domingo, 18 de enero de 2015

EL DERECHO A MATAR


Escuchas el sonido del tecleo frente al computador. Luego un silencio. Luego gritos. Luego una ráfaga de disparos en la sala de redacción. Luego escuchas un silencio más espeso. Escuchas luego, casi imperceptible, cómo caen lágrimas por las mejillas de los sobrevivientes. Días después escuchas los pasos de más de dos millones de personas por las calles de Paris. Escuchas que cantan la Marsellesa.
Es que ellos se burlaban de dios. No respetaban siquiera la religión. Yo no estoy de acuerdo con que los maten, claro, pero…
Escuchas una voz ahogada que no se entiende. Hay poca luz en la calle y la nomenclatura de esa esquina, para algunos, dice Peligro. Escuchas un ruido extraño, luego una súplica “lléveselo todo pero no me mate”. Luego un forcejeo y onomatopeyas. Escuchas luego el sonido sordo de un cuerpo que cae de bruces contra el piso y los pasos de alguien que se aleja corriendo.
Es que él ofreció resistencia. Cómo se pone a pelear con un tipo armado. ¿Qué andaba haciendo por allá a esa hora? Eso no le debió pasar, pero…
Da igual. Puede ser el suceso de primera plana mundial o la noticia triste que no llega ni a la última página de los periódicos. Da igual. Después del relato de lo absurdo de un asesinato alguien viene con una frase entre los labios donde resulta casi justificando la sangre derramada aunque —claro— primero dijo que no estaba de acuerdo con “un crimen como estos”.  Hay qué ver el tamaño de las cosas que hay que oír después de un pero así: “no estoy de acuerdo con que los maten pero…”
Es perversa esta lógica que busca primero culpas en la víctima por provocar al victimario antes que condenar al asesino que subvierte el orden natural y no permite que sean los hijos los que entierren a sus padres. Es que ella le puso los cachos… Es que la gente de esos barrios… Es que no respetan… Es que quién sabe qué habrá hecho… Es que, es que, es que…
Es que nada.

Atenuar. Casi justificar. Aquí hizo carrera decir “por algo será” para cubrir con un manto de duda el cuerpo del muerto alivianando el peso de la culpa del gatillero. No puede confundirse el hecho de intentar comprender los hechos de la realidad con el peligroso juego de justificar, de otorgarle razón a la sinrazón.
Siembra muertos y cosecharás fantasmas, dijo alguna vez el escritor argentino Rodrigo Fresán. Y esas palabras resuenan hoy en mi recuerdo antes que llegue el olvido. Memoria, asignatura pendiente en amnesialand.
Permítanme ser claro: el derecho a matar no existe.
Permítanme ser directo: si algo hay sagrado es la vida, no la religión.
El derecho a la vida es la cruzada que merece, de todos los credos juntos, una unánime bendición.

De los crímenes de odio solo nace más odio. Y más crimen.
Del paisaje de crímenes cotidianos el homicidio no puede convertirse en simple paisaje. Cuando sumas asesinatos (que fue por robarle, que fue por celos, que fue porque estaba borracho, que fue por encargo…) no estás sumando números sino biografías que igual que vos querían ejercer el derecho a un final distinto.
Hace poco le escuché decir esto a Antanas Mockus “nuestra meta debe ser que la gente muera aquí de muerte natural” y no hay forma en la que pueda estar aún más de acuerdo. Por eso mismo aprovecho este espacio y estas letras y con mi voz digo a quien me quiera escuchar que los invito a salir el 8 de marzo a la calle a caminar por la vida, por la tuya la mía y la de los demás, por la vida de los otros y por todos nosotros. Cuando digo #Vida8M sé que nuestro compromiso puede —y debe— ir más allá de un hashtag que igual que tantos en este país también estoy dispuesto a firmar.
En cada prueba aprendemos.
Somos alumnos de la vida.
Incluso ante la muerte.


Acedia / Jeremy Geddes


Bonus track Jorge Drexler, una vez más, tiene algo qué decirnos:

…No hay muerto que no me duela,
no hay un bando ganador,
no hay nada más que dolor
y otra vida que se vuela.
La guerra es muy mala escuela
no importa el disfraz que viste,
perdonen que no me aliste
bajo ninguna bandera,
vale más cualquier quimera
que un trozo de tela triste.
Y a nadie le di permiso
para matar en mi nombre,
un hombre no es más que un hombre

y si hay Dios, así lo quiso.
El mismo suelo que piso

seguirá, yo me habré ido;
rumbo también del olvido
no hay doctrina que no vaya,
y no hay pueblo que no se haya
creído el pueblo elegido…”



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