domingo, 8 de abril de 2018

JORGE DREXLER, UNA NOCHE DE ASILO EN MEDELLÍN




Hacer canciones no es una ciencia exacta. Lo sabe y lo dice Jorge Drexler. Por eso ensaya otras fórmulas, procura nuevas recetas, encuentra formas distintas para acercase a su oficio y luego presentarse en escena. Tres veces ha visitado Medellín siendo su nombre el único en el cartel. Tres veces ha sido un artista distinto siendo él mismo. Si hay una palabra a la que parece no temerle esa es experimentación. Y sumo, claro, experiencia. Cuando llega a un teatro siempre ha sido al Metropolitano. La primera vez fue un recital casi unipersonal en que le acompañaron sus ángeles custodios Campi Campón y Matías Cella, productores de distintos episodios de su biografía musical. Traía bajo el brazo Amar la trama. Luego volvió acompañado por una banda capaz de un ciclón, celebró en Medellín su cumpleaños 50 y presentó Bailar en la cueva. Regresó el viernes pasado, esta vez con una banda capaz de un susurro. Ofreció su Salvavidas de hielo. Ah, claro, en 2010 estuvo en descampado, en la calle San Juan, como parte del cartel infinito del bello Congreso Iberoamericano de Cultura en concierto contra los minutos y la lluvia del final de la jornada.

Jorge Drexler, hay que decirlo, es un hombre generoso. No se guarda para después. Su recital bordeó las dos horas y media en las que transitó por distintos climas y supo llevarnos de la alegría a la melancolía, a veces sin bases intermedias. El teatro que esta vez tuvo reverberación de catedral fue la caja acústica de esa guitarra en que el cancionista quiso encerrarse y guardarnos como quien nos cuida con su vida expuesta en cada acorde. Porque nos cantó y contó su vida. Abrió con Movimiento, que a su vez abre el álbum nuevo y cerró con Quimera, de la misma cosecha. Y, en medio de ambas, las canciones se sucedieron una tras otra recorriendo décadas de discos publicados y vivencias hechas tinta, papel, décimas y armonías.

Se detuvo en un faro y nos sumergió en doce segundos de oscuridad.
Cruzó al otro lado del río.
Recordó a Martínez, agradeció a Sabina.
Invitó a Tom Petty, visitó a Leonard Cohen.
Tomó el tren con destino a Zitarrosa.
Y don Jorge nos dio una noche de asilo.

La inteligencia seduce, eso está claro. Y él lo sabe, llevó al público a donde quiso con la seda de su verbo. Un teatro lleno en el que cada quien en su silla podía sentir que le hablaban sólo a él o a ella. Tal es el grado de intimidad que logra Drexler en su concierto.

Aunque resulte extraño, la gira que hace a propósito de un disco que explora de manera poco convencional las posibilidades sonoras de la guitarra no incluye en su repertorio la entrañable Guitarra y vos. Pero una petición a grito herido entre el público -que más parecía un grito de auxilio- pidiendo la canción permitió que la interpretara. Momento memorable. Aunque el libreto está, el libreto puede dejarse a un lado. Por eso mismo un tiple hecho en Marinilla recién regalado esa tarde por el luthier Sergio García fue estrenado esa misma noche por las manos del uruguayo que convidó a Pala a hacer a dúo Hermana duda. Lo indudable es que Drexler y Pala tienen mucho en común: ambos médicos, ambos músicos, ambos los mejores letristas de su país. El amor por el verso los une y la sensibilidad de los que saben relatar el tiempo que viven los emparenta.

Jorge Drexler por cuarta vez se ha encontrado con una ciudad que solo sabe demostrarle amor. El aplauso en concierto y la multitud de abrazos que sigue recibiendo pasadas las horas después de los recitales son constancia. Cuando pasa por aquí siempre busca –y encuentra- vallenatos para celebrar el encuentro. Cada vez baila mejor, él dice que lo que pasa es que con los años se ha ido soltando. Le digo que además ha ido perdiendo la vergüenza. Sonríe y asiente. Y eso está muy bien. Ese permiso, que no hay que pedir, viene con las canas bien ganadas. 

Y cuando el momento llegue honremos nuestras herida
Levantemos nuestras copas por una causa perdida
Y un aleluya recorra las pantallas de los bares
Y encontremos la manera de despedir a los glaciares


Por lo pronto, aunque estemos ya en la edad en que la certeza caduca, imaginemos un seguro regreso del cancionista que nos lleva en sus seis cuerdas. Él sabe cantar Volver, el tango del uruguayo aquel que ni argentino ni francés. Mientras tanto sigue su itinerario, ahora con destino Brasil. Somos una especie en viaje / no tenemos pertenencias, sino equipaje. Qué buen seis de abril supo darle Drexler a Medellín. Gracias por eso, Maestro.






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