domingo, 6 de marzo de 2016

NI PASOS DEJO NI PASOS DOY


Ni pasos dejo. Ni pasos doy. Eso entendía yo que decían en la misa de los domingos de mi infancia. Incluso encontraba cierta lógica en esas palabras: al fin y al cabo eran las de un hombre con los pies sujetados por un clavo a una cruz. ¿De qué pasos iba a hablar? La forma en que comprendía el mundo a los seis años estaba llena de frases mal oídas y una lógica ilógica que sólo entendía yo en los silencios que pronunciaba en aquellos días. Pensaba que el lugar en el que nació Jesucristo, para seguir con el tema, era el barrio al que iba el bus de la ruta 172, el bus de Belén. El letrero era grande y clarito con esas cinco letras. Por años pensé que la navidad del mundo había empezado en ese lugar de mi ciudad. En la niñez ni siquiera el peligro se llamaba así. La primera balacera en que estuve me quedé quieto mientras todos corrían a esconderse detrás de la primera puerta que encontraron abierta. En la calle se escuchaban los estallidos contra un carro en contravía y yo me quedé sentado en un murito frente a casa pensando que era pólvora decembrina hasta que mi mamá consiguió entrarme con un grito que se escuchó clarito por encima de cualquier cañón. Me gustaban los zapatos de mi papá porque me sobraba tanto espacio y me faltaba tanto pie que siempre pensaba cuándo sería el día en que yo tuviera esa talla: hacerse mayor no estaba en la edad sino en calzar, mínimo, cuarenta y uno. La primera bicicleta que yo recuerdo tenía una silla larga y un espaldar alto. A mí me llevaban sentado ahí con los pies colgando y mirando hacia la acera que quedaba atrás al ritmo de los pedalazos de alguno de mis hermanos. Todo esto sucedía mientras la luna nos perseguía. Puedo jurar que la luna nos quería alcanzar. Yo era pequeño y delgado, realmente muy delgado. Tanto que me acomplejaban los huesos que sobresalían de mis muñecas. Comía grandes tomates verdes con la misma emoción con que Adán mordió la manzana, me gustaban las zanahorias por su sabor y porque mi mamita dijo que eran buenas para los ojos. Comí muchas. Debí comer más. Desde quinto de primaria uso gafas permanentes. ¿Por qué no pregunté qué fruta, qué hortaliza servía para los oídos? ah, si, después lo supe: “mi paz os dejo, mi paz os doy”. Así era que decían en misa.

@lluevelove

7 comentarios:

  1. Conocí en el 2001 un embolador en Armenia, que no sólo entendía exactamente eso mismo, sino que recomendaba que uno debía ser "como Nuetro Señor Jesucristo, que no dio pasos. El mismo lo dijo: ni pasos dejo ni pasos doy".

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    1. ...que un zapatero hable de pasos siempre será un poema. Qué belleza lo que contás.

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  2. Jajaja... ¡Qué belleza de texto Juan!, y juro que me perdí con eso que decían en la misa -no recordaba la versión original- hasta que llegué al final del texto... Qué lindas imágenes-recuerdos... y me reí mucho con lo de la ruta 172 de Belén. :D

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    1. Gracias Marcela por esta visitica: por pasar por acá.

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  3. Hoy no es domingo, es lunes... Y justo un mes después de que dejó su columna se da el milagro de la escritura... Es bueno leer a Juan y saber que los tomates verdes también son mis favoritos

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    1. Gracias Adriana por esperar con esperanza. Imposible dejar de escribir: nulla dies sine linea. Vendrá el día de encontrar alguna vitrina.

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  4. Yo entendía ; mis pasos dejo, mis pasos doy. Y me gaste varias horas de mi infancia reflexionando
    Sobre cómo debía dar esos pasos para que dejaran huellas más
    Marcadas y se dieran cuenta que esos pasos que deje ahí marcados , los deje yo

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