martes, 16 de agosto de 2016

LA VIDA ES MÁS COMPLEJA DE LO QUE PARECE





La mochila cosida en hilos vegetales de la Sierra Nevada de Santa Marta costaba 85 mil pesos ¿por qué tan cara? preguntó una chica vestida de telas muy costosas que le daban un aire hippie chic como dicen ahora. La indígena sólo le respondió con una mirada. Detrás estaba un tipo que dijo “me la llevo” así, sin pedir rebaja que es lo que se usa por acá, y entonces la señora Wayuú al entregársela le dice “cuídela por favor, que ahí van mis pensamientos y mi energía de las dos semanas de vida que le dediqué a esta tutu mientras mis manos la hacían”. El hombre se fue caminando, mochila en mano, pensando cuánto podían valer dos semanas de vida. Mucho más que ochenta y cinco mil pesos, se dijo.

¿Cuánto cuesta la vida?

Hubo un tiempo, hace décadas, en que en Medellín ofrecían dos millones de pesos por la vida de un policía. Hay días en cualquier calle de Colombia en que alguien muere por culpa de un ladrón de celulares que en un instante muta en asesino por llevarse un teléfono que vende luego por menos de cien mil pesos. El crimen organizado -y el desorganizado también-  le pone precio a la vida. Al menos eso creen ellos. Pero realmente lo que hace es ponerle precio a la muerte.

La vida no tiene precio.

Podrías hacer un ejercicio de matemáticas y sumar lo que se invierte en la existencia de un ser humano. Empiezas las cuentas antes de nacer cuando visitas al doctor y van con él los cuidados en los meses de gestación. Y nace. Y se resfría. Y lo vistes. Y se alimenta. Y sonríe (descuenta eso, es gratis). Y lo llevas a un lugar a aprender. Y aprende. Y quiere esto y aquello. Y procuras que tenga esto y aquello. Y lo cuidas, es decir; inviertes. Y haces lo que sea, cueste lo que cueste, para que esa sonrisa no se pierda. Y él –o ella- luego es independiente, que es lo mismo que decir que se paga los gastos propios. Y sumas. Y sumas. Y un techo y un plato sin hambre y una noche sin frío y todas esas cosas que lo hacen sentir un poco menos solo es lo que busca y consigue. Incluso, si puede, viaja (porque hay seres humanos que viajan sepa usted) y sigue aprendiendo y comprende que los papelitos con próceres, esos que dicen estar respaldados por un oro que nadie ha visto, son necesarios en nuestra comunidad de este lado del mundo para vivir los días según las reglas de lo que el periódico de mañana llamará: el costo de la vida.

La vida conoce del tiempo.  
Pero la vida no es un reloj.
El tiempo es un efecto fugaz.
Y el reloj, después del después, insistirá en su tic tac.
Las horas tendrán minutero y la vida, palpitar.

La vida comienza, luego todo es incertidumbre salvo el omega de este alfa lineal. Ninguna especie en este planeta conoce la inmortalidad. Ni siquiera el planeta mismo, que en algún momento habrá de colapsar. Todos llevamos dentro una bomba en conteo regresivo hacia el final.

Admitámoslo: la vida es este espacio en que baila un compás al trazar un giro sobre un papel.

La vida que se escribe todos los días con los actos más cotidianos es la vida en minúsculas.

voy a escribir las párrafos que siguen en minúsculas. que me disculpe la editora, que me disculpen ustedes los lectores, que me disculpen los diccionarios y el autocorrector del computador.

la vida se vive en minúsculas, al menos la de la mayoría que no estará nunca en el noticiero a no ser que protagonice una tragedia y su nombre sea parte de la lista de algún dolor. la vida se vive en minúsculas porque son más los callados, los que hablan a media voz. la vida en minúsculas es la que llevo yo cuando hago la fila en el banco en la sucursal en que se entrega la mesada de los hombres viejos y de las mujeres cansadas: en la fila de jubilados, en el banco, a un anciano le suena el celular con timbre de Ricky Martin (sí, él si vive en mayúsculas). el celular se lo dio su nieto, de quien no volvió saber nada desde que estaba de moda esa canción. no la cambia, no por qué no sepa cómo —que tampoco sabe, pero podría pedir ayuda— sino porque espera que un día detrás de la música de Ricky Martin pueda escuchar en la llamada, de nuevo, la voz del nieto. lo único que repica es la nostalgia.

en la radio cuentan la expulsión de una pareja gay del centro comercial avenida chile en Bogotá (esa ciudad siempre se escribe en mayúsculas aunque colombia se viva en minúsculas) y luego empatan la historia con la del metro de medellín donde otros se sienten discriminados por cuenta de policías bachilleres que les ordenan no tomarse de la mano “el metro es la iglesia más concurrida de la ciudad” dice el comentarista radial y el conductor del taxi en el que voy dice que si se tocan dos hombres en su carro él les pide que no lo hagan, que si no los baja.le digo que yo me puedo bajar en la próxima esquina. el conductor me dice “no es para tanto señor periodista” yo le digo que así como ellos se cansan también se podría agotar él —de piel oscura como yo— de que lo miren como si fuera distinto siendo, como lo es, que es uno solo el amor.  no me bajo, hablamos de leyes y de comprensión. él dice que si un niño con su madre ve una imagen así cómo le va a explicar la mujer al hijo. yo le digo que siempre será más difícil explicarle al chico por qué se matan todos los días en las calles y en las noticias. el taxista apaga el radio. no me quiere cobrar la carrera, me da las gracias. yo le digo “no es para tanto señor taxista”. pago y me bajo en la puerta de casa.

