sábado, 10 de marzo de 2018

VETUSTA: HAY UN SITIO PARA CADA LUGAR

fotografía: Stefanía Ramírez


Morla, la vetusta tortuga de La historia sin fin que escribió Michel Ende es un animal vigoroso y radiante, experimentado y seductor. Puedo decirlo porque acabo de verla hecha música sobre el escenario del Teatro Pablo Tobón Uribe. Hay quien dice que son seis los integrantes de Vetusta Morla, yo estoy seguro que son ocho en un recital porque las luces y el sonido no son acompañantes sino miembros activos de la banda que desborda energía y poesía por iguales dosis en su performance en vivo. Han venido a Medellín sumando el tercer país y su cuarto concierto de este tramo latinoamericano de presentación de su flamante Mismo sitio, distinto lugar un disco que logra lo que parecía ser imposible: superar sus antecesores. Aunque eso no es extraño, los vetusta saben de alquimia y conocen el secreto que les permite ser mejores con cada nueva obra.

Impecable es una palabra que se queda corta al describir la puesta en escena que destaca lo natural y valora nuevamente a la música como corazón de un espectáculo. Este es un viaje por distintos climas que van desde la intimidad que ofrecieron acompañados por el piano de cola Steinway del teatro, al que supieron darle el protagonismo justo, hasta la furia de guitarras distorsionadas sobre percusiones envolventes que transitaron casi de la calma al exorcismo.

Traspasaron el umbral que hace posible que un mismo sitio sea distinto lugar. Sucedió aquí. Esta vez todo fue distinto: llenaron un teatro sólo con su nombre sobre la marquesina a diferencia de sus dos ocasiones anteriores en Medellín cuando fueron parte de carteles colectivos Aquellas fueron actuaciones intensas con los minutos contados, esta vez el tiempo era suyo así como la devoción de cada asistente que coreó sus letras con la fuerza de quien grita al viento una verdad revelada. Sumaron más dos horas desde los primeros acordes hasta la ovación de pie de un teatro colmado y rendido a sus pies, tiempo suficiente para recorrer en su repertorio Un día en el mundo, Mapas y La deriva además del disco que les sirve de título y motivo para enfrentar este tour mundial que los compromete de marzo a noviembre por esta América y Europa.

Bajo cielo antioqueño tienen una audiencia que les demuestra cariño irrestricto y conocimiento profundo de sus canciones. Da gusto escuchar tantas almas en comunión a la voz de Valiente, Maldita dulzura, La vieja escuela, 23 de junio, Golpe maestro, Consejo de sabios o El hombre del saco. Está visto y oído que esta música ya no es suya, es de su público. Una veintena de canciones fueron su ofrenda en el concierto.

Cuando dios dijo hágase el rock, lo hizo en inglés. Luego, cuando tuvo tiempo para descansar, notó que algo faltaba: entonces surgió Vetusta Morla, el mejor rock en nuestro idioma en muchos años a la redonda. La estela de su paso por Medellín la noche del sábado 10 de marzo deja constancia. Uno de los mejores recitales que recuerde esta ciudad en tiempo reciente. Juanma Latorre, Guille Galván, Alvaro Baglietto, Jorge González, David García y Pucho tienen desde hoy y para siempre una cita y una invitación con la fecha que dispongan porque han dejado a una ciudad con sed de verlos volver. 

Hay un himno para cada final
y una estrofa es para mí
Es mi turno, sé que debo romperlo.

Hay noches que nos devuelven la fe en la música, esta fue una de ellas.




miércoles, 7 de marzo de 2018

MATAR A JESÚS: CARTA AL PADRE EN 95 MINUTOS





El sueño fue así: ella estaba en un mirador alto, montaña arriba, desde donde la ciudad se veía inmensa y entera, allí casi oías a Medellín respirar como animal herido. El sueño fue así. Ella mira la ciudad con un poco de humo entre los dedos y la tristeza de entender en cuerpo propio qué significa ser huérfana. Una palabra que, cuando llega, no te abandona nunca. A su lado se sienta un chico apenas mayor que ella y le dice “Yo soy Jesús, yo maté a tu papá”. El sueño que Laura Mora tuvo en una noche australiana hace años la acompañó por hojas y horas en que escribió la conversación que tendría, si pudiera, con el hombre que mató a su padre.

De allí -de ese sueño que también es pesadilla- nació Matar a Jesús. No esperes una lección sobre el perdón y tampoco una apología sobre la venganza. Lo que encontrarás es una obra plena de intensidad, sensibilidad y sentimiento sobre los pesos de la humanidad, el abandono y la reconciliación con uno mismo. La actuación de Natasha Jaramillo la joven que habita casi cada plano de la película, sostiene una narración vigorosa que no pierde ritmo en ningún instante. Una película de factura impecable, técnicamente limpia y poéticamente poderosa.

Películas como Matar a Jesús existen porque Víctor Gaviria existe, hay que decirlo. Y aplaudirlo. Un hilo invisible une a Los Nadie, Apocalipsur y Rodrigo D. Es la poética de un maestro que ha sabido hacer de esta ciudad una protagonista, más que un escenario. Ante nosotros lo íntimo se hace universal gracias a la sinceridad con que directoras como Laura Mora asumen su obra. Es una ficción y también su biografía. No es posible mentir ante un espejo de este tamaño visto en vida.

Otro gran mérito está en el casting. La búsqueda y hallazgo de cada uno de los actores en hábitats naturales que sus personajes habitarían. Así como el profesor y padre es padre y profesor, así el verdugo conoce de cerca el bajo mundo. Así la protagonista pudo ser en mucho la misma Laura Mora de hace años y es estudiante de artes tal como Paula, así algo de su hermano habita al hermano. Y la ciudad es ella misma, despreciándonos y amándonos al mismo tiempo.

Cuando los titulares de prensa hablan de odio, cuando se escupe igual en la radio que en la televisión o en los pasacalles y carteles, cuando la historia del país es el desgaste del manido y aún efectivo "divide y vencerás", cuando todo esto sucede es que Matar a Jesús se convierte en una película necesaria que debería ser vista por teatros abarrotados en funciones agotadas. Tiene todos los elementos para hacerlo, además. No en vano luego de quince o dieciséis festivales y tantos premios alrededor del mundo llega a Colombia y se lleva los aplausos y el premio del público en el Festival de Cine de Cartagena hace pocos días.

Hay salsa y hierba. Hay rap y noche. Hay juventud y rabia. Hay día y fútbol. Hay violencia y ternura. Hay fiesta y muerte. Hay inocencia y redención. Hay cine, muy buen cine para ver al entrar a la sala y ver Matar a Jesús. Hay un cuidado precioso en la factura de cada plano y en cada capa de sonido que envuelve la historia de esa mujer que decide encontrar al asesino de su padre. ¿Qué perdemos todos con matar a Jesús? ¿Ganamos algo con matar a Jesús? Por lo pronto con ver la película ganamos todos. Tanto. Mucho.





SIN BALÓN

Después del partido la calle es la imagen de un domingo triste. Alguien ha decretado una suerte de aburrición general. La ...