lunes, 18 de mayo de 2015

LA COMIDA DE LA MAMÁ

El asunto es así: un día cualquiera algunas Madres de la Candelaria (madres de desaparecidos) cuentan en una conversación que lo que más extrañan es cocinar para sus hijos que no están. Entonces la idea que surge es cocinar para huérfanos de la guerra que vivimos, niños que extrañan que una madre les cocine con el amor que sólo ellas dan en cada plato servido. Ambos dolores, por un instante, reciben un alivio.


Este es el segundo año en que, en la víspera del día de la madres, decenas de mujeres fuertes con historias tristes preparan esto que más que un almuerzo puedes llamarlo amor. La comida de la mamá es como han dado en llamarle a este instante.

Allí donde está la silla vacía en que se sienta la ausencia de John Edison Lopera, probablemente asesinado en 2003, al que le gustaba tanto la arepa con carne según recuerda su madre se sienta hoy una niña de poco menos de seis años que extraña al padre que no conoció y que le dejó por herencia el nombre que no sabemos si volvió a pronunciar: Valentina. Justo al lado de esta niña se podría haber sentado Cristian Camilo pero cuando algo se supo de él años después de estar desaparecido –es decir: años después de no estar- es que vieron su cuerpo flotando en las aguas del río Cauca con un par de aves de carroña que lo usaron como barca, Teresita cocina pensando en él y luego le sirve a Mariangel que es una (otra) niña con el nombre bien puesto y con la tristeza de que muchos crean que su apellido es Huérfana.

Mientras las sillas de los hijos que no volvieron son ocupadas por chicos que no vieron a sus padres regresar se puede ver el revoloteo de ollas, cuchillos, tomates, carnes, tenedores, arroz, cucharas, y papas que van alimentando el sancocho mientras Ana Zapata –una de las madres que ganó el sorteo para cocinar porque todas querían hacerlo- dice “si usted no perdona se muere. Se deteriora la salud y se acaba la vida”. Entiende uno entonces  que, además, tienen entre manos la receta de la reconciliación.

Doña Adela no hace parte de las Madres de la Candelaria pero dijo que ella quería hacer el postre y venir a servirlo. Doña Adela Correa tiene 86 años y también es madre de una ausencia forzada: su hijo Guillermo Gaviria Correa era Gobernador de Antioquia cuando fue asesinado en cautiverio en medio del fracasado intento de rescate que procuró el Presidente de la República 12 años atrás y que dejó como consecuencia la muerte también del consejero de paz Gilberto Echeverri y siete policías y soldados secuestrados. No se puede olvidar que ellos fueron interceptados en medio de una marcha que promovía la noviolencia y la solidaridad con el municipio de Caicedo que se encontraba literalmente sitiado y desabastecido. Decía, doña Adela se despertó temprano este sábado a cocinar para estos niños y en compañía de su hija Irene sirven el postre fresco que alegra corazones. Y no sólo de los comensales.

La palabra víctima no tiene estrato y nadie está a salvo de ella ni es inmune a las esquirlas de esta estúpida y rancia guerra que nos carcome. Tantos que conoces podrían estar agitando aquí los cucharones en la olla, tantos que conoces podrían sentarse a esta mesa a esperar frente a este plato… Somos hermanos en el dolor.

Pero esta mañana que ya es tarde no es una jornada triste. Las madres y los niños han recorrido el Parque Explora con ojos de quien visita Disneylandia y no se han hecho esperar los gritos y las risas y también las lágrimas de emoción. Ha sido un día inolvidable este sábado y no es exageración. Esperábamos 80 niños y 60 madres y terminamos sumando 263 personas que acudieron a La comida de la mamá. Y digo “esperábamos”, disculpará el lector que me incluya, porque hago parte de las gentes que llevamos adelante Mayo por la Vida una actitud de ciudad o iniciativa ciudadana que promueve la noviolencia y la convivencia aquí y que es  realidad gracias a la alcaldía de Medellín y la participación de más de 70 organizaciones ciudadanas de distinta naturaleza. El mes que proponemos está poblado de momentos como este que les cuento y otros más que tienen un hilo que les une: la inspiración que surge en cada uno de estos instantes y la celebración de vivir bajo el mismo cielo, sobre el mismo suelo. Con todo y las dificultades cotidianas. Nos encontramos por la alegría de palpitar. Porque Medellín tiene mucho qué aprender, claro, pero hoy además tiene tanto por enseñar…



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