martes, 3 de julio de 2018

SIN BALÓN


Después del partido la calle es la imagen de un domingo triste. Alguien ha decretado una suerte de aburrición general. La expectativa de la alegría se transformó en la confirmación de la derrota. Ése temor constante que acompaña al colombiano en lo más íntimo: que la mala suerte corra más rápido que nuestras ilusiones, terminó por ganarnos la carrera. Gritamos gol en el minuto tres después del minuto 90, en ese instante fue diciembre y el niño dios nos había traído a cada uno el regalo que habíamos pedido. Cuarenta y tantos minutos después éramos silencio de funeral y promesa postergada, otra vez. El fútbol tiene algo que no sé describir que se parece a una membrana capaz de cubrir todo con una capa que te hace sentir que todo va a estar bien si confías en el talento ajeno que sientes como propio. A veces duele despertar cuando se rompen esos delgados hilos que nos unieron a todos en idéntico nerviosismo mientras la pelota estuvo en juego. Buscamos un culpable en el silbato del árbitro, en la jugada que casi, en el cambio que estaba en el banco, en la lesión que tuvo aquel, en el azar que conoce nuestros nombres cuando cita a la desgracia. Las camisas amarillas de la fiesta nacional vuelven al cajón de la ropa que usas poco, la tinta roja sigue escribiendo las noticias que están ahí aunque no las leas. Realidad le llaman. Faltan años para el próximo partido. Mientras vuelve el fútbol habrá que tener presente que todos somos parte del mismo país y que el partido más importante se juega en nuestra cancha. Sin balón.




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