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Mostrando entradas de mayo, 2018

SUBEN A ESTA HORA...

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Suben a esta hora una loma parecida a la suya -en la pendiente, no en el paisaje- van camino a cuidar niños de otros tan parecidos a los suyos y con posibilidades tan distintas, van a limpiar casas tan diferentes a la propia con tanto cariño como si fuera suya. Suben a esta hora hileras de mujeres como un ejército de lo cotidiano a afrontar guerras domésticas, se despiden en las porterías de los edificios altos con la promesa de verse al final de la tarde para regresar al otro lado de la ciudad a una loma tan parecida a esta -en la pendiente, no en el paisaje- para abrazar a sus propios hijos en la noche después de velar en el día por los
hijos ajenos.


TENÍA SEIS, CINCO AÑOS TAL VEZ

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Tenía seis, cinco años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder. En casa, si alguien me necesitaba me llamaba por mi nombre. Mi padre era negro de canas blancas blanquísimas y mi madre blanca de pelo negro negrísimo. Familia de él venida de Quibdó pasaba por la casa. Familia de ella venida de Alejandría pasaba por la casa. Con esto quiero decir que en casa nadie era un color, la gente era gente. Venida de Chocó adentro o de Antioquia profunda, da igual. Tenía cinco, seis años tal vez, no recuerdo bien. Primer día en el kínder y a mi lado un niño me miraba con ojos que nunca me habían mirado así y con desagrado en la voz me dijo “¡Negro!”. Yo no entendí qué quería decir y esperé al regresar a casa para preguntarle a mis padres qué era un negro.
Ya lo dije antes; en casa nadie era un color.
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Estaba en tercero de primaria cuando nos dieron a leer un libro en clase de sociales que narraba “El origen de las razas”. Lo leímos en el salón, con profesor al frente. La historia que con…