PIEDRAS QUE HABLAN





Conocí el mar a oídas.
Alguien fue hasta un lugar que no sé cuál fue, con playa y palmeras, y trajo de allí algunas historias y conchitas y caracoles. Tomo uno y lo puso en mi oído. Cerré los ojos y escuché un océano entero. Y sonreí.

Conocí Auschwitz, también, sin haber ido.
Gaby regresó de otro de sus viajes por el mundo. La Maestra pasó esta vez por lugares en que sólo puedes caminar en silencio; templos del Nunca Más que nos recuerdan el horror del que el hombre puede ser capaz. Se detuvo en las cicatrices, el ghetto y los campos de concentración. Allí recogió una piedra y tantas millas y horas de vuelo y de insomnio la trajo pensando en mí. Sus hijos le decían si estaba dispuesta a llevar esa piedra por medio planeta a sabiendas de lo que pesa. Y no hablamos de gramos sino de historia y dolor y memoria, esa que tanto pesa.

Y la trajo. Y la puso en mi mano.

Durante una conferencia que compartimos no pude dejar de sostener el holocausto pequeñito en la palma de mi mano aunque la piedra hervía, en algún momento tenía que hablar ante el auditorio y lo primero que salió de mi fueron lágrimas y no palabras. Una tristeza portátil se instaló en mi cuerpo, es el peso de las piedras con historia. Hablamos de no violencia, caramba, hay que ver los caminos que recorre la ironía para convertirse en protagonista de cualquier historia.

Y pensé en las piedras -en todas las piedras- que han estado antes que todos nosotros y que seguirán aquí después que nos hayamos ido. Las piedras se llaman eternidad y nosotros somos arena. Hay piedras capaces de cargar todas las culpas de la humanidad. Tengo una conmigo.

Comentarios

  1. Ay Juan, por mis mejillas también cayeron lágrimas mientras te leía; por increíble que pueda parecer todo indica que para nosotros humanos la no violencia también pesa. Gracias por compartir, gracias hoy y siempre!

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