RETRATO HABLADO





Vino Santiago, sobrino bello y talentoso y lleno de convicciones. Vino Santiago a preguntar por el abuelo. El abuelo se fue cuando Santiago era niño. Cuando digo el abuelo se fue estoy diciendo que papá murió hace más de diez años y Santiago vino a reconstruir su historia, con intención de adentrarse en una vida desconocida para él, vino a buscar respuestas a la pregunta ¿de dónde vengo yo? Quiere saber algo más del hombre que lo levantaba por los cielos cuando el cielo estaba a la distancia exacta de unos brazos en alto con un niño sostenido en las manos.

Hablamos un rato.
Hablamos un rato que fueron horas.
Hablamos los dos.
Hablamos los dos. En la conversación estábamos tres.

Preguntó qué creía yo que pensaban mis hermanos -sus tíos- sobre su abuelo. Luego pensé en las versiones distintas del mismo hombre que cada quien construye con lo que dice. Eso somos: un retrato hablado.

Versiones de nosotros andan por ahí hechas con palabras de los demás. Dibujan con adjetivos lo que cada quien piensa sobre otro más. Los ojos que nos miran no son espejo en que te reflejas tal cual, olvídalo. Hay quien piensa que te conoce bien sólo porque sabe tu nombre, como si eso fuera suficiente.

Un silencio lleno de palabras me persigue.
Ya no estoy hablando de Santiago y el abuelo Luis.

Soy un monstruo, dicen, quienes han visto caminar la decepción con mis pasos y mis pies. Y lo soy en la voz de sus amigos. Y en la voz de los amigos de sus amigos. Soy una buena persona, dicen, aquellos a los que alguna vez pude dar la mano. Y se lo dicen a sus amigos. Soy ese que habla pasito, dice el sonidista que tenía que lidiar con el volumen de mi voz en televisión. Soy el que no es tan alto dice el que es más alto que yo. Soy el tipo alto, dice el que es más bajito que yo. Soy ese que escuchó lo que pensabas que no había oído cuando hablabas de mi.

Hay días en que no puedes reconocerte en las palabras de los demás.
Hay días en que no puedes reconocerte tampoco cuando te miras ante el espejo.
Hay días en que, vestido o desnudo, ni siquiera tu piel es de tu talla para cubrirte.

Somos un retrato hablado.
Y suele suceder que el teléfono roto que jugabas de pequeño no se ha quebrado: está ahí. Ya sabes que lo que empieza por decirse en un extremo no es lo mismo que termina por escucharse varios oídos después.


*
Vuelvo al momento compartido con Santiago. Estamos en el sofá. No sé si lo que hemos conversado lo haya podido acercar a alguien que ya no está. No sé si he sido justo con las palabras con que intenté deletrear el recuerdo que tengo de su abuelo. Sólo sé que las palabras son caricia y también herida. Cuando Santiago sale, cierra la puerta, pienso un rato en papá y luego ya no.

Ya es noche y la ciudad se ha convertido en un sonido perdido en tercer plano. Como un rumor. Como sus rumores. Y entonces no olvido que las palabras también son, me consta, una forma de apedrear.


@lluevelove

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