jueves, 23 de junio de 2016

SOMOS UNA CIUDAD EN DEUDA CON UN POEMA


Más de cinco mil personas llegadas de todos los rincones de una ciudad -que son tantas ciudades a la vez- acudieron a ese teatro en medio de un cerro que recuerda los antiguos anfiteatros, ágora del ayer donde la palabra fue —y es— sagrada. Casi seis mil personas eran, éramos debo decirlo, dejando los cuerpos reposar en escalinatas o en la grama en días en que en la mañana y en la noche estallaban bombas y miedo por igual ración. La incertidumbre nunca ha tenido horario. Y allí, en ese instante de la historia reciente de Medellín, una sola persona era multitud y miles eran una sola; lo podías comprobar por la manera de pronunciar un silencio frente a un poema.
Teníamos hambre de palabras y Prometeo nos dio de comer.
Hace veintiséis años Medellín no era el lugar que hoy es, porque si algo somos es este organismo vivo que respira en permanente cambio. Hace veinticinco años éramos, en gran medida, la casa del temor para nosotros mismos y para los demás. Tanto así que no miento ni exagero si te digo que si viviste aquel tiempo y hoy estás leyendo estas líneas vos también sos un sobreviviente.
Y justo en mitad de aquello nació el Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Un acto de valor y fe comenzar a escribir el primer verso de su historia en aquellos días. Un acto de valor y fe insistir, persistir, resistir y existir durante veinticinco años continuos, pero ¿qué otra cosa es la poesía sino justamente eso?
Somos una ciudad en deuda con un poema.
Cuando nadie quería venir a esta ciudad empezaron a llegar poetas venidos de todo el mundo. Cuando ellos regresaban a sus países llevaban consigo una noticia distinta a la que tantos habían leído antes de conocer estas calles de acá y estas gentes de aquí. Y más gente vino después. Y más gente vino después. Y más gente vino después. Y los idiomas que escuchamos fueron distintos. Y los acentos que encontramos eran diferentes. Y las lecturas de poesía fueron en teatros, en cárceles, en bibliotecas, en las escalas del metro, en colegios, en la ciudad entera en lugares impensados. Incluso tiempo después este festival empezó a suceder en municipios cercanos, a ir a otras ciudades del país. Y en boca y letras de los poetas que llegaron convidados recorrió, recorre, el mundo. En mucho ha ayudado la poesía a que la palabra Medellín tenga hoy otro significado.
Los años pasan y los años pesan, el público ha cambiado, aunque más que cambiar —pienso— se ha renovado. Ya otros son los mismos. Recuerdo una conversación décadas atrás con Juan Gelman, año 1995, y me decía que solo en Medellín un poeta podía entender qué significa ser estrella de rock porque tal era el fervor con que se sentía recibido. Y por intelectuales tan importantes como él llegaron luego escritores precedidos por premios y honores y no se hizo raro encontrarse entonces con premios nobel de literatura compartiendo entre nosotros. Y fue natural enterarnos luego que el festival mismo recibió el premio Right Livelihood, conocido mundialmente como “el Premio Nobel alternativo de paz” porque no solo de lecturas vive el hombre: aquí han tenido lugar trascendentales encuentros a la sombra del buen árbol que es este evento; encuentro mundial de poesía joven, escuela de poesía… citas que van más allá de los libros y que han sido sinónimo constante de la defensa de los derechos humanos que es el espíritu que recorre las veinticinco ediciones vividas. Aquí se han vivido dos Cumbres Mundiales de la Poesía por la Paz y la Reconciliación de Colombia. Y es que esa insistencia en la paz, la cotidiana y la política, ha sido el papel sobre el que se ha escrito este poema.
No es fácil dar a luz la palabra.

Por eso aplaudo este regreso constante cada año.
Aplaudo a quienes convocan a la poesía.
Y también aplaudo a la ciudad que hace posible que todo esto suceda.

Decía Alejandra Pizarnik —de mejor manera que yo— que el poema solo existe cuando se cumplen estos tres momentos: primero cuando el escritor siente el poema, luego cuando el poema está en el papel y después cuando el lector con sus ojos lo encuentra. En Medellín esos tres instantes suceden, por eso la poesía está viva.
Toda mesa en que toma asiento un poema, es una mesa de paz.
Hace veintiséis años cuando algunos ordenaron muerte, ellos ofrecieron poesía.

@lluevelove
*Publicado originalmente en Las2Orillas, en 12/o6/15

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