martes, 23 de agosto de 2016

UN SENTIMIENTO EXTRAÑO



Un sentimiento extraño. Una noche extraña. El mensaje de las 8:08pm que llega al teléfono dice que que se ha cerrado la negociación, que se ha llegado al final del acuerdo. La renuncia a las armas, el compromiso de verdad, justicia, no repetición y reparación está en pie. El cese definitivo de acciones violentas ya fue puesto en marcha, ahora además está la desmovilización, todos los mecanismos de verificación internacional han sido aprobados. Las FARC, tal como las conocimos, no existen más. 

Sí. Así.

Es el fin de la guerra.

El sentimiento es extraño, digo, porque lo que sigue es el protocolo dispuesto para el registro histórico. Si. Histórico. Porque esa es la palabra que define este instante. Aún no hay un sentimiento que flote en el aire, la noche avanza y aunque la noticia empieza a compartirse profusamente no se escuchan vivas en la calle, nada. Porque lo que sigue, además, es una campaña para el plebiscito entre el Si y el No, que realmente es una contienda entre la posibilidad de un futuro distinto o la opción de anclarnos a un pasado peor. Digo peor porque gravitará sobre nuestras cabezas la opción de haberle dicho adiós a la guerra y preferir quedarse a vivir y morir bajo fuego.

También he de decir que vivo en la ciudad en que los votos por el No pueden registrar los índices más altos del país. Esto te hace sentir un poco solo a veces, aunque no menos convencido del Si como único voto posible para pasar la página y escribir un nuevo capítulo para todos en el país, incluidos todos los que no tienen edad para votar y que merecen una biografía diferente a la de sus padres y abuelos. Por eso mismo digo que es un sentimiento extraño: porque una noticia de este tamaño en otro lugar despertaría abrazos entre extraños con la misma pasión que sienten los hinchas cuando la selección de futbol hace gol. Tal vez sea que es muy temprano mientras escribo y es medianoche en estas letras, todavía falta esa imagen ya inminente frente a la Casa de Nariño en que se diga que todo lo acordado está acordado.

Anidan temores, claro. Y también optimismo.

Pueda ser que este sentimiento extraño vea llegar la luz del nuevo día y se convierta en alegría. 
Plena. 
Para todos.


@lluevelove

martes, 16 de agosto de 2016

LA VIDA ES MÁS COMPLEJA DE LO QUE PARECE





La mochila cosida en hilos vegetales de la Sierra Nevada de Santa Marta costaba 85 mil pesos ¿por qué tan cara? preguntó una chica vestida de telas muy costosas que le daban un aire hippie chic como dicen ahora. La indígena sólo le respondió con una mirada. Detrás estaba un tipo que dijo “me la llevo” así, sin pedir rebaja que es lo que se usa por acá, y entonces la señora Wayuú al entregársela le dice “cuídela por favor, que ahí van mis pensamientos y mi energía de las dos semanas de vida que le dediqué a esta tutu mientras mis manos la hacían”. El hombre se fue caminando, mochila en mano, pensando cuánto podían valer dos semanas de vida. Mucho más que ochenta y cinco mil pesos, se dijo.

¿Cuánto cuesta la vida?

Hubo un tiempo, hace décadas, en que en Medellín ofrecían dos millones de pesos por la vida de un policía. Hay días en cualquier calle de Colombia en que alguien muere por culpa de un ladrón de celulares que en un instante muta en asesino por llevarse un teléfono que vende luego por menos de cien mil pesos. El crimen organizado -y el desorganizado también-  le pone precio a la vida. Al menos eso creen ellos. Pero realmente lo que hace es ponerle precio a la muerte.

La vida no tiene precio.

Podrías hacer un ejercicio de matemáticas y sumar lo que se invierte en la existencia de un ser humano. Empiezas las cuentas antes de nacer cuando visitas al doctor y van con él los cuidados en los meses de gestación. Y nace. Y se resfría. Y lo vistes. Y se alimenta. Y sonríe (descuenta eso, es gratis). Y lo llevas a un lugar a aprender. Y aprende. Y quiere esto y aquello. Y procuras que tenga esto y aquello. Y lo cuidas, es decir; inviertes. Y haces lo que sea, cueste lo que cueste, para que esa sonrisa no se pierda. Y él –o ella- luego es independiente, que es lo mismo que decir que se paga los gastos propios. Y sumas. Y sumas. Y un techo y un plato sin hambre y una noche sin frío y todas esas cosas que lo hacen sentir un poco menos solo es lo que busca y consigue. Incluso, si puede, viaja (porque hay seres humanos que viajan sepa usted) y sigue aprendiendo y comprende que los papelitos con próceres, esos que dicen estar respaldados por un oro que nadie ha visto, son necesarios en nuestra comunidad de este lado del mundo para vivir los días según las reglas de lo que el periódico de mañana llamará: el costo de la vida.

