martes, 3 de mayo de 2016

DE ESTO ESTAMOS HECHOS


Hay días en los que te sientes como el último pensamiento de un dinosaurio a punto de extinguirse. Noches en las que sabes que es (muy) cierto cuando dicen: todo lo sólido se desvanece en el aire. Hay tardes en que miras al espejo y solo se reflejan recuerdos, el pasado te mira con tus ojos y ya no ves al que eras y tampoco reconoces al que eres y, por supuesto, no tienes idea de cómo serás después. El futuro aún no llega, solo tienes lo que se va.
En tu boca quedan, como restos de un naufragio, palabras que ya nadie pronuncia, que no todos entienden. Dices: betamax o disquete y recuerdas entre tus dedos el lápiz con que rebobinabas un casete para ahorrar pilas del walkman. La tecnología siempre te dirá, primero que tu cuerpo, que el tiempo es un efecto fugaz. Cada nuevo invento es una nueva forma de nombrar el mundo, cada avance señala que algo de ti se queda atrás, aunque persistas en tu intención constante de actualizarte. Y la vida no tiene botón de reiniciar.
El mundo es un lugar extraño, piensas, aunque eso no sea extraño.
Alguien dio la orden de oír solo música lanzada en la semana en curso, la dictadura de la novedad señala que algo que vio la luz hace un mes ya está pasado de moda y si la fecha de presentación fue seis meses atrás —y corre con suerte— no faltará quien lo llame “clásico”. Entonces te dices: todos somos un poco las canciones que ya no se escuchan.
En este momento muchas células tuyas mueren y otras se renuevan. Otras tantas no vuelven a existir jamás. Estás hecho de átomos y moléculas que dicen adiós.
Detrás de ti camina tu sombra, detrás de tu sombra se queda el camino que apenas has visto porque no quieres bajar la mirada. Y entre el camino y tu sombra está la sombra de tantos más porque nadie camina solo. Ni siquiera los que han de venir adelante.
Estás hecho de todo lo que pensaste que dejabas atrás.

Somos memoria y olvido.
El paisaje en que fuiste más feliz y la mañana en que despertaste triste. El primer beso y los labios que te dijeron que no. El último año bisiesto y el mes que ya pasó. Esa tarde de tu infancia en que hiciste gol en una cancha de tierra con arquerías hechas con piedritas y el último abrazo frente al televisor viendo a Colombia ganar partidos en el mundial. El examen que jurabas que no ibas a ganar y la mención de honor que te dieron después. Somos sábado y lunes y jueves y martes y también domingo. Todos somos el peso que tenemos a la espalda y que aprendimos a llevar.
Somos, claro está, las ganas que tenemos de despertarnos mañana una vez más.
Y somos los amigos que se van.

Porque somos, también, nuestros muertos.





@lluevelove

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