viernes, 26 de diciembre de 2014

TENDRÉ FE EN EL DESPUÉS


Brevedad. Justo eso es la vida, lo sabe el anciano que en calendarios suma casi cien años. Brevedad. El cielo mismo es un cielo distinto con el desfile de nubes que ahora veo, en el que adivino un mar de figuras que pronto al son del viento no estarán más allí. Brevedad.
Que se queden conmigo los abrazos que di porque, si fueron sinceros, en el abrazo del otro también me he quedado yo. Que se queden conmigo las palabras que habitan los silencios largos que pronuncio porque en ellas está la traducción exacta del sentimiento y la sensación. Estamos hechos de historias, de eso estoy convencido. La cosecha de recuerdos tiende a confundirse con la siembra de traumas porque la semillas nacen en tierra del mismo campo. Que se queden conmigo las memorias que me enseñan a crecer, no las que me atan los pies.
Todas las páginas del periódico se marchitarán rápidamente.
Fugaz. En la nación de la indignación el motivo del próximo enojo colectivo será superado por una noticia que será olvidada por la siguiente noticia que será tan fugaz como pasar la página para llegar a los avisos clasificados que cambian más rápido que la venta de lo que ya se vendió. Fugaz.
Todas las canciones escritas solo para sonar hoy no se escucharán mañana.
No todo habrá de ser eterno presente. Tendré que tener fe en el después. Para darle sentido a las frases que escribo en un teclado o en un papel, a esa mínima huella que dará cuenta que alguna vez estuve aquí antes de volverme, definitivamente, olvido.
Tendré fe en el después porque ahí nace la esperanza. Porque no quiero que me ahuyente la sonrisa el titular nuestro de cada día —que es tan breve y tan fugaz— porque el país en el que vivo merece leer su historia con orgullo y no solo una colección de anécdotas de perogrullo: sé que somos mucho más que la pelea de este con aquel, o una suma de infidencias de las charlas de hombres de corbata y mujeres en traje coctel. Conozco un país que se viste distinto y que vive sus días distinto a lo que nos dan de leer.
Lo mío, lo he entendido, es lo que pasa en pasos adentro después de la puerta de la casa. Lo mío, lo he sentido, es lo que encuentro en la calle de barrio que caminan sus habitantes y no ilustres visitantes. Lo mío es lo más cotidiano, mundano tal vez, más cerca de la tienda de la esquina que del salón de los honorables que nos enseña a diario la tv.
Lo que mis gafas me han ayudado a ver es una nación que tantas veces es mirada con miopía. Me interesan los nombres y las biografías, más que las estadísticas recitadas como letanía. Lo que mis gafas me han ayudado a ver es un lugar que resiste porque insiste en que tiene derecho a algo más. Un país que obra como si supiera de memoria las últimas líneas de Cien años de soledad. Lo que mis gafas me han ayudado a ver es que no se puede ser ciego ante el asombro y el esfuerzo de los que muchos procuran no nombrar. Lo que mis gafas me han ayudado a ver es que debo ser consciente de lo breve y también de lo fugaz.
Para ver, también, lo invisible es que tiene sentido que yo haya llegado a este minuto de la vida en que escribo esto que usted lee en este instante.
Lo mío, lo acepto, es la vida en minúsculas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

HOW TO STEAL A DAUGHTER AND DESTROY THE MOTHER IN THE ATTEMPT

By: Juan Mosquera Restrepo Translation: Talia Sawers She is five months old and wakes up at night looking for her mother. She is five...