La vida conoce del tiempo.  
Pero la vida no es un reloj.
El tiempo es un efecto fugaz.
Y el reloj, después del después, insistirá en su tic tac.
Las horas tendrán minutero y la vida, palpitar.

La vida comienza, luego todo es incertidumbre salvo el omega de este alfa lineal. Ninguna especie en este planeta conoce la inmortalidad. Ni siquiera el planeta mismo, que en algún momento habrá de colapsar. Todos llevamos dentro una bomba en conteo regresivo hacia el final.

Admitámoslo: la vida es este espacio en que baila un compás al trazar un giro sobre un papel.

La vida que se escribe todos los días con los actos más cotidianos es la vida en minúsculas.

voy a escribir las párrafos que siguen en minúsculas. que me disculpe la editora, que me disculpen ustedes los lectores, que me disculpen los diccionarios y el autocorrector del computador.

la vida se vive en minúsculas, al menos la de la mayoría que no estará nunca en el noticiero a no ser que protagonice una tragedia y su nombre sea parte de la lista de algún dolor. la vida se vive en minúsculas porque son más los callados, los que hablan a media voz. la vida en minúsculas es la que llevo yo cuando hago la fila en el banco en la sucursal en que se entrega la mesada de los hombres viejos y de las mujeres cansadas: en la fila de jubilados, en el banco, a un anciano le suena el celular con timbre de Ricky Martin (sí, él si vive en mayúsculas). el celular se lo dio su nieto, de quien no volvió saber nada desde que estaba de moda esa canción. no la cambia, no por qué no sepa cómo —que tampoco sabe, pero podría pedir ayuda— sino porque espera que un día detrás de la música de Ricky Martin pueda escuchar en la llamada, de nuevo, la voz del nieto. lo único que repica es la nostalgia.

en la radio cuentan la expulsión de una pareja gay del centro comercial avenida chile en Bogotá (esa ciudad siempre se escribe en mayúsculas aunque colombia se viva en minúsculas) y luego empatan la historia con la del metro de medellín donde otros se sienten discriminados por cuenta de policías bachilleres que les ordenan no tomarse de la mano “el metro es la iglesia más concurrida de la ciudad” dice el comentarista radial y el conductor del taxi en el que voy dice que si se tocan dos hombres en su carro él les pide que no lo hagan, que si no los baja.le digo que yo me puedo bajar en la próxima esquina. el conductor me dice “no es para tanto señor periodista” yo le digo que así como ellos se cansan también se podría agotar él —de piel oscura como yo— de que lo miren como si fuera distinto siendo, como lo es, que es uno solo el amor.  no me bajo, hablamos de leyes y de comprensión. él dice que si un niño con su madre ve una imagen así cómo le va a explicar la mujer al hijo. yo le digo que siempre será más difícil explicarle al chico por qué se matan todos los días en las calles y en las noticias. el taxista apaga el radio. no me quiere cobrar la carrera, me da las gracias. yo le digo “no es para tanto señor taxista”. pago y me bajo en la puerta de casa.

 “Yesica aga sopita de auyama y con este billete compre el arroz y el hueso”. así es la economía de un país en minúscula: la ilusión espera que luego de la compra con este frágil billete vencido se pueda hacer algo más después de comprar los encargos. este billetico es lo único que tienen y hay que estirarlo y no había dónde más escribir. la cuenta exacta. el hueso para la sustancia, la auyama que es mucha vitamina mija y el arroz que rinde tanto. hoy tampoco hay carne porque yo-no-sé-qué-es-una-quincena-mija. de pronto el domingo, dios mediante, con unos frijolitos bien ricos, mija. yesica tiene poquitos años y mucha experiencia a la hora de cuidar a sus hermanitos. ella sabe que su mamá —cuando está en casa— siempre le va a cocinar con un amor que no cabe en el plato, aunque el plato se vea casi vacío.
es distinta, muy distinta, la vida que se escribe entera en un billete de dos mil.

