miércoles, 9 de septiembre de 2015

damos asco

...ahí está abandonado en la playa. en la playa de nuestra existencia. podría estar dormido en una cama pequeña, casi en una cuna. así se ve su cuerpo sobre la arena: como si apenas besara el sueño tres minutos antes de llegar allí ¿con qué habrá soñado Aylan Kurdi la noche antes de morir en esta pesadilla? sus padres le prometieron que irían a un lugar mejor que su propia casa ¿habrá pensado que después del mar vendrían las sonrisas? tal vez su hermanito Galip compartiría con él la bicicleta que pidió a su padre Abdullah de regalo para cuando llegaran a europa ¿entendería por qué huían los cuatro? la playa del fin del mundo para Aylan es la misma playa a la que un continente va de vacaciones a cantar mediterráneo.
la vida es naufragio y nosotros, todos, como especie, damos asco.
mirando la foto del niño de la playa no hay nadie que no muera un poco. más que insensible es inhumano el que pasa frente a esta imagen sin sentirse atravesado por el tamaño de la tragedia que revela.
vuelvo a escribir la vida en minúsculas con perdón de la editora elisa y el insistente autocorrector. solo mayúsculas para Abdullah el padre, para los 27 años de la madre Rehan, para los 5 años de su hermano Galib, para los tres años de Aylan. solo mayúsculas para quienes intentaron, con valor nacido de la desesperación, acariciar la orilla de la tranquilidad que les negaron en su país y en las embajadas en las que tramitaron en vano la posibilidad de un refugio.
la fotografía lograda por nilüfer demir es imborrable aunque cada ola dibuje un nuevo paisaje en la arena de aquella playa turca en bodrum. esa imagen plena de silenciosa dignidad nos grita en la cara cuánto cuesta la indiferencia, qué injusta es la insolaridad y nos hiere la consciencia. tan poderosa es esta imagen, que nos provoca vergüenza de nosotros mismos, que dos días después alemania y austria han abierto sus fronteras a miles de sirios que escaparon en tortuosa caminata. en la primera jornada siete mil gentes llegaron a suelo germano y mil doscientos más a territorio austríaco. son miles y serán más los que le deberán la vida a Aylan.
mientras tanto canadá, el mismo país que negó socorro y asilo a la familia Kurdi ofrece —ahora sí— recibir como refugiado a Abdullah, único sobreviviente. pero él ha preferido regresar a siria a quedarse a acompañar a sus muertos. tan fuerte como la foto del niño de la playa es la del hombre en el cementerio de los mártires en kobane dando sepultura a su esposa y dos hijos, todavía repitiendo con tristeza esta frase como letanía “mis hijos se escaparon de mis manos” recordando la oscura noche de zozobra y agua profunda en que con sus dos brazos intentó salvar a las tres personas de su famila y solo pudo rescatarse a sí mismo. y hoy se culpa por estar vivo tanto como porque ellos estén muertos.
frontera es una de las peores palabras que pudo concebir el hombre.
días antes de que el mundo conociera a Alyan más de setenta personas morían asfixiadas en el interior de un camión frigorífico abandonado en carreteras austriacas, huían de lo mismo que la familia Kurdi. ellos, igual que Abdullah, pagaron a un traficante con la esperanza de llegar a ver un cielo distinto. el traficante se quedó con el dinero y la tierra con los cuerpos. nadie vio fotos al interior del horror de aquel camión ni de los camiones idénticos con refugiados al borde de la muerte que han sido encontrados después en la misma ruta. el pudor del periodista que se pregunta ¿publicar o no publicar? se acaba cuando Alyan nos mira de costado con sus ojos cerrados.
hay días que la realidad y su espanto no pueden esconderse tras los párpados que no quieren mirar.
cuatro mil euros pagó el padre por la travesía a los traficantes de personas. el dinero lo consiguió con su hermana Tina Kurdi que logró enviarlo con dificultades desde canadá, donde está exiliada, con la esperanza de su llegada a la esquiva europa en playas griegas. pero no hay dinero que compre la certeza de huir a salvo de una guerra. menos aún si una barca inflable con sobrecupo y sin chalecos salvavidas es la única manera de escapar.
Abdallah no tiene casa a donde volver, en junio pasado una bomba lanzada por el estado islámico en su guerra contra los kurdos arrasó con su hogar. por eso buscaban llegar a grecia: para volver a empezar sus vidas sobre unas ruinas distintas.
una silueta triste camina derrotada en siria a esta hora de la historia de la humanidad; es un padre sin hijos, es un esposo sin esposa. vaya a donde vaya lo siguen tres fantasmas y lo última frase que dijo, que gritó, su pequeño Aylan en medio del mar a las tres de la madrugada de su último día con vida: “¡papá, no te mueras!”.
Abdallah no murió.
nosotros sí.










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