domingo, 11 de enero de 2015

dos mil quince


Los calendarios comienzan. También algunas desgracias. Arde París. Distritos en pánico se encierran en sus casas bajo llave e intentan dormir mientras despierta el temor a los desconocidos. El mundo mira, el Terror le devuelve la mirada.
Los calendarios comienzan. También algunas promesas. Por ahí caminan juntos la que dijo que la dieta le quitará los kilos de más y el que el gimnasio solo lo dejará con algunos pesos de menos. Está por estrenarse la lista de promesas de este-año-si que tendrá finales conocidos.
Sin embargo lo vuelves a intentar.
Los calendarios comienzan y la diferencia entre el año que se fue y el que llegó es que todo está un poco más caro, un muchísimo más inalcanzable para muchos, algunos dígitos más altos en el costo de vida son la raíz de una grieta que, tantas veces, es una herida.
El sol es el mismo.
El orden de los días va igual.
Las horas sucederán en idéntica procesión hoy igual que ayer.
El minuto quince vendrá luego del catorce y el reloj dirá —otra vez— que ya pasó tu cuarto de hora.

Lo sabes.
Los calendarios comienzan. Y también la esperanza insiste en palpitar. Piensas que vendría bien que firmaran aquel papel en La Habana para que los verdaderos problemas del país no se sigan ocultando detrás de una sigla —que hace siglos no describe a una guerrilla— que sirve de excusa para no enfrentar los asuntos pendientes que Colombia debe encarar para que un día la paz sea un asunto cotidiano que precise menos titulares de prensa y más conversaciones en la mesa del comedor de la casa de cualquiera.
Los calendarios comienzan.
El mundo es igual y a la vez distinto.
No es necesario que cambie la geografía para que los mapas no sean los mismos.

Tal vez este año tu equipo sea campeón.
Tal vez este año veas en vivo a los Rolling Stones.
Tal vez este año termines aquel libro pendiente.
Tal vez este año entiendas por qué el brillo del sol es amarillo.

Tal vez este año el viento que llevas adentro sople a favor.

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