la vida en minúsculas es la de los apellidos que no heredarán el poder mañana en esta monárquica democracia donde decir los-mismos-con-las-mismas es una forma de describir el paisaje. en letras pequeñas como fila de hormigas se escribe la biografía de los sueños de la mayoría que tiene ambiciones simples como encontrar un techo al final de cada aguacero o no tener que llevar contado el pasaje exacto en el bolsillo que si se pierde una moneda por un rotito es mucho lo que tiene que caminar. en minúsculas se traza el camino de vuelta a casa del que usa bicicleta no por salud postura o moda sino por obligación.

lucy trabaja por días en casas “de familia” realizando servicios domésticos. un día pide permiso para llevar a su hija al trabajo, es decir: a la casa de otro. quiere que su luisa conozca en qué trabaja la madre. lo hace por pedagogía; quiere que su niña vea de cerca un día suyo. ama lo que hace pero quiere para su hija un mejor destino. quiere que nunca deje de estudiar como le pasó a ella. no quiere que repita su historia. lucy quiere que luisa escriba su futuro en mayúsculas, eso me dijo.

*

La vida es un diccionario enciclopédico de tomos y tomos que tomas en tus manos para leer cómo describen las búsquedas de nuestra existencia. Porque la vida nuestra es justo una pregunta que intenta encontrar respuestas. Nos define no sólo lo que está a la vista sino todo aquello que puedes llamar misterio.

El niño al crecer despierta preguntando mil por qués. Y de esas preguntas nacen todas las ciencias. Y de especular con esas repuestas nacen todas las religiones. Y no importa en qué creas, en que no creas o en qué hayas dejado de creer lo cierto es que esta frase simple describe bien lo que quiero decir: la vida es sagrada. Por eso toda guerra es perdida, porque siempre pierde la vida. Por eso cada combate no deja un vencedor sino una herida. Porque nadie quiere conformarse con ser sólo un sobreviviente de cualquier conflicto, porque nadie desea vivir la vida mal vivida. Que tanta historia escrita con sangre sea razón suficiente para cambiar de tinta.

La vida es palabra. La palabra es vida.

Hay palabras que se pronuncian tanto que su significado se gasta y pierde.
Eso es sabido.
Hay palabras que no se dicen nunca, que resumen lo que pasa, pero pocos saben de ellas porque nadie las pronuncia.
Eso se intuye.
Hay palabras en las que brilla adentro un sol, como cuando dices nuevo día.
Eso se disfruta.
Hay palabras oscuras que pesan sobre nuestro destino.
Eso se puede cambiar.

La vida es más compleja de lo que parece.
Pero también es tan sencilla como montar en bicicleta.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. La bicicleta tiene dos ruedas y la calle es tan interminable y misteriosa para él como puede serlo un mapa del tesoro para un viajero virgen en su aventura inicial. El chico pedalea con temor e incertidumbre pero con la misma devoción de una monja el día de su santo. Con esa fe devora los metros que lo llevan desde la puerta de su casa hasta la esquina más próxima; donde termina la cuadra y empieza el mundo. Luego sus piernas le demuestran la confianza que nunca pensó que alcanzaría frente al tablero en clase de matemáticas el día que tenía la respuesta exacta a la pregunta que nadie intentó siquiera adivinar. Y con esa porción de orgullo propio se siente el piloto de su propia vida y la bicicleta es suficiente reino para ser príncipe por lo menos por este momento y dos ruedas lo elevan del suelo al cielo con un sillín de por medio. Se siente capaz de desafiar la furia de dios cuando el impulso es suficiente.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. Avanza como lo hacen las malas noticias, veloz y azarosamente, pero su motor es esperanza en estado puro. El chico, que monta solo la bicicleta por primera vez, cae solo de bruces al asfalto por primera vez con la torpeza que suele esconderse en nuestros más finos movimientos. Le tiemblan las piernas, los brazos, lo único que acelera es su corazón mientras la bicicleta está detenida y sus ojos buscan que nadie lo haya visto tropezar. En la vida cuando das un mal paso y caes siempre sobra un zapato. Recoge todo del piso mientras se levanta con señas de la caída pero no le arde tanto como para no volver a intentarlo y empieza de nuevo a usar el pequeño muro del frente de su casa como si fuera escalera al cielo. El chico se promete que esta vez si será. Y con cada pedalazo su herida empieza a sanar.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. Primero un pie, el cuerpo entero después y ahí va otra vez. Seguro volverá a caer pero no le importa, siempre se levanta con la sonrisa intacta. Yo lo miro desde mi ventana. Y aprendo. Y aprendo.



