sábado, 12 de marzo de 2016

YO (TAMBIÉN) TRABAJÉ EN UN SUPERMERCADO


El asunto es este: vas vestido de paisano, es decir: de ti mismo, y caminas entre los cuatro pasillos que el supermercado ha dispuesto para ubicar los juguetes en exhibición dispuestos a la venta. Estos son tus dominios. Debes caminar entre esos anaqueles tantas veces al día como sea necesario hasta que te hagas invisible y entonces puedas hacer tu trabajo. Has venido acá como custodio de la sacro santa mercancía que nadie puede llevarse sin pagar antes en la caja. Eres cazador de una especie en vías de reproducción que llaman escaperos. Los hay, como en todo, profesionales y aficionados. Pero la palabra que aprendí para definir lo que debía perseguir sin ser visto es Ladrón. Así, sin eufemismos. Yo era el agente encubierto que debía detectarlos y avisar a los uniformados que llevan radio en la cintura. Puedes escoger entre sentirte como Johnny Deep en 21 Jump Street o ser el tipo que cuenta los días que faltan para que llegue la quincena. La verdad, ningún trabajo que te haga pensar cada día en cuánto falta para el día de pago es un buen trabajo. El caso es que estaba allí y el oficio de vigilante civil de supermercado era mi trabajo en las vacaciones estudiantes. Nunca me ganó la pereza o me derrotó un prejuicio ante una encomienda laboral. Fui empacador de cucharitas plásticas selladas al calor, repartidor de volantes con horario fijo, anudador de calcetines, vendedor de perros calientes en la puerta de un bar sin edad para entrar al baño del bar, cuidador de casa ajena en vacaciones de los dueños… y bueh, he recorrido otros lugares de la mancha de cuyos nombres no quiero no acordarme. Tengo una colección de empleos-breves-ausentes-de-glamour-y-encanto que podría titularse “La lista que nadie envidia”. Estaba yo en mi segundo día de trabajo caminando entre los estantes y nunca las horas fueron tan largas como las que siguieron al instante después de que me dijeran que estaba prohibido hablar con compañeros en horas de trabajo. Al tercer día llevé un pequeño radio con audífonos para escuchar música mientras fingía estar francamente interesado en las novedades de Barbie para la temporada o comparaba precios entre carritos matchbox a la vez que denunciaba a una falsa embarazada que se guardó en la barriga falsa varias navidades juntas. Estaba en esas cuando las horas fueron aún más largas después que me dijeron que estaba prohibido usar audífonos en horas de trabajo. Fue muy lento el cuarto día. Interminable el quinto día. Y de repente, como si se tratara del génesis, Dios inventó el fuego en el séptimo día. El supermercado ardió en un incendio arrasador. Ardió la noche. Carnes frías, ropas íntimas, vegetales, suavizantes con aroma a lavanda. Todo olía a cenizas la mañana siguiente. Dos días después nos dijeron a todos los trabajadores temporales que nos iban a liquidar el mes completo. No, ni lo piensen: les juro que yo no inicié el fuego.

Cuando entro a un supermercado, créanme, noto al falso cliente que de vez en cuando me sigue. Nos están mirando.

@lluevelove

2 comentarios:

  1. Encantador como siempre... Gracias por escribir un domingo... Se me volvió hábito leerte y los domingos sin estas lecturas pierden el interés :)

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    1. Gracias a vos Adriana por acompañarme con tu lectura, que da motivos para seguir pensando en voz alta. Un abrazo.

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