jueves, 6 de diciembre de 2018

UNA CASA DE FAMILIA



Al abrir la puerta ví un papel en el piso. Arroces, decía; especial, chino, vegetariano, paella… Un listado de precios justos y una palabra destacada en tinta de color distinto: domicilios. El papel pasó del piso a la nevera sostenido por un imán y allí durmió un par de días hasta que fue a dar al lado del teléfono y marqué el número. Contesta un chico al otro lado. ¿Aló? Se escucha el ruido propio de una casa de familia, entonces pregunto ¿ahí venden arroces?  Un silencio largo se tomó ambas casas a los dos lados de la línea. El niño dice nervioso “sí, si señor, espere un momentico” y se escuchan sus pasos alejándose mientras en tercer plano oigo “Mamá, están pidiendo un domicilio” luego una algarabía llena todo seguido de un shhhhhh y otro silencio chiquito. Yo espero. Una señora, muy formal y compuesta recita con voz aprendida “Arroces La Buena Mesa buenas tardes, ¿tiene definido su pedido o podemos sugerirle algo? “ No recuerdo bien cómo siguió la conversación, seguro terminé aceptando su recomendación y la indicación de espera de 40 minutos, tengo presente el alargado Muuuchas gracias con que se despidió y la algarabía que se volvió a escuchar, ahora en primer plano, antes de colgar.

Pasaron los minutos.

Pasaron los minutos y sonó el citófono, luego el timbre, abrí la puerta.
Un señor, que podría jurar es esposo de la voz de señora y padre de la voz de niño, trae en sus manos una bolsa de papel húmeda de nervios con una caja de arroz caliente que huele bien.

-Disculpe la demora.
-No hay cuidado, permítame le pago.
-Mire, vamos a tener promociones. Aquí está el volante
-Gracias (es el mismo que ya tengo, igual lo recibo) le doy algo de propina, claro.

El señor se despide con una sonrisa de esas como de amigo de toda la vida.
Cierro la puerta.
Miro la factura y la devuelta, todo en orden, miro otra vez la factura: arriba a la derecha el consecutivo: factura número 001.




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