jueves, 18 de mayo de 2017

NO JUZGO AL SUICIDA




Cada minuto pasa lento.
Las horas son definición exacta de eternidad.
El día puede ser brillante y caluroso afuera, pero adentro la noche y el frío no terminan. El tiempo no es un efecto fugaz. De repente, todo reloj se detiene. Stop. Un estallido. Un crujido. Una convulsión. Luego nada. Luego todo.

No es tan simple y contradictorio como decir: es el suicidio de un comediante, cuando te mencionan a Robin Williams. No es la muerte sorpresiva de Garrik. Es el final de un hombre talentoso que muere de honda tristeza, es la puerta abierta que da al abismo, es esa oscuridad que abraza y encierra como un dolor que no termina. Es la depresión profunda.

La mirada de los otros puede ser pesada como un juicio. Las palabras que se dicen luego de enterarse de un suicidio siempre son un pesquisa que busca descubrir qué estaba roto en una superficie aparentemente lisa y sin fricciones. Todos los prejuicios asoman si el suicida era alguien que “lo tenía todo” es decir; un nombre conocido. Asumes que no tiene urgencias económicas, que era exitoso en su profesión, que gozaba con el reconocimiento social, que lo que había en su vida era sólido, que si se desvanece en el aire es porque llevaba una vida secreta que lo torturaba moralmente, que se lo llevaron sus adicciones, que la única paz para su conciencia era huir… Pero no. No es una receta tan sencilla la que resume una realidad tan compleja. Si la persona es “del común” el prejuicio que asoma se llama “problemas familiares” y entonces los que sobreviven al suicida son auscultados como si fueran culpables de homicidio. Pero no, no es una receta tan sencilla la que resume una realidad tan compleja.
Buscan una razón ante lo que juzgan irracional, de la misma forma en que la iglesia católica no les concedía suelo sagrado a los suicidas para ser enterrados y sentenciaba que estaban condenados a no llegar nunca al cielo aunque hubieran sido santos antes de interrumpir su vida. Ánimas en pena.
El suicidio, entre nosotros, avergüenza y se esconde. El suicidio, entre nosotros, no se nombra por temor al señalamiento. El suicidio, entre nosotros, es un escándalo que prefieren ocultar con versiones distintas que hacen que una familia construya una mentira torpe para ocultar una verdad que siempre será una herida abierta sino se acepta.
No, no juzgo al suicida.
El apellido de Suicidio no es Cobardía.
Es Ausencia.

En Colombia el suicidio es la cuarta causa de muerte violenta. En promedio cada dos días se registran nueve suicidios. En 2013 fueron 1.685 los suicidios que cuenta el Instituto de Medicina Legal. Antioquia es el lugar que más suicidios suma en el país, le siguen Bogotá y el Valle del Cauca. En 2012 los suicidas en el país fueron 1.901 personas. Ocho de cada diez suicidas es hombre. Y podría seguir con los números y estadísticas frías como la muerte pero creo conveniente, en este punto, recordar que atrás de cada cifra se cuenta una biografía, la historia de alguien que alguna vez soñó y tuvo esperanzas, el retrato de una persona que conoció la sonrisa.
La salud mental en Colombia es asignatura pendiente, hablar sobre esto es una conversación necesaria. Este silencio nos cuesta vidas.
Yo no juzgo al suicida. 
El próximo puede estar leyendo estas líneas. Puedes ser tu.
Puedo ser yo.

Sucede un día, al final de una agonía que llevas adentro dormida y que despierta por instantes —que estuvo contigo por años, aunque algunos piensen que fue por días—que entre todos los colores que viste, que viviste, te quedas con el gris. Tu habitación se encoge, se achica, la respiración te falta y sientes que llevas un animal en el pecho, el ataque de ansiedad te acompaña y en cada sombra encuentras una culpa, el miedo tiene mil formas de hablarte, sientes que no puedes redimirte, la pasión ya se ha ido y como ciertas comidas sin sal nada te sabe a nada, eres la hija de la lágrima, el cielo puede estar despejado pero lo tuyo es la tormenta, das la vida —literalmente— por un poco de calma.
La vida es un plano secuencia.
El director respira, por última vez, antes del fade a negro.

Corten.


@lluevelove

texto escrito en agosto de 2014

martes, 2 de mayo de 2017

BOJAYÁ, NUESTRO GUERNICA

Por: Juan Mosquera Restrepo

El 26 de abril de 1937 se ocupó de marcar con sangre el nombre de un pueblo que no estaba en labios de nadie fuera de España: Guernica ahora está tatuado en la historia reciente de la humanidad. El bombardeo con sus explosiones hizo lo posible por desaparecer la población, Picasso con su pintura hizo lo posible para mantenerla en pie. Así el horror, así la resistencia, así la memoria. El Guernica.

Ochenta años.
Ochenta años que se han conmemorado celebrando la pintura y repudiando el bombardeo.

El 2 de mayo de 2002 un bombardeo también, usando cilindros de gas como bombas, y una lluvia de balas de varios días puso a Bojayá en nuestro mapa, porque en Colombia aprendemos geografía a partir de las tragedias. Un templo en ruinas, 79 muertos que minutos antes, vivos, buscaron refugio bajo un Cristo que luego, igual que ellos, volaría destrozado en pedazos. Y decenas de muertos más afuera de la iglesia en esos días. Y miles de personas más desplazadas, desarraigadas, arrancadas de su tierra. Sin casa ni pueblo ni donde volver.

Son quince años.
Son quince años ya. Y me pregunto dónde está esa canción que todos conocen y que nos estremece con el recuerdo de ese llanto, dónde puedo visitar la pintura que nadie olvida y nos atraviesa con trazos que son metáfora de la sangre que no debió derramarse nunca... No sé. No las conozco. Mea Culpa. Busco esa obra con la que el arte nos grita en la cara Bojayá como una madre llamando por su nombre a su hija muerta... y todos los pensamientos me llevan a Jesús Abad Colorado, a esa imagen suya en las ruinas todavía humeantes mientras las lágrimas no se han secado aún en las mejillas de los huérfanos, de las viudas, de los deudos. Y me detengo aquí y pienso en voz alta: este es nuestro Guernica.



NUESTRO GUERNICA 
Jesús Abad Colorado fotografió en mayo de 2002 las ruinas de la iglesia San Pablo Apóstol de Bellavista, Bojayá



El horror tiene nombre y apellido. 
Si hay víctimas hay verdugos. 
Y aquí todos metieron mano en el mismo fuego.
Guerrilla, paramilitares, militares e indiferencia.
A nadie importó el grito.
A nadie despertó el silencio.
Un país bañando sus culpas
en la sangre de un río de sangre 
que desemboca en la boca de sangre
de un mar
que busca un océano de olvido
que no olvida.
El horror tiene nombre y apellido. 



nuestros muertos, nuestras víctimas:












































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Fotografía: Jesús Abad Colorado, Mirar de la vida profunda / Página 61
Cuadros: Centro Nacional de Memoria Histórica, Bojayá La guerra sin límites  / Páginas 125 -135

Comité Víctimas de Bojayá: http://www.comitevictimasbojaya.org/index.php
Informe Memoria Histórica: https://www.centrodememoriahistorica.gov.co/descargas/informes2010/informe_bojaya.pdf

NO JUZGO AL SUICIDA

Cada minuto pasa lento. Las horas son definición exacta de eternidad. El día puede ser brillante y caluroso afuera, pero adentr...