lunes, 18 de julio de 2016

A UN CORAZÓN DE DISTANCIA




¿Cuántas ciudades hay adentro de una misma ciudad? Medellín es una palabra distinta según la voz que la pronuncia. Un sitio del que te sientes orgulloso y también del que te puedes avergonzar. Un lugar que amas con todo el odio del que sos capaz y un lugar que odias con todo el amor que puedes dar. Una misma calle es tantas calles a la vez: distinta para el tendero que ve la vida pasar frente al mostrador, distinta para el niño que la cruza cada día camino a estudiar, distinta para el que en la esquina dio su primer beso, distinta para el que ayer se tuvo que mudar, distinta para el que ha pasado toda su vida en la misma casa, distinta para el que nunca ha ido y le contaron historias sobre cómo es la vida por allá.

Esta ciudad ha sido mi hogar y caminar sus calles, de alguna manera, es lo que otros llamarían ir a la oficina. Es aquí donde aprendí a ser y contar.

Recuerdo que hace años salir a grabar era también salir a vencer prejuicios: una cámara no es un detector de crímenes aunque el periodista, tantas veces, sea un detective. Los niños nos veían llegar a su barrio y pensaban que algo malo había pasado porque la última vez que habían visto micrófonos cerca era porque el noticiero venían de la mano de la policía.  Ese fue el asunto que debíamos cambiar: demostrar que estábamos allí para escuchar la voz de la vida y no sólo las noticias de la muerte.

Una clase de geografía distinta a la que nos dictan las tragedias también se puede contar en televisión. Es necesario.

He conocido gentes que con sus manos hicieron un barrio. He conocido madres que cuidan como suyos los hijos de otros. He conocido maestros que enseñan más con el abrazo y el consejo que con su rastro en el tablero. He conocido también al que tiene todos los motivos para no levantarse de su cama y sale a la vida y sonríen. He conocido campeones mundiales de deportes que nadie nombra con el orgullo intacto. He conocido asombrosos bailarines a los que nadie les quita lo bailado. He conocido literatos que jamás han publicado una página y escritores que nos ponen un espejo frente a nosotros con sus libros. He conocido héroes armados de canciones empuñando un micrófono.

Caminar Medellín también es recorrer el borde de una herida. Caminar Medellín también es acariciar una cicatriz. La ciudad no es una isla y hace parte de este continente que hoy llamaré país. Los problemas de Colombia, todos, están aquí. Pero también la semilla para solucionarlos, estoy convencido. Y lo digo porque lo he visto incluso cuando la cámara se apaga y sigue la conversación en casa de alguien que me trata ya como parte de su familia.

Como cualquiera he sentido miedo. También he sentido confianza, como cualquiera.

Andar esta ciudad también es una aventura parecida a recorrer el lado oscuro de la luna. Incluso el paisaje es el mismo y el frío también. Es posible sentir que todo está por construirse en ciertas esquinas de este valle: lugares altos que tienen al frente una panorámica preciosa sucesión de edificios distantes como promesa de lo que nunca van a alcanzar. Las manos de ellos construyen muchos de esos sitios a los que nunca regresan. Estás aquí, cuentas una crónica, y sabes que este lugar está lleno de causas perdidas por ganar:  la primera es contra la inequidad. Así aprendí que la cámara debe estar a la altura de los ojos, ser la mirada del otro, para contar su historia con dignidad.

Las cámaras me llevaron a  mi y a los televidentes a lugares que jamás hubiéramos conocido si no hubiéramos estado juntos. Y puedo decir que esos lugares de mí no se han ido. Ése efecto tiene esta ciudad. Las puertas se fueron abriendo, igual las ventanas de casas modestas y salas privilegiadas, hasta las cocinas  han sido lugar de visita. Igual en pisos altos, estratos altos o barrios altos que en callejones bajos, estratos bajos y las necesidades básicas serán las mismas: necesitamos motivos para la alegría. Tiene razón aquel que dijo que la sonrisa es nuestro idioma universal.

En Planeación Municipal tienen un mapa con un número de barrios. Y tienen razón sus datos como la tienen las oficinas según la lógica y el reloj de las oficinas. Otro mapa tiene el que vive en un barrio que sin planeación de por medio y sin reloj ha visto levantar un barrio para decir dos días después “esto eran mangas”. Comprendí, cámara en mano, que vivimos adentro de un ser vivo y cada uno de nosotros es una célula de esta Medellín que respira como respiramos vos y yo.

Aquí siempre será posible el asombro: una biblioteca comunitaria adentro de la casa de un hombre que no puede salir de casa por una discapacidad pero que sale al mundo con cada libro que comparte, el restaurante comunitario de una mujer que no tenía nada en su nevera y decidió alimentar a los niños de los demás, la creatividad de las chicas que diseñaron cuadernos para zurdos, una cárcel que en un momento se la jugó entera por la noviolencia y lo lograron por largo tiempo, el arriendo de lavadoras a domicilio llevadas en moto, una urbanización con moneda propia, un barrio que después de existir veinte años se bautiza en votaciones hechas por televisión… es usual escuchar a los académicos decir que esta ciudad es un laboratorio cabe la pregunta ¿hemos sabido contar el experimento?

Medellín no es el cielo pero aquí he conocido a un coro de ángeles, de gente valiente, que nunca ha perdido la voz. Que pronuncian sus sueños en voz alta. Y con su trabajo lo hacen realidad. Para eso me ha servido una cámara: para ser su testigo. Porque delante de ella dicen Yo existo.

También pierdo mis letras para escribir un silencio por los que no están. Por las madres sin hijos. Por los hijos sin padres. Por los hermanos sin hermanos. Porque ése silencio se tiene que escuchar hasta aturdirnos y no olvidarlos. Una cámara en Medellín sirve y es necesaria también para que la ausencia pueda hablar.

Antes de ser periodista siempre seré ciudadano, urbanícola que aquí aprendió a caminar, las historias que aquí he vivido están en mi manera de hablar. Mi acento está pleno de rostros que cierro los ojos para verlos una vez más. Tantas cosas suceden a un corazón de distancia…




*Escrito para Telemedellín y publicado en revista m 
en diciembre de 2012




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