domingo, 4 de octubre de 2015

LA LECCIÓN DE HUMANIDAD DE FITO PÁEZ

Somos gente que se quiebra. Estamos rotos. Somos pedazos de pedazos. Sobrevivimos en mitad de las astillas de lo que luego han de llamar biografía. La constante más fuerte en la vida es la fragilidad, lo sabes. Todo lo que puedas quebrar se rompe. Porque también hay personas que son su propio boicot personal. Y, por supuesto,  hay momentos en la vida en que de repente eres consciente de que no eres dueño de tu pulso ni de la frecuencia de tu respiración. Porque el boicot puede venir por mano ajena cuando algo, alguien, se lleva de improviso tu impulso vital y entonces luego eres apenas un recuerdo. Y, después, olvido.

Nada garantiza que mañana estés en el mismo lugar que hoy. Así son los días que vivimos. “Hoy tenemos, mañana no sabemos” reza un dicho en el pacífico nuestro que invita a la celebrar el instante, que es la única certeza.

En la televisión española una pareja acude a juicio acusados del asesinato de su hijo. El juez aún no ha dictado sentencia. Los televidentes si. La radio te cuenta de otra masacre en EE.UU. en la que el asesino múltiple compró sus armas en el supermercado antes de salir a matar a nueve personas y herir a veinte en la universidad pública más cercana. Los periódicos de todo el mundo hablan hoy del “error de inteligencia militar” por el que se ha bombardeado un hospital en Afganistán. Tres doctores de Médicos sin Fronteras mueren en la acción.  El mundo, lo ves, es un lugar a punto de explotar.

Pero las malas noticias no ocurren en la distancia de los medios de comunicación; a un clic o al pasar una página o al prender o apagar un aparato. La fatalidad puede acercarse a tu familia, a tus amigos que también son tu familia, a esa persona que te mira en el espejo con tu cara… nadie está a salvo, por eso es tan importante, de cuando en cuando, tomar sorbos de esperanza.

Y es entonces cuando el arte y la sensibilidad de un ser humano nos dan de beber.

Y es entonces cuando me encuentro con esta lección de humanidad y humildad de Fito Páez.

Vi este video aficionado que registra la visita del cantautor pocos días atrás al Centro de Integración Monteagudo, en el barrio Parque Patricio al sur de Buenos Aires. En algún punto de ese recital improvisado lloré -no es extraño, soy la hija de la lágrima- el asunto es este: el artista visita, alta entrada la noche, este hogar de acogida para personas en situación de calle que es como le dicen hoy a los indigentes. Se lee perfecto en la camiseta de un hombre esta frase: "La calle no es lugar para vivir". Una tela gigante la complementa "La calle no es lugar para vivir. Menos para morir. Basta de represión". Conversa, canta, comparte. Lejos del glamour en todo sentido, con un tecladito sobre una mesa apenas. Ha llevado el pianito de su hija Margarita y no contaba con que conseguirían sonido para amplificar el momento. La música de siempre suena distinto porque es otro el sentido de la interpretación sabiendo la clase de sobrevivientes que componen este público, las mismas letras pero no se oyen igual. Las canciones hablan de la vida de quien la escucha, no sólo de quien las escribió. Son momentos así los que le dan sentido a todo lo demás, pienso.


Fito canta para habitantes de calle en un refugio en Baires

Lo que testimonia este video en medio de la sencillez es la dignidad del encuentro entre personas que dejan en la puerta todo lo que los hace distintos para tener presente que estamos hechos de los mismos átomos de esperanza y necesidad de amor y cariño. No sabes quien está más emocionado porque todos son parte del mismo abrazo.  Días antes cantaba en un atestado Luna Park y dos días después en un estadio en Lima. Y puedes jurar que en el comedor de aquel albergue cantó con las mismas ganas y emoción que en cualquier escenario inmenso al momento de recibir uno más de tantos premios. Y no lo hizo posando para la gran prensa -que no estaba allí- ni para la autopromoción o vanidad en sus propias redes sociales –en las suyas no hay mención ni hubo aviso- sólo sucede porque Páez ve un reportaje sobre Horacio Ávila un hombre que vive en la calle y adelanta Proyecto7 por los derechos de los indigentes y funda, además, un programa de radio comunitaria que bautiza La voz de la Calle. Entonces Fito lo busca para conocerlo e ir al centro de integración y luego hacer lo que el video muestra bajo ese techo de paso. “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”, les dijo Fito que terminó con estas palabras “nadie puede y nadie debe vivir sin amor”.

Vendrá el que critique luego esto que escribo, aprovechando que criticar es gratis, y reclamará que Páez debió hacer más. Y le contesto que no sabemos qué más ha hecho por ellos y que conviene descansar del vicio de apedrear. Recuerdo que el mismo artista, en la cresta de su popularidad en 1993 organiza un concierto a beneficio de UNICEF llena el estadio de Vélez y dona más de un millón de dólares de aquel tiempo, y recién dos años atrás ante los embates de la naturaleza contra su Rosario natal propone un concierto solidario y dona el dinero producido por un disco exclusivamente vendido en línea. Dicen sus amigos que la generosidad es uno de sus rasgos más evidentes y contantes. Diré que generosidad y humanidad riman.     

Recuerdo a la cantaurora cubana Rita del Prado que cierta vez contaba que ante algún desastre natural en la isla acudían a ayudar a reconstruir lo caído y cada quien iba con lo que sabía hacer, así mientras los arquitectos y obreros levantaban de nuevo las casas o reconstruían carreteras, los artistas como ella se presentaban para cantar a los niños y acompañar con canciones las  duras jornadas de trabajo.

Traigo aquí las palabras del talentoso músico y productor Daniel Escobar que escribió estas líneas al ver el mismo video: “amigo artista: por encima del género, de su arte, de la afinación o de los equipos de última generación, lo que usted va a ver en este vídeo es lo que un artista debe ofrecer a su público. Un puñado de hombres y mujeres en situación de calle sanaron por un momento sus heridas y le dieron todo, todo el sentido a las letras de Rodolfo. Si su trabajo como artista logra dejar el mundo un tris mejor que como lo encontró, le ruego que olvide los premios y los estadios llenos. Su trabajo fue útil y puede marcharse tranquilo. Pero si al contrario, no le caben sus premios en casa, llenó estadios en todo el mundo, pero nadie recuerda con una sonrisa o un tris de esperanza lo que usted dijo, aún esta a tiempo de cambiar el mundo con una canción”.

No soy músico, no tengo conmigo una canción, pero sé que todos podemos hacer algo por los demás, juntos podemos ahuyentar algunos fantasmas que nos llevan a laberintos de frío y soledad.

Lo sé porque soy el bastón. Y también el ciego.

Tantas cosas suceden a un corazón de distancia.

@lluevelove



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