 “Yesica aga sopita de auyama y con este billete compre el arroz y el hueso”. así es la economía de un país en minúscula: la ilusión espera que luego de la compra con este frágil billete vencido se pueda hacer algo más después de comprar los encargos. este billetico es lo único que tienen y hay que estirarlo y no había dónde más escribir. la cuenta exacta. el hueso para la sustancia, la auyama que es mucha vitamina mija y el arroz que rinde tanto. hoy tampoco hay carne porque yo-no-sé-qué-es-una-quincena-mija. de pronto el domingo, dios mediante, con unos frijolitos bien ricos, mija. yesica tiene poquitos años y mucha experiencia a la hora de cuidar a sus hermanitos. ella sabe que su mamá —cuando está en casa— siempre le va a cocinar con un amor que no cabe en el plato, aunque el plato se vea casi vacío.
es distinta, muy distinta, la vida que se escribe entera en un billete de dos mil.

la vida en minúsculas es la de los apellidos que no heredarán el poder mañana en esta monárquica democracia donde decir los-mismos-con-las-mismas es una forma de describir el paisaje. en letras pequeñas como fila de hormigas se escribe la biografía de los sueños de la mayoría que tiene ambiciones simples como encontrar un techo al final de cada aguacero o no tener que llevar contado el pasaje exacto en el bolsillo que si se pierde una moneda por un rotito es mucho lo que tiene que caminar. en minúsculas se traza el camino de vuelta a casa del que usa bicicleta no por salud postura o moda sino por obligación.

lucy trabaja por días en casas “de familia” realizando servicios domésticos. un día pide permiso para llevar a su hija al trabajo, es decir: a la casa de otro. quiere que su luisa conozca en qué trabaja la madre. lo hace por pedagogía; quiere que su niña vea de cerca un día suyo. ama lo que hace pero quiere para su hija un mejor destino. quiere que nunca deje de estudiar como le pasó a ella. no quiere que repita su historia. lucy quiere que luisa escriba su futuro en mayúsculas, eso me dijo.

*

La vida es un diccionario enciclopédico de tomos y tomos que tomas en tus manos para leer cómo describen las búsquedas de nuestra existencia. Porque la vida nuestra es justo una pregunta que intenta encontrar respuestas. Nos define no sólo lo que está a la vista sino todo aquello que puedes llamar misterio.

El niño al crecer despierta preguntando mil por qués. Y de esas preguntas nacen todas las ciencias. Y de especular con esas repuestas nacen todas las religiones. Y no importa en qué creas, en que no creas o en qué hayas dejado de creer lo cierto es que esta frase simple describe bien lo que quiero decir: la vida es sagrada. Por eso toda guerra es perdida, porque siempre pierde la vida. Por eso cada combate no deja un vencedor sino una herida. Porque nadie quiere conformarse con ser sólo un sobreviviente de cualquier conflicto, porque nadie desea vivir la vida mal vivida. Que tanta historia escrita con sangre sea razón suficiente para cambiar de tinta.

La vida es palabra. La palabra es vida.

Hay palabras que se pronuncian tanto que su significado se gasta y pierde.
Eso es sabido.
Hay palabras que no se dicen nunca, que resumen lo que pasa, pero pocos saben de ellas porque nadie las pronuncia.
Eso se intuye.
Hay palabras en las que brilla adentro un sol, como cuando dices nuevo día.
Eso se disfruta.
Hay palabras oscuras que pesan sobre nuestro destino.
Eso se puede cambiar.

La vida es más compleja de lo que parece.
Pero también es tan sencilla como montar en bicicleta.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. La bicicleta tiene dos ruedas y la calle es tan interminable y misteriosa para él como puede serlo un mapa del tesoro para un viajero virgen en su aventura inicial. El chico pedalea con temor e incertidumbre pero con la misma devoción de una monja el día de su santo. Con esa fe devora los metros que lo llevan desde la puerta de su casa hasta la esquina más próxima; donde termina la cuadra y empieza el mundo. Luego sus piernas le demuestran la confianza que nunca pensó que alcanzaría frente al tablero en clase de matemáticas el día que tenía la respuesta exacta a la pregunta que nadie intentó siquiera adivinar. Y con esa porción de orgullo propio se siente el piloto de su propia vida y la bicicleta es suficiente reino para ser príncipe por lo menos por este momento y dos ruedas lo elevan del suelo al cielo con un sillín de por medio. Se siente capaz de desafiar la furia de dios cuando el impulso es suficiente.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. Avanza como lo hacen las malas noticias, veloz y azarosamente, pero su motor es esperanza en estado puro. El chico, que monta solo la bicicleta por primera vez, cae solo de bruces al asfalto por primera vez con la torpeza que suele esconderse en nuestros más finos movimientos. Le tiemblan las piernas, los brazos, lo único que acelera es su corazón mientras la bicicleta está detenida y sus ojos buscan que nadie lo haya visto tropezar. En la vida cuando das un mal paso y caes siempre sobra un zapato. Recoge todo del piso mientras se levanta con señas de la caída pero no le arde tanto como para no volver a intentarlo y empieza de nuevo a usar el pequeño muro del frente de su casa como si fuera escalera al cielo. El chico se promete que esta vez si será. Y con cada pedalazo su herida empieza a sanar.

Un chico aprende a montar en bicicleta en este momento. Primero un pie, el cuerpo entero después y ahí va otra vez. Seguro volverá a caer pero no le importa, siempre se levanta con la sonrisa intacta. Yo lo miro desde mi ventana. Y aprendo. Y aprendo.



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Este ensayo hace parte del libro De las palabras / Crónicas y ensayos editado por la Secretaría de Cultura Ciudadana 
de la Alcaldía de Medellín en 2015. 
La versión electrónica del libro puede descargarse aquí: 

















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