recuerda el valor del juego cada día. Qué buena amiga es Meryl Streep que se propuso, lo sé, no dejarme solo en lo que me quede de vida.
Porque eso son los amigos, son compañía.

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