domingo, 20 de marzo de 2016

PERMÍTANME SER PESIMISTA


Humano en vías de extinción, biodegradable. Acaso esas seis palabras justo con esa coma ahí, puedan describirme en este instante y en el instante que vendrá después. Permítanme ser pesimista. Por un momento. Permítanme ser pesimista. Es el minuto de las horas oscuras. No hablo del apagón que ya viene, que ya está aquí, que ya empezó. Hablo de lo que sientes al mirar por la ventana cuando descubres que esa bruma que cubre todo no está allí para que la describas en un poema sino para que te alarmes y alertes porque es aire contaminado que están respirando el recién nacido y tu madre y tu novio y tu profesor y el príncipe y el mendigo y aquellos niños en clase de educación física y todos en la ciudad y el chico que lleva domicilios en bicicleta acaba de escuchar que no es recomendable andar en bicicleta con el ambiente insalubre que se queda en los pulmones y pensar en hacer deporte antes de las diez de la mañana es casi un suicidio porque el veneno de nuestra existencia flota en partículas en el aire de Medellín y cercanías. Algunos seguiremos levantando la voz para pedir, por lo menos, que apliquen pico y placa el día entero y voluntariamente cada quien guarde su carro lo más que pueda, pero no nos escucharán por que la tos en nuestra garganta hace inentendibles nuestras palabras.

Una fila larga, larga, larga, larga ha encontrado vacío el confesionario al que iban a buscar absolución por sus pecados. Todavía no terminan de estremecerse ante las ya conocidas denuncias contra su pastor. Triste rebaño. Enojado rebaño. Defraudado rebaño. Lo veían en su misa por televisión, oficiaba sus matrimonios y bautizos, les recibía sus entusiastas donativos. Y hablan de los novios del cura y de la hija del padre y de los viejos negocios del capellán narco y dicen de la millonaria demanda entre el párroco y su marido. Y es un mismo sacerdote el protagonista de todas estas historias. Y alguien piensa en los delitos del hombre de 50 años que sedujo al chico de 16 años. Y la jerarquía pide discreción y silencio. Y no se escuchan disculpas o arrepentimiento. Permítanme ser pesimista, eso no va a pasar. Lo que ahora sucede es que algunas señoras de sociedad han pasado a sentirse señoras de soledad.

El Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe es uno de los lugares más bonitos de Medellín. Es un pulmón y también una cita. Allí la Fiesta del Libro tiene su casa y muchas quinceañeras la foto que mirarán incluso cuando sean ancianas. Allí las orquídeas, los pájaros, las flores y también el picnic de todos y el exclusivo restaurante y, ahora, la puerta que se cierra en la cara de un puñado de jóvenes vestidos de un negro demasiado oscuro para las directivas del lugar. Góticos demasiado góticos con sus familias demasiado familiares. El acierto más grande de este jardín, hace pocos años, fue derribar los muros que alguna vez lo separaron de la ciudad que había dejado de visitar ese prado, ese lago y esa sombra. Ahora nos recuerdan enfáticamente que es un lugar privado. Permítanme ser pesimista, la peor muralla es la más alta y se levanta con estas palabras: “Nos reservamos el derecho de admisión”. Frase que rima enterita con discriminación.

Permítanme ser pesimista. Al menos por hoy. Mañana buscaré, de nuevo, razones para la esperanza.


