lunes, 19 de junio de 2017


By: Juan Mosquera Restrepo
Translation: Talia Sawers

She is five months old and wakes up at night looking for her mother. She is five months old and in the middle of the afternoon cries in despair because she needs her mother's embrace. She is five months old and in the mornings she misses her mother. Who answers? A grandmother who can only say "she is not here" when the truth is that they snatched the baby and they’re hiding her—so similar to the word kidnapping. She is in a strange country. The baby is called Emma, the mother Nathalie and this drama has names—Charles Lincoln Abott III and Melanie, Emma's father and paternal grandmother, have moved the baby away and are holding her with false accusations against Nathalie with the sole intention of taking away her custody.

They want to steal her daughter from her.

Little Emma is five months old today. Emma was born in Medellín on January 19 of this year at El Prado Clinic. She is Colombian. Although her father is an American, they haven’t yet gone through the procedures for obtaining US citizenship and it may take another six months to obtain it. With that status, Charles and Melanie aim to make it impossible for Nathalie to get Emma back—to have the justice of their own country on their side and to exhaust the mother in her temporary immigrant status.

Nathalie Milfort Blandón is Colombian and an historian. She worked at the Ministry of Culture.

Charles Lincoln Abott III is American and a lawyer. His work involves constant travel.

Nathalie and Charles were dating. Then she became pregnant. Upon receiving the news, Charles reacted by telling her that she could have an abortion, that he was not sure if he wanted to be a father. She continued ahead—she did want to be a mother. Five months into the pregnancy they got married in the United States, then travelled to Colombia, repeated the ceremony and then she gave birth to Emma. The Milfort family have been fundamental company every day that Nathalie has been everything a mother can be to her daughter. The love of grandparents and uncles has been a constant hug for Emma.

On April 15, they travelled to Washington with a provisional passport for the baby. The husband promised stability and protection. She believed the promise. Living there became an unexpected isolation—Charles’s repeated absence, only one friend in the city, basic level English and a mother-in-law convincing her that her sadness was postnatal depression, all ended up boycotting more than the atmosphere. At the same time small gestures began to happen that only with the distance of the consequences took shape as if they had a plan in advance. Melanie took to her house, bit by bit, many belongings of the girl and copied exactly—like in an Alfred Hitchcock film— Emma's room with identical furniture in the identical place and duplicate decor. Charles's mood changed and he started looking for fights where there were none. Everything blew up when Nathalie said she wanted to return to Colombia for a while to tie up work issues and breathe an affectionate air before returning to face the American way of life again.

Emma and Nathalie

There were two episodes clearly manipulated by the father who, locked in his room, called the police to report that his wife wanted to kill him and his daughter. The police went to his house and there was no hint of aggression in Nathalie and soon understood that there was no danger. But they left each time with the legal explanation of the lawyer and with an insufficient version in an English that she barely masters. So Charles was creating the precedent to call on later. In a shaking meeting that Nathalie’s family asked for via Skype from Colombia, the arrival of the police happened before the very eyes of her helpless siblings, and they saw from their computer’s camera, Emma being taken away. Supposedly Nathalie, an unstable woman according to her husband, could attack his daughter. So her father and grandmother took her and for more than two weeks they did not let Nathalie even see Emma…much less feed or caress her, surely.

Emma's passport disappeared from the house. Charles took it without warning, and is now in possession of it.

The voice of the Colombian embassy in Washington has simply recommended that she gets a lawyer and acts quickly while the only nationality of the baby is Colombian—difficult for Nathalie who must look for a way to support herself now that Charles is soon to be her ex-husband. She is legally prohibited from working and the private costs of legal advice are sky-high. One hour? Hundreds of dollars…and pain. Her family has decided to publicise the case in search of the solidarity of public opinion, a closer and more effective company of the diplomatic corps to recover Emma—don’t forget, a five-month-old Colombian girl who is still held by the American father—and make visible a situation that has happened before against Colombian women and their children in foreign countries by couples—like this one—who abuse the fact that they are away from their home.

I write this because I know close up what I tell here. All these words have documents that support them, witnesses that back them up and because it is a truth that appeals for justice.

Emma is entitled to her mother.
Nathalie has a right to her daughter.
The voice of many can help stop this injustice and be a real circle of friends for them both. Nathalie and Emma deserve, need, to be together again.



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Emma and Nathalie Campaign:

domingo, 18 de junio de 2017


Don Luis y Doña Amparo, el papá y la mamá.

Había que verte correr los cien metros lisos. Corrías como si quisieras dejar atrás todo lo que duele del pasado. Los años de la pobreza y las tristezas, los días de ausencias y escasez. Corrías con tanto empeño en ello que fuiste record nacional, el más veloz del país. Corrías con el talento propio de aquellos que quieren aprender a volar para perder contacto con su propia sombra. Pero la sombra, al final, siempre te alcanza.

Corriste a irte pronto.

Tal vez era más fácil decirte Don Luis que decir papá –o Pá- la razón estuvo en algún nervio del afecto que tuvimos atrofiado por ahí. Seguro que en los abrazos que fácilmente doy a otros está un poco el deseo de que los abrazos con vos no hubieran sido tan difíciles. No diré que estaban prohibidos, sólo que pudieron ser más.

