miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL DOLOR DE SER VIEJO EN COLOMBIA




Envejecer.
Envejecer en Colombia.
Envejecer en Colombia y no tener una certeza.
Envejecer en Colombia y no tener una certeza sobre el breve futuro que te espera.
El taxista al volante tiene tantos años que, juntos, le hacen difícil soportar en el cuerpo el cansancio de un turno que suma hoy casi diez horas. Dice que el día ha sido difícil pero que él aprendió a no quejarse, que eso mismo le enseñó a sus hijos pero que sabe la vida no es fácil y que como a ellos no les ha ido bien entonces no puede dejar el taxi. Apenas hace un rato hizo lo del carro y el patrón y apenas empezó a sumar algún dinerito para poder llevar a casa.
Ser taxista es un oficio muy complejo si no eres el dueño del carro —la mayoría no lo son— el taxi solo se detiene para lavarse, para tanquear o mientras el conductor come algo antes de entregárselo al del siguiente turno que está en las mismas que vos. Te sientas a empezar tu jornada y ya estás debiendo plata: tienes que pagarle al dueño del taxi, cubrir la gasolina de tu turno, entregar el carro lavado y solo a partir de ahí empieza el taxímetro a correr a tu favor. Cada madrugada o cada tarde, según te toque, apenas te sientas para empezar la labor ya estás debiendo entre $60.000 a $80.000 diariamente. Ese viento en contra sopla más fuerte cuando tienes más de 60 años y lo que pase en tu casa mañana depende exactamente de suceda hoy con vos en la calle ante un semáforo que cada vez permanece más tiempo en rojo en frente tuyo.
¿Cuándo empezará el descanso que sabes que no puedes tener?
Cuarenta y ocho millones de personas dicen que somos en este país. Menos de dos millones aquí tienen una jubilación hoy día. Entre ellos 704.208 reciben apenas $600.000 al mes para sobrevivir. El número de ancianos —adultos mayores, disculpe usted— que no son jubilados ni lo serán supera esta cifra con creces. Y con tristeza.
Uno de los hombres más sabios que he conocido es un viejo campesino que, con sus manos marcadas por los trabajos y los días, me dio como presente algunos de los frutos de la tierra que cosechó justo el día en que nos vimos. Me habló de la tierra suya bañada en sangre joven, de los hijos perdidos, de los hijos que huyeron, de su tozudez a quedarse a vivir en una vereda en la que sus vecinos fueron el miedo y la soledad. Me dijo que la asfixia que vive el campo solo la va a sentir la ciudad el día en que los platos vacíos sin arroz, papa, tomate o carne nos demuestren a los del lado de acá que los billetes no se pueden comer. A este hombre el país lo olvidó antes de que fuera el viejo que es y sin embargo el no nos olvida y nos llena el plato y también el suyo para tomarse esta noche una aguapanela y pronunciar con su boca desdentada el nombre de otros que no llegaron a viejos como él. Ellos, esa lista de ausentes, a la que llama familia. Mañana estará de nuevo con sus manos en la tierra para hacer por nosotros lo que nadie hará por él.
Envejecer.
Envejecer y tener que buscar fuerzas.
Envejecer y tener que buscar fuerzas en un lugar que está entre los recuerdos y la esperanza para enfrentarse al día con un sí-señor, no-señor y cargar con perfecto equilibrio el charol, la bandeja, los platos, la bebida y sonreír sin cansancio en el restaurante al que solo puede entrar porque es mesero y comer allí le descuadraría la semana o la quincena. Apurarse a la mesa en la que podrían estar sus hijos —pero no lo son, aunque la edad sea la misma— para atender a los clientes con una devoción que pocas veces ha recibido. Y al final de la noche, al contar las propinas que se han de repartir, se les escucha decir entre labios gracias-a-dios-porque-siquiera-tengo-este-trabajito. Porque hay gente que recibe como bendición la condena de tener que trabajar hasta el último de sus días.
No country for old men es el título de una de las novelas más difundidas de Cormac McCarthy. Y esas palabras no son ficción, la realidad lo dice: No es país para viejos.
Aquello de la fila preferencial para personas de la tercera edad solo es verdad en el letrerito que difícilmente los ojos viejos pueden leer. Lo puedes comprobar en la fila que empieza en las madrugadas del centro de salud en búsqueda de un ficho para pedir la cita médica en la que igual para una artosis que para las señales de un cáncer oculto empezarán por recetarles acetaminofén. Esa fila camina lenta, con frío y dificultad, con un tinto apenas, con necesidad de un pan. La anciana que vende confites aquí cerca confía en que el cliente le ayude a contar las monedas con que le va a pagar. Otros más van por nonagésima vez a visitar al abogado que les va a ayudar a sacar la pensión que ya están debiendo y que mientras no resulte la obligación es no dejar de trabajar aunque ya hayan cumplido edad y semanas de cotizar. Seamos sinceros: para ellos este país nunca dispuso una fila preferencial.
Envejecer.
Envejecer duele.
Y en Colombia el dolor de ser viejo puede doler un poquito más.

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