TODOS LOS ANIMALES, TODOS LOS HOMBRES


Hoy pensé en cocuyos, en su brillo intermitente sobre el prado nocturno de la finca de los mellos en Alejandría donde nos invitaron dos veces a pasar vacaciones de infancia a orillas del río Nare. Hoy pensé en esa manga larga brillando cono un cielo caído del cielo y el niño que fui corriendo para dispersar las estrellas que eran insectos reunidos. Hoy pensé en el cariño que le tomé a un conejo que llevó mi hermano a la casa y que desapareció luego y volvió, para mi espanto, convertido en un esqueleto atlético con que les enseñaban anatomía en bolivariana a los chicos de séptimo y octavo. Hoy pensé en un hámster pequeñito que estuvo en casa y que duró poco en la incomodidad de una jaula que no merecía. También pensé en la tortuga mínima que alimentaba con hojitas de repollo al volver del colegio y que terminó suicidándose entre el abono y la tierra de una mata grande trazando un túnel en el que se asfixió buscando el centro de la tierra. En casa siempre hubo pajaritos y cantaban bonito y mi abuela y mi mamá conversaban con ellos a los silbidos, en algo me subía yo a ponerles la tela al final de la tarde para que pudieran dormir temprano y llegara la noche para ellos antes que a nosotros. Hoy pensé en reina, la diminuta pequinés casi ciega que vivió con nosotros, que un día salió a la calle y confundió a mi mamá con otra señora en mitad de su ceguera y por ir tras esa sombra murió atropellada en la calle de en frente. Mis lágrimas eran calientes sobre las mejillas frías. Dos semanas la lloré con el dolor de los niños que acaban de conocer la muerte de cerca, es decir, lloré horas y horas cada vez que volvía del colegio. Hoy pensé en paseo páez, el solitario pez betta azul que me acompañó un año cuando su esperanza de vida era de dos meses según me dijo la niña del segundo piso. Y hubo un perro sin nombre que nos asustó en la puerta del edificio cuando salíamos camino al bachillerato. Nos persiguió. Y el miedo, con los días, se transformó en confianza y sobras de alimentos en un tarrito limpio de axión. Nos regañaron de la administración porque por culpa nuestra el perro se fue quedando meses afuera velando el edificio y cuidando nuestro camino de ida y vuelta al estudio. Ya nos esperaba a la puerta del colegio a mediodía. Un día por lo que haya sido, como sucede con todos los animales y todos los hombres, no volvió más.




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