También es cierto que pude ir a despedirme de vos y no lo hice.
No creí que ese viernes de mayo que empezó en la universidad donde nos enseñaste la dignidad, el orgullo y el valor de ser el profesor que fuiste siguiera luego en una clínica y terminara el sábado temprano en funeraria. Fue muy rápido. Como todo lo que sucede sin anuncio. La vida es temporal, la partida es fugaz y la muerte, permanente.

Hoy vengo a decirte lo que nunca te dije.   

Si leí todos los libros que pude prestar en la biblioteca en primaria fue para tener excusas para hablar con vos. Casi siempre funcionó. Y me quedó el hábito de leer que agradezco como un legado. Siempre me gustó verte devorar diccionarios con el interés de quien lee una novela de misterio. No heredé tu ingeniería pero sí, en algo, el ingenio. Creo que cualquiera de tus hijos mira fútbol en la tv y escucha de vez en cuando el eco de tu voz en el próximo grito de gol. Hay quien te llora bailando mientras escucha canciones de salsa y mi mamá dice tu nombre en voz alta a diario, por el motivo que sea, como pidiendo ayuda. Una ayuda que no llega.

Me habría gustado conocer el Chocó con vos. He ido algunas veces después de tu muerte a esa tierra de ríos, selva y lluvia a la que no regresaste -salvo para enterrar a tu madre- y vi con mis ojos todo lo que no querías mirar para no convertirte en estatua de sal. Allí supe de un montón de gentes que conocieron al niño que fuiste y que hablan de vos, el adulto que nunca vieron y que fue el que me tocó a mí, diciendo que vos, Luisito, lograste hacer realidad lo que para muchos se queda en intento. El sueño americano de cualquiera que nazca en La Vuelta, en el municipio de Lloró, sigue siendo llegar a Medellín y hacerse profesional para ser otro distinto al que señalaba el primer pronóstico del destino.

Vos lo hiciste.
Y allá todavía te aplauden por eso.

La memoria es selectiva y caprichosa, trabaja en random. Con el tiempo uno no se acuerda de lo que quiere sino de lo que puede. En la misma esquina en que están los recuerdos de infancia en fin de semana yendo con mis hermanos al estadio de fútbol con vos, corriendo atrás tuyo como paticos en fila porque caminabas muy rápido, están las imágenes de la calle vacía en la madrugada que se mira desde una ventana en la que el niño que fui todavía pregunta a ese mismo vacío que si ya viene el taxi, que si ya vas a llegar, que dónde queda la palabra Bar.

Era fácil estar contento si estabas. 
También era fácil estar triste si estabas ahí.

Nunca entenderé por qué corrías tanto, esa pregunta me faltó ¿de qué huías? A veces creo que incluso de nosotros, de tu familia, deseabas escapar. Me gustaría que estuvieras aquí para decirme “¡no, cómo se te ocurre!” y que luego me dieras un abrazo, nada más. Y que luego te volvieras a morir en paz. Pero siempre llevabas prisa, aunque nunca corriste al sentir un temblor de tierra. Con razón la muerte te sorprendió caminando.

Te digo que algunos espejos que nos reflejan sólo sirven para romperlos. Es por eso que todavía hoy no tomo licor, porque no quiero ver en mí lo que vimos en vos. Te digo que en algunas fotos mías no veo mi cara sino la tuya, por eso mismo no esperes que venga pronto el olvido. Te digo que todos somos, también, nuestras ausencias.

Vengo de un país con muchas despedidas pendientes. Donde tanta gente se va de súbito, arrebatada, donde quedan muchas cosas por decir. Lo tuyo aunque natural fue intempestivo y por eso a ese punto final le quedaron además dos puntos suspensivos. Tal vez si hubiera ido aquel viernes de mayo al hospital habría podido decirte algo y tal vez no me hubieras escuchado o tal vez sí o tal vez la anestesia o tal vez el dolor de cinco aneurismas a la vez o tal vez son demasiados tal vez juntos como para sumar una certeza que nunca voy a tener.

Nunca te dije, despacio y al oído, que te odio.
Nunca te dije, despacio y al oído, que te quiero.

Nunca te dije, papá, que hay días en que te extraño tanto.


* publicado originalmente el 29 de marzo de 2015.

jueves, 15 de junio de 2017


Tiene cinco meses y despierta en la noche buscando a su madre. Tiene cinco meses y en mitad de la tarde llora desconsolada porque necesita el abrazo de su madre. Tiene cinco meses y en las mañanas extraña a su madre ¿Quién contesta? una abuela que sólo puede decir "she is not here" cuando la verdad es que a la bebé la arrebataron y la esconden. Tan parecido a la palabra secuestro. Ella está en un país extraño. La bebé se llama Emma, la madre Nathalie y este drama tiene nombres y apellidos: Charles Lincoln Abott III y Melanie, padre y abuela paterna de Emma, han separado a la bebé y la retienen con falsas acusaciones contra Nathalie con la única intención de quitarle la custodia.

