jueves, 24 de mayo de 2018

SUBEN A ESTA HORA...

Suben a esta hora una loma parecida a la suya -en la pendiente, no en el paisaje- van camino a cuidar niños de otros tan parecidos a los suyos y con posibilidades tan distintas, van a limpiar casas tan diferentes a la propia con tanto cariño como si fuera suya. Suben a esta hora hileras de mujeres como un ejército de lo cotidiano a afrontar guerras domésticas, se despiden en las porterías de los edificios altos con la promesa de verse al final de la tarde para regresar al otro lado de la ciudad a una loma tan parecida a esta -en la pendiente, no en el paisaje- para abrazar a sus propios hijos en la noche después de velar en el día por los
hijos ajenos.


miércoles, 23 de mayo de 2018

TENÍA SEIS, CINCO AÑOS TAL VEZ

Tenía seis, cinco años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder. En casa, si alguien me necesitaba me llamaba por mi nombre. Mi padre era negro de canas blancas blanquísimas y mi madre blanca de pelo negro negrísimo. Familia de él venida de Quibdó pasaba por la casa. Familia de ella venida de Alejandría pasaba por la casa. Con esto quiero decir que en casa nadie era un color, la gente era gente. Venida de Chocó adentro o de Antioquia profunda, da igual. Tenía cinco, seis años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder y a mi lado un niño me miraba con ojos que nunca me habían mirado así y con desagrado en la voz me dijo “¡Negro!”. Yo no entendí qué quería decir y esperé al regresar a casa para preguntarle a mis padres qué era un negro.

Ya lo dije antes; en casa nadie era un color.

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Estaba en tercero de primaria cuando nos dieron a leer un libro en clase de sociales que narraba “El origen de las razas”. Lo leímos en el salón, con profesor al frente. La historia que contaba era la de un río de leche en que los primeros que se bañaron salieron blancos, dejando el agua un poco sucia y por eso los siguientes salieron amarillos -los orientales, decía- a los que siguieron otros que encontraron el agua tan sucia que salieron con la piel oscura -los indígenas, señalaba- y los últimos en llegar encontraron ya seco el cauce y tuvieron que conformarse con humedecer las palmas de las manos y los pies. Decía el relato que por eso los negros tenemos blancas las palmas de pies y manos. 

En el recreo seguían diciendo eso de mí.
Varios recreos después seguían diciendo eso de mí.

Semanas después hicieron examen. 
Me habría gustado perder el punto en que preguntaban sobre el origen de las razas. 




SIN BALÓN

Después del partido la calle es la imagen de un domingo triste. Alguien ha decretado una suerte de aburrición general. La ...