@lluevelove

sábado, 12 de marzo de 2016

YO (TAMBIÉN) TRABAJÉ EN UN SUPERMERCADO


El asunto es este: vas vestido de paisano, es decir: de ti mismo, y caminas entre los cuatro pasillos que el supermercado ha dispuesto para ubicar los juguetes en exhibición dispuestos a la venta. Estos son tus dominios. Debes caminar entre esos anaqueles tantas veces al día como sea necesario hasta que te hagas invisible y entonces puedas hacer tu trabajo. Has venido acá como custodio de la sacro santa mercancía que nadie puede llevarse sin pagar antes en la caja. Eres cazador de una especie en vías de reproducción que llaman escaperos. Los hay, como en todo, profesionales y aficionados. Pero la palabra que aprendí para definir lo que debía perseguir sin ser visto es Ladrón. Así, sin eufemismos. Yo era el agente encubierto que debía detectarlos y avisar a los uniformados que llevan radio en la cintura. Puedes escoger entre sentirte como Johnny Deep en 21 Jump Street o ser el tipo que cuenta los días que faltan para que llegue la quincena. La verdad, ningún trabajo que te haga pensar cada día en cuánto falta para el día de pago es un buen trabajo. El caso es que estaba allí y el oficio de vigilante civil de supermercado era mi trabajo en las vacaciones estudiantes. Nunca me ganó la pereza o me derrotó un prejuicio ante una encomienda laboral. Fui empacador de cucharitas plásticas selladas al calor, repartidor de volantes con horario fijo, anudador de calcetines, vendedor de perros calientes en la puerta de un bar sin edad para entrar al baño del bar, cuidador de casa ajena en vacaciones de los dueños… y bueh, he recorrido otros lugares de la mancha de cuyos nombres no quiero no acordarme. Tengo una colección de empleos-breves-ausentes-de-glamour-y-encanto que podría titularse “La lista que nadie envidia”. Estaba yo en mi segundo día de trabajo caminando entre los estantes y nunca las horas fueron tan largas como las que siguieron al instante después de que me dijeran que estaba prohibido hablar con compañeros en horas de trabajo. Al tercer día llevé un pequeño radio con audífonos para escuchar música mientras fingía estar francamente interesado en las novedades de Barbie para la temporada o comparaba precios entre carritos matchbox a la vez que denunciaba a una falsa embarazada que se guardó en la barriga falsa varias navidades juntas. Estaba en esas cuando las horas fueron aún más largas después que me dijeron que estaba prohibido usar audífonos en horas de trabajo. Fue muy lento el cuarto día. Interminable el quinto día. Y de repente, como si se tratara del génesis, Dios inventó el fuego en el séptimo día. El supermercado ardió en un incendio arrasador. Ardió la noche. Carnes frías, ropas íntimas, vegetales, suavizantes con aroma a lavanda. Todo olía a cenizas la mañana siguiente. Dos días después nos dijeron a todos los trabajadores temporales que nos iban a liquidar el mes completo. No, ni lo piensen: les juro que yo no inicié el fuego.

Cuando entro a un supermercado, créanme, noto al falso cliente que de vez en cuando me sigue. Nos están mirando.

@lluevelove

domingo, 6 de marzo de 2016

NI PASOS DEJO NI PASOS DOY


Ni pasos dejo. Ni pasos doy. Eso entendía yo que decían en la misa de los domingos de mi infancia. Incluso encontraba cierta lógica en esas palabras: al fin y al cabo eran las de un hombre con los pies sujetados por un clavo a una cruz. ¿De qué pasos iba a hablar? La forma en que comprendía el mundo a los seis años estaba llena de frases mal oídas y una lógica ilógica que sólo entendía yo en los silencios que pronunciaba en aquellos días. Pensaba que el lugar en el que nació Jesucristo, para seguir con el tema, era el barrio al que iba el bus de la ruta 172, el bus de Belén. El letrero era grande y clarito con esas cinco letras. Por años pensé que la navidad del mundo había empezado en ese lugar de mi ciudad. En la niñez ni siquiera el peligro se llamaba así. La primera balacera en que estuve me quedé quieto mientras todos corrían a esconderse detrás de la primera puerta que encontraron abierta. En la calle se escuchaban los estallidos contra un carro en contravía y yo me quedé sentado en un murito frente a casa pensando que era pólvora decembrina hasta que mi mamá consiguió entrarme con un grito que se escuchó clarito por encima de cualquier cañón. Me gustaban los zapatos de mi papá porque me sobraba tanto espacio y me faltaba tanto pie que siempre pensaba cuándo sería el día en que yo tuviera esa talla: hacerse mayor no estaba en la edad sino en calzar, mínimo, cuarenta y uno. La primera bicicleta que yo recuerdo tenía una silla larga y un espaldar alto. A mí me llevaban sentado ahí con los pies colgando y mirando hacia la acera que quedaba atrás al ritmo de los pedalazos de alguno de mis hermanos. Todo esto sucedía mientras la luna nos perseguía. Puedo jurar que la luna nos quería alcanzar. Yo era pequeño y delgado, realmente muy delgado. Tanto que me acomplejaban los huesos que sobresalían de mis muñecas. Comía grandes tomates verdes con la misma emoción con que Adán mordió la manzana, me gustaban las zanahorias por su sabor y porque mi mamita dijo que eran buenas para los ojos. Comí muchas. Debí comer más. Desde quinto de primaria uso gafas permanentes. ¿Por qué no pregunté qué fruta, qué hortaliza servía para los oídos? ah, si, después lo supe: “mi paz os dejo, mi paz os doy”. Así era que decían en misa.

@lluevelove

EL ÚLTIMO BAR

La casa en que creciste ya no está y con ella se fue tu infancia, lo sabes cuando pasas frente a la fachada que ya es otra, por una calle...