Quieren robarle a su hija. 

La pequeña Emma hoy tiene cinco meses.

Emma nació en Medellín el 19 de enero de este año en la Clínica El Prado. Es colombiana. Aunque su padre es estadounidense aún no se han hecho los trámites para acceder a la nacionalidad norteamericana y obtenerla puede tardar seis meses más. A ese estatus aspiran Charles y Melanie para hacer imposible que Nathalie recupere a Emma: tener de su lado a la justicia de ese país y agotar a la madre en su condición de inmigrante provisional.

Nathalie Milfort Blandón es colombiana, historiadora, trabajó en el Ministerio de Cultura.
Charles Lincoln Abott III es estadounidense, abogado, su trabajo implica viajes constantes.


Nathalie y Charles fueron novios. Luego vino un embarazo, al recibir la noticia Charles reaccionó diciéndole a ella que podía abortar, que él no estaba seguro si quería ser padre. Ella siguió adelante; sí quería ser madre. Al quinto mes de gestación se casaron en Estados Unidos, viajaron a Colombia, repitieron el rito y dieron a luz a Emma. La familia Milfort ha sido compañía fundamental cada día en que Nathalie ha sido todo lo que una madre puede ser para su hija. Amor de abuelos y tíos ha sido abrazo constante para Emma.

El 15 de abril viajaron a Washington con pasaporte provisional para la bebé. El esposo prometió estabilidad y protección, ella creyó la promesa. Vivir ahí se convirtió en un aislamiento insospechado: la ausencia reiterada de Charles, sólo una amiga en la ciudad, el inglés en nivel básico y una suegra convenciéndola de que su tristeza era depresión post parto terminaron por boicotear algo más que el ambiente a la par que empezaron a suceder pequeños gestos que solo con la distancia de las consecuencias toma forma como si un plan tuvieran con antelación: Melanie se llevó a su casa, de a poco, muchas pertenencias de la niña y copió fielmente -como en una película de Alfred Hitchcock- la habitación de Emma con idénticos muebles en idéntico lugar y decoración duplicada. El humor de Charles cambió y empezó a buscar peleas donde no había. Todo detonó cuando Nathalie dijo que quería volver a Colombia por un tiempo a cerrar asuntos laborales y respirar un aire afectuoso antes de volver a encarar el american way of life. 

Sucedieron dos episodios claramente manipulados por el padre que, encerrado en su cuarto, llamaba a la policía a denunciar que su esposa quería matarlos a él y a su hija. La policía iba a su casa y no había asomo de agresividad en Nathalie y pronto entendían que no había peligro. Pero se fueron cada vez con la explicación legal del abogado y con una insuficiente versión en el inglés que ella mal domina. Así Charles fue creando el precedente para exigir luego, en una desconcertante reunión que pidió la familia de Nathalie vía skype desde Colombia, la entrada de la policía que llegó ante los ojos de sus hermanos impotentes ante lo que veían por la cámara del computador como se llevaban a Emma. Supuestamente Nathalie, mujer inestable según su esposo, podía atentar contra su hija. Así se la llevaron padre y abuela y durante más de dos semanas no permitieron que Nathalie pudiera siquiera ver a Emma. Mucho menos alimentarla o acariciarla, por supuesto.

El pasaporte de Emma desapareció de casa. Charles se lo llevó sin aviso. Y lo tiene retenido. 

Una imagen por revivir.
La voz de la embajada colombiana en Washington se ha limitado a recomendarle que consiga un abogado y que actúe con celeridad mientas la única nacionalidad de la bebé sea la nuestra. Difícil para Nathalie que debe buscar como sostenerse ahora que Charles va vía a ser ex esposo, ella está impedida legalmente para trabajar y los costes privados de asesoría legal son altísimos. ¿Una hora? cientos de dólares. Y de dolores. Su familia ha decidido hacer público el caso en búsqueda de solidaridad de la opinión pública, de una compañía más cercana y efectiva del cuerpo diplomático para recuperar a Emma -no olvidar: niña colombiana de cinco meses que permanece retenida por el padre norteamericano- y hacer visible una situación que ha sucedido antes en contra de mujeres colombianas y sus hijos en países ajenos por parte de parejas -como esta- que abusan del hecho de saberlas lejos de casa.

Escribo esto porque conozco de cerca lo que aquí cuento. Todas estas palabras tienen documentos que las sustentan, testigos que las respaldan y porque es una verdad que reclama justicia.

Emma tiene derecho a su mamá.
Nathalie tiene derecho a su hija.
La voz de muchos puede ayudar a detener esta injusticia y ser compañía real para ambas.
Nathalie y Emma merecen, necesitan, estar juntas de nuevo. 

Juan Mosquera Restrepo

Ayudemos a que esta sonrisa regrese a casa.


Red de apoyo:
Aquí puede aportar en la campaña de fondos para gastos legales:

Campaña Ayudemos a reunir a Emma y Nathalie de nuevo:

Contacto en Colombia:
Max Milfort 3006105795 /


Hoy pensé en cocuyos, en su brillo intermitente sobre el prado nocturno de la finca de los mellos en Alejandría donde nos invit...