lunes, 21 de diciembre de 2015

UN CUENTO (TRISTE) DE NAVIDAD

Empieza todo y no termina nada. Deja a su alrededor una hilera de vasos a medio llenar que ha medio tomado. Toda bebida caliente se enfría, toda bebida fría termina temperatura ambiente. Y el ambiente hierve. Así suele ser el clima en los desiertos, no hay otra forma de describir el paisaje de su vida a esta altura del día. Padre, hijo y espíritu no tan santo de sus propios destrozos consigue arruinar todo suelo que camina, todo lo que pudo ser fértil alguna vez. Si busca un culpable del desasosiego lo encuentra en los espejos o en el primer vidrio de cualquier fachada en la calle que se anime a reflejarlo.

Hay gente tóxica.

Puede dar fe de esto porque conoce el sabor de su propio veneno. Está seguro  que Cristo aplazó su segunda venida a la tierra sólo para no tener que salvarlo a él. Hay días en los que el mundo puede ser un mejor lugar si tiene menos gente que sea peso muerto en el viaje de esta nave espacial que llaman planeta, piensa. Por supuesto ya intentó suicidarse alguna vez pero, como dije, empieza todo y no termina nada. Y hasta su propia muerte es una más de sus obras inconclusas.

De pequeño su madre se ocupó de enseñarle algo que nunca lo ha abandonado: le enseñó a tener miedo. Y tiene miedo a la intemperie, miedo a los gritos, miedo al mañana y miedo al ayer, miedo al viento fuerte y miedo a las alturas en las que siempre sopla un viento fuerte, miedo a las malas noticias y a algunas buenas noticias también, miedo al miedo. Miedo. Miedo que da miedo del miedo que da.

Siempre le ha gustado leer, claro ¿qué otra cosa es una casa de letras sino un refugio? Ahora los libros que no abre se apilan frente a él como países lejanos que no visita por  pérdida del pasaporte y del entusiasmo. Títulos hermosos y sugestivos son invitaciones a las que ya no acude. Aroma de papel y tinta que no perfuma. Libros arrumados como vidas de otros que no llegará a conocer jamás. Fiestas ajenas.

Alguna vez le aconsejaron que, cuando alguien se siente así, es conveniente regalar algunas cosas para que puedan ser aprovechadas por alguien que les de buen uso y no se conviertan en un pesado bloque ante los ojos. Y, de paso, así sentirse más liviano. Él resolvió seguir el consejo y, obviamente, pocos pasos duró el empeño. Reunió varios libros y discos en celofán en una caja que no llegó a la puerta. Y el mundo que hay después de la puerta nunca se enteró de sus regalos porque no llegaron a manos de nadie. De buenas intenciones está asfaltado el camino al infierno, también le han dicho.

Si algo colecciona, casi con esmero, son horas perdidas. Puede llenar relojes de arena con todo lo que ocupa esta playa del descontento. Todo da igual. Igual la noche que el día, igual la madrugada que decir antier. Igual una canción de U2 que una de Fito o García. Todo suena igual. Igual el noticiero de hoy que el de mañana porque todas los noticieros siempre dicen lo mismo: anuncian el fin del mundo. Cualquier plato tiene el mismo sabor para él aunque cambien el menú o la receta. No sólo ha perdido el gusto sino la brújula y el mapa. Está realmente perdido.

Y nadie lo busca.

Su nombre no está en tarjetas de invitación tan comunes en esta época, tampoco su dirección de correo está en bandejas de salida para convidarlo a ser parte de algo. A su teléfono sólo llama el silencio que repica constante. Piensa que nadie lo ha llamado -ha de ser porque nadie lo ha llamado- y entiende que es tiempo de cambiar de plan. Claro, eso podría hacer si tuviera algún plan de vida pero el único plan que tiene es el del celular. Desde luego, debe cambiar ese plan por uno que realmente necesite. Si hace esto lo más probable es que decida dejar de usar el teléfono pues no tiene sentido tener un aifon para consultar feisbuc, tuiter, a veces güasap y tomar de cuando en cuando una foto al cielo sin santos que cubre su ciudad.

En este tiempo hay mil formas de estar conectado a la soledad.

Claro, casi lo olvido, este es un cuento de navidad. Afuera se escuchan villancicos y en la tele no hay canal que no sea católico porque él hace zapping y todo va de novena en novena. Y ni siquiera le gusta la natilla.

Yo miro hacia la ventana del hombre del cuento.

Él apaga la luz.
Intentará dormir temprano esta noche. Aunque no tiene sueño.
Hace mucho que no tiene sueños.

Feliz navidad le deseo. O al menos una noche de paz.


@lluevelove

domingo, 13 de diciembre de 2015

LAS ÚLTIMAS PALABRAS

Mi única noción de futuro está en los trailers, en los adelantos de las películas de cine. Hacen que desees estar en ese momento del calendario para cuando las estrenen. Es la única pantalla que anuncia buenos augurios. Los noticieros, por el contrario, casi parecen decir que todo tiempo pasado fue mejor -aunque no lo haya sido- porque el presente para las noticias siempre es un precipicio parecido al fin del mundo. La condena del eterno presente es que no es eterno ni es presente. Los días que vivimos son tiempos en que la única certeza que llevas contigo es la incertidumbre.
 “Te llaman porvenir porque no vienes nunca”escribió el poeta español Ángel González. Cuánta razón guarda la matemática espiritual de sus versos…
 Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
…Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.
Hay quien tiene un pedacito de confianza en el mañana: sabe bien cuál es el cajón en que guarda el papel de un boleto para ver a los rolinstón o ir al estéreo picnic o tiene un abono para el festival iberoamericano de teatro. Tiene, por certeza, el plan de llevar su cuerpo a ese lugar en aquel día y hora.
Hay quien tiene fe en la promesa de un viaje para el que ya compró tiquetes. Cree en el destino porque esa palabra está escrita en el pasaje para nombrar el lugar al que ha de llevarlo el avión del vuelo programado. Y también destino es el tiempo que aún no sucede pero que, supones, te espera en alguna parte. Dirás que todos esos datos son tu agenda. Diré que es una muestra de fe.
Un calendario siempre es una marca sobre lo invisible.
A veces fijar una fecha en el calendario no es suficiente para que el futuro aparezca tal como lo señalas por más entusiasmo y empeño que pongas en esa suma de número y mes y año. El 23 de marzo de 2016 a más tardar, prometió el gobierno nacional, debe firmarse el acuerdo de paz con el que concluye el proceso que se vive hoy en La Habana. Y aunque la fecha esté ahí no puedes decir que la tinta y las plumas ya están dispuestas y confirmadas al lado de aquel papel.
“Futuro” fue el título que, en buena hora, escogió Barba Jacob entre todas las palabras posibles para nombrar su más intenso poema autobiográfico. Versos que repasan la vida vivida y son una plegaria para antes del olvido. Versos que hoy son pasado definitivo. Memoria de un hombre que ya ha partido. Palabras que nos hablan desde el silencio, que es ese otro aire que compartimos.
Es muy delgada el alma de un almanaque deshojado. Es una ajada colección de papeles vencidos. Las estrellas lo saben: los fugaces somos nosotros, no ellas.
Siempre dijeron que podías escoger tu futuro. Mintieron. La palabra Después es todo un género de ficción. Siempre podrás dibujar un mapa pero no siempre podrás encontrar el tesoro. Y si hay algo que puedes escoger es tu pasado, porque tu decides qué es lo que quieres recordar. Nadie lleva en su espalada el peso consciente de cada minuto de su existencia, el equipaje de cada quien termina siendo la versión que, de sí mismo, tiene cada cual.Y hasta los asesinos encuentran un recuerdo que les ayuda a dormir en paz.
Hay quien ensaya las últimas palabras que podría pronunciar mientras tiene un resto de aire en los pulmones, como la actriz que ensaya su discurso para recibir el premio Oscar frente al espejo empañado, botella de shampoo en mano, luego de ducharse en la mañana. Y en el momento en que suceda –la muerte o el premio Óscar, da igual- no recordará jamás a pie juntillas lo que ensayó para el momento. Una promesa siempre es un intento por derrotar el azar. Y el azar es un jugador que conoce tus cartas y nunca enseña las suyas.
Tantos escritores han dicho esto con mejores y más o menos palabras: la patria es la infancia. Convengamos que esto es cierto. Entonces, al cabo de unos pocos años, todos somos exiliados. Y esa soledad del desterrado nos acompaña toda la vida.
Ya se asoma el futuro. Cuando el porvenir sea presente todo será pasado.



Fotografía de Noell Oszald

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