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Este ensayo hace parte del libro De las palabras / Crónicas y ensayos editado por la Secretaría de Cultura Ciudadana 
de la Alcaldía de Medellín en 2015. 
La versión electrónica del libro puede descargarse aquí: 

















sábado, 13 de agosto de 2016

ME GUSTA VER LOS JUEGOS OLÍMPICOS


Hay frustración y lágrimas. Hay consagración y lágrimas. Las veo en las mejillas de los deportistas y las siento tibias en las mías. El récord y la derrota transmitidos en alta definición. Suenan himnos ajenos de países que no sé siquiera si pronuncio bien, escucho gentilicios que vuelvo a aprender cada cuatro años, me emociono con abrazos de extraños que me devuelven la fe perdida. La misma fe que mañana perderé otra vez. Por un instante para los noticieros de Colombia es más importante el nombre de un deportista que el alias de un criminal. Por un instante, nada más, el fútbol puede dar un paso mínimo al costado para que los directores de noticias entiendan que tener páginas y secciones de deportes quiere decir presentar noticias de deportes en plural y no de fútbol en singular.

Me gusta ver los Juegos Olímpicos porque la fragilidad y la fortaleza compiten por el mismo carril y, a menudo, son expresiones de un mismo atleta. Cuatro años de esfuerzo, sacrificio, entrega y sudor para llegar a estos diez segundos que son todo o nada o todo y algo o todo y tanto. Los libros de historia han dispuesto sus páginas en blanco para que una nueva generación escriba sus hazañas y mantenga encendida la llama que inspira el espíritu de la humanidad que se desafía a sí misma una vez más y hace posible que, por unos días, ser distintos también sea sinónimo de convivencia. Y paz.

Phelps ha derrotado a Leónidas de Rodas dos mil años después y ahora es el hombre con más oros olímpicos que haya nacido jamás. Caterine Ibargüen se prepara para saltar aún más adentro de nuestro corazón. Juan Martín Del Potro entrega la vida en cada partido porque siente que ha resucitado en realidad.  Yuberjén es un nombre que no voy a olvidar porque pelea puño a puño para darle una casa buena a su mamá. Tengo mi emoción dispuesta para seguir los pedalazos de Mariana Pajón. Quiero detener el tiempo y calzarle la zapatilla a Diro la etíope que debía clasificar a la final si no hubiera terminado medio descalza. Oscar Figueroa levanta pesas con el impulso en el envión de quien quiere dejar atrás el olvido y su última operación de espalda. Y la lista sigue, larga, nombre por nombre porque durante los olímpicos todas las banderas pueden ser la mía también: porque me emociono con la entrega de los demás como si todos estuviéramos a punto de ganar.

Me gusta ver los Juegos Olímpicos porque, no sé cómo, me lleva de vuelta a una esquina de la infancia en que la casa estaba llena de medallas y trofeos. Muchos de papá. Muchos de mis hermanos. Algunos míos. Los años del béisbol, el atletismo, del vóley. Los años del jugar por jugar y de ver juntos cada cuatro años cómo se encendía un pebetero que iluminaba cinco aros que nos daban alegría. Y sueños. Y motivos para conversar.   

Me gusta. No puedo explicarlo. No sé todas las normas ni cómo elaboran los puntajes, tampoco conozco el nombre de cada flor y puedo admirar su belleza. Sólo sé que me hipnotiza el movimiento del hombre de los remos igual que la chica detrás la flecha o aquella gimnasta que en el cielo da tres vueltas, tengo fija la mirada en el equipo que se abraza frente a la red después de cada punto y en la pareja de gesto siamés de nado sincronizado y en la fugaz eternidad con que corren los cien metros planos. No es deporte, es poesía.

Todos ellos, héroes tan humanos, están hechos de un extraño material. 
Creo que le llaman fuerza de voluntad. 

Me gusta que de vez en cuando las noticias sean otras.
Aunque sea cada cuatro años.

Más alto, más fuerte, más lejos.
Más alto, más fuerte, más lejos.
Más alto, más fuerte, más lejos.

Así nos decía papá.



@lluevelove






























CERATI, GRACIAS POR VENIR

El mensaje de María del Rosario decía “¿Murió Cerati?” quise creer que era una de esas veces (otra vez) en que alguien